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Arte&letras

Siempre quise ser Johnny Hallyday

Hallyday sobre una de sus motos.

Mi amiga Eleonor ha venido a visitar a Laura. Se conocieron en Metz cuando ambas estuvieron alojadas en la apacible universidad de aquel lugar, la Paul Verlaine y, desde entonces, cosas de los Erasmus, han mantenido una inquebrantable amistad. Conocida por Eleonor mi pasión por Johnny me ha traído un libro excepcional, fotografías y texto, que me ha dado pie para recordar aquellos años en que mi rockero favorito copaba nuestros guateques a ritmo de rock, twist o de baladas en las que apenas debíamos mover los pies del ladrillo mientras estrechábamos a la rubita con melena que tanto nos gustaba.

Siempre quise ser Johnny Hallyday

Corrían los años sesenta, cuando Alicante se había convertido, de golpe y porrazo, a las modernores europeas. Comenzaban a aflorar aquellos bares donde no se vendía alcohol y unas luminosas discotecas llenaban nuestros ratos de ocio arrumbando los guateques familiares. Eran los tiempos que muchos franceses alicantinos regresaban deprisa y corriendo de una Argelia que se había despertado independiente y volvían cargados de unas ideas diferentes que para nosotros, los provincianos alicantinos, significaban toda una conmoción. Tiempos que en el quiosco de la Rambla podrías encontrar la revista Salut les copains donde, casi siempre, Johnny Hallyday te daba la bienvenida desde una portada que, a veces, compartía con Christophe y su Aline dibujada en la arena de la playa, una Sheila que nos anunciaba que «el colegio había acabado» o una delgadita musa de pelo lacio y castaño que cantaba para todos nosotros, los chicos y chicas de su edad.

Precisamente, Salut les copains fue el primer LP de Johnny que cayó en mis manos (todavía lo conservo) adquirido en una tienda de discos (de las pocas que había), Miriam, en las que una simpática muchacha de bellos ojos claros (¿cómo se llamaba?, ¿cómo se llamaba?), nos atendía en nuestras demandas musicales. En aquel disco había mucho twist pero, sobre todo, destacaba una balada, Retiens la nuit, que Johnny dedicaba a una jovencísima Catherine Deneuve en un episodio de una película donde ambos aparecían jóvenes y bellos, Les parisiennes. Más tarde, el actor y rockero trabajó con directores importantes como Claude Lelouch, Godard o uno de mis favoritos en lo del cine comprometido, Costa-Gavras. Una sola vez vi a Johnny en vivo y en directo. Fue en el verano del 63. Interpretó Retiens la nuit aunque sin Catherine. Curiosamente, en aquella sala de fiestas al aire libre, Gallo Rojo, actuaba otro rockero español, Miguel Ríos, el de Popotitos, presentado como el ‘Rey del twist’, y que grabó una versión al castellano de la canción compuesta por Aznavour Detén la noche.

A partir de entonces, los discos de cuatro canciones (EP’s) de Johnny comenzaron a amontonarse en mi cuarto. Este libro me ha recordado un elepé de Hallyday dedicado a las canciones americanas de rock que habían sido éxito interpretadas por otros cantantes, desde Blueberry hill a Be bop a lula, pasando por I got a woman, melodías que tan solo conocíamos a través de la españolización de sus letras que habían hecho Enrique Guzmán y los Teen Tops.

Eran los tiempos en que, siguiendo el ejemplo de Los Rítmicos, muchos jóvenes íbamos a tratar de aprender a tocar la guitarra para formar un grupo que nos garantizara éxito de chicas y rock’n’roll. Debo apresurarme a añadir que el fracaso más estrepitoso coronó mis esfuerzos ya que aquella maldita cejilla manual se me atragantó a las primeras de cambio. Adiós a ser como Johnny!

Ahora, con el libro que tan gentilmente me ha traído Eleonor de la douce France, he podido seguir el recorrido que practiqué por tramos en el viaje a Estados Unidos en 1991, el de la Ruta 66, la que partiendo de Chicago atravesaba todo el país hasta desembocar en California, el mismo sendero que Kerouac, a su modo y manera, nos recreara en su libro El camino, paisajes inmortalizados por John Ford y que tantas veces nos cantaran los de Canned Heat: On the road again…

Precisamente, este es el título del libro escrito por Pierre Billon, amigo, biógrafo y ‘hermano’ de Hallyday, autor que, tras la muerte del rockero francés hace casi seis años, decidió emprender esa mítica ruta USA recordando canciones, lugares y gentes con los que Johnny compartió Harley Davidson y a la que se unió la viuda de Halliday, Laetitia, tal y como hicieran años atrás Peter Fonda, Jack Nicholson y Dennis Hopper en Easy Rider, considerada como la madre de todas las road movies, aunque mi favorita del género sigue siendo Il sorpasso, de Dino Risi.

Johnny Hallyday, que estuvo mucho tiempo casado con Sylvie Vartan (la plus belle pour aller danser) tuvo momentos de oro y ocaso en su vida privada/pública pero siempre mantuvo ese punto canalla/musical que le hizo pertenecer al Olimpo de los grandes, ese mismo Paraíso de los Dioses al que había renunciado en su testamento cuando el presidente Macron quiso depositar sus restos en el Panteón de Francia, tras un impresionante funeral de Estado en la Madeleine parisina. Bueno, como ya me he puesto demasiado sentimental y un puntito nostálgico por aquellos tiempos que no volverán (el otro día cumplí 76 tacos), voy a Spotify (patrocinador de mi Barça, ¡ay!) y me pondré la canción de Johnny y de Loquillo, Cruzando el paraíso, que interpretaban ambos al alimón en castellano y que musicaba aquella serie estupenda sobre la corrupción urbanística en nuestra Costa Blanca, Crematorio, basada en la novela de Rafael Chirbes.

Unos meses antes de decirnos adiós, Johnny puso a la venta un disco, Mon pays, c’est l’amour, que puede considerarse una de sus obras más tristonas, la última, claro. En este cedé, el rockero francés asegura en la primera de las canciones, la que abre el disco, que pronto hablaría con el Diablo (parecía tener claro que al Cielo no iría) y que se sentaría a su lado cuando le llegara la hora final para contarle su versión y escuchar su veredicto. Él, le confesaría, había vivido la vida que deseaba a toda máquina, a toute casser. Johnny, made in rock’n’roll.

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