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Diario de Ibiza

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Arte&letras

Montero Glez, un beat ibérico

La historia de un quinqui insobornable como Charolito abrió la senda literaria de uno de nuestros narradores más originales. La jerga y el retrato social suburbial, entre sus grandes aciertos

Montero Glez.

Muy pocos escritores españoles han sacudido el lenguaje narrativo en las últimas dos décadas de nuestra historia con la originalidad de Montero Glez. Un beat ibérico que trata de escapar de cualquier convencionalismo literario en esta novela de nostalgia sobre la proeza trágica de un antihéroe del barrio madrileño de San Blas, el Charolito, el cual «solo se fiaba de su polla porque era lo único en el mundo que jamás le daría por el culo», como reza sin ambages la escueta y poética sinopsis de la contraportada.

Y es que el salvajismo y la crudeza de su verborrea barriobajera brillan especialmente en esta reedición de su ópera prima de 1999 ‘Sed de Champán’ . Ahora que de todo hace al menos veinte años, esta historia viene a recordarnos que no es sólo la intrépida biografía de los últimos días de un macarra antológico, sino el retrato fiel de una etapa final de cuchara y aguja que prorrogaba, a su vez, lo más insobornable de nuestro arte post Transición, eso que se dio en llamar el cine quinqui.

Con un pulso enfebrecido por la acción y que proyecta memorables fogonazos cinematográficos, Montero Glez regresa en su versión primigenia para contarnos cómo era aquel Madrid finisecular que siguió latiendo tras Deprisa, deprisa en los suburbios del extrarradio, pero también en la calle Barbieri, El Candela -que en paz descanse- o el florido barrio de Salamanca.

De la misma forma nos regala el caudal fresco de una jerga callejera casi desaparecida y su particular forma de desentrañar el perfil psicológico de los personajes, sin poner un ápice de maquillaje para que nos muestren sus lunares, y sangren, con toda la pus, la bilis y la cangrena que tiene la sociedad que no queremos mirar.

Drogas, prostitución y ajustes de cuentas pueblan las páginas de esta novela efervescente donde los alteregos de Charolito saltan en un juego de espejos y en una autonarración que, por momentos, recuerda al mejor Ulises glosándose en su regreso a Ítaca.

Curiosamente, y al contrario de muchos escritores nacionales, que miraron al lumpen español anglosajonizándolo, quizá Burroughs, Kerouac o Selby sí encuentren a uno de los suyos en Montero Glez porque precisamente revuelve a su paisanaje de La Rosilla con el flamenco y los toros, señalando la verdadera esencia de lo ibérico con sus también horrendas sombras goyescas.

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