Mercadillos
El mercadillo de Sant Jordi resiste al calor del verano: "Nuestra temporada es de octubre a mayo"
La bajada de visitantes en el mercado de Sant Jordi durante el verano se atribuye al calor, pero los artesanos afirman que las ventas se mantienen gracias a la clientela fiel

"Cuando empieza la temporada hay gente que se va a trabajar y deja el mercadillo", explica Mohammed, que desde bien temprano, a eso de las tres de la madrugada, aparca su coche en el hipódromo para empezar a preparar su puesto, como cada sábado. "En julio y agosto viene a vender la gente que vive de esto, normalmente artesanos que no tienen otro trabajo", relata el marroquí afincado en Ibiza desde hace más de 30 años. Él, sin embargo, sí compagina las mañanas de los sábados en Sant Jordi con un trabajo de temporada: de lunes a viernes trabaja en un hotel, y los sábados "a cumplir".
Admite que tiene una clientela fiel, reconoce las caras de los ibicencos que suelen pasarse cada sábado por puestos como el suyo, que venden "un poco de todo": "Aquí hay ropa de mi hija, juguetes, libros y hasta crema de sol, ¡no quiero que los clientes se achicharren!", bromea el vendedor.

Mohammed en su puesto en el mercadillo de Sant Jordi / A.G.
"A menor cantidad de gente, mejor calidad de venta"
A las 10.30 de la mañana el sol ya pica con fuerza en el mercadillo, algunos puestos suben la música para animar el ambiente y otros se ayudan de un ventilador portátil para pasar las horas de más calor. Pero, en general, se aprecian huecos vacíos en el fondo del recinto. Para Moha, esto tiene una explicación clara: "Nuestra temporada es de octubre a mayo. En invierno pides un puesto aquí y no te lo dan, están todos completos, pero ahora en verano se nota que muchos lo dejan".
Puede que los locales se dejen ver menos por el mercadillo cuando aprieta el calor, pero Ramiro, argentino instalado en la isla, lleva 16 años con su puesto en Sant Jordi y no percibe menos ventas que en años anteriores: "Aunque parta el sol, haya fútbol o caiga una bomba atómica, mis clientes siempre vienen porque vienen a por algo". El argentino es un artesano que confecciona sus propios diseños de ropa a partir de telas de seda, en su puesto no falta el color. "Sé que hay menos gente en la isla; voy a las Salinas todos los días y tengo hueco para poner la toalla; veo el mercadillo y está muy tranquilo, pero eso no indica que la gente compre menos", apunta el artesano.
En lo que él llama su propia "teoría de la venta", "a menor cantidad de gente, mejor calidad de venta". Cuando se para a analizar la situación, reconoce que ha notado cómo mucho público americano -y argentino- ha aplazado sus vacaciones en la isla a causa del Mundial, pero cree que esta va a ser la tónica general en Ibiza este verano: "Sé que hay clubes que no llenan los eventos, pero también conozco fiestas que cobran la entrada a 200 euros y la gente se pelea por pasar. Creo que es algo que viene pasando en Ibiza desde hace tiempo, no es tan fácil de medir".ç

Ramiro posando en su puesto de ropa en el mercadillo. / A.G.
En lo que a su clientela respecta, dice estar muy satisfecho. En su opinión, este es uno de los pocos mercadillos "auténticos" que quedan en la isla, "si no el único". "En verano siempre baja, es lo normal, mucha gente que no es fija puede que sí note que hay menos ventas, porque no tienen sus propios clientes. Lo cierto es que este mercadillo tiene mucho tirón en invierno: marzo, abril, mayo y junio son meses de mucho trabajo", reconoce Ramiro.
Un mercadillo más "desconocido" y "local"
"El calor influye, cuando hace buen tiempo ¿qué haces?, vas a la playa a disfrutar, esto es un horno", explica entre risas Rafa, de origen francés pero que vive en la isla desde hace más de 20 años. Para él, que acaba de lanzar su emprendimiento, este mercadillo tiene una energía "especial". Solía acudir como visitante, pero este año lo hace como vendedor. "No se oye mucho hablar de este mercadillo en las redes sociales, los clientes internacionales muchas veces no lo conocen, se van directos a las Dalias, para mí este mercadillo es más underground, es único". Moha también concuerda con la visión del francés, empezó a vender en 2010 y nunca se ha cansado de venir: "Me gusta la gente que viene a comprar y la que viene a vender, este es un auténtico rastrillo de segunda mano".
Jose lleva uno de los puestos más famosos de todo el recinto, el del reconocible espejo en que muchos visitantes se paran a hacerse una foto: ‘La Matriarca’. Junto a su familia, ya lleva más de 6 años despertándose temprano cada sábado para promocionar en Sant Jordi su marca de muebles y decoración. "Con el calor que hace viene menos gente, pasa todos los veranos, pero el verano pasado ya aflojó desde junio, este año la gente va dejando de venir ahora", admite el sevillano, que aterrizó en Ibiza para quedarse hace más de 15 años. En invierno, explica, ocurre todo lo contrario: "Estamos a tope siempre, este mercado es de invierno, nosotros vivimos de la gente de aquí".

Jose, del puesto 'La Matriarca' junto a su compañera / A.G.
El plan recurrente en invierno
"Me sorprende ver tanto espacio vacío, siempre que he venido los puestos llegaban hasta el final", confiesa Noelia Ferrer, una ibicenca de 21 años que lleva "toda la vida" viniendo al mercadillo. Normalmente, evita visitarlo en los meses de más calor, pero esta vez ha hecho una excepción: "Ha venido una amiga de vacaciones y tenía que enseñarle este sitio". Visita el hipódromo tres veces al año, siempre en invierno, y reconoce que no lo hace para encontrar ninguna "ganga": "Vengo porque es casi un ritual, me gusta que los vendedores sean gente de aquí; familiares míos han venido a vender alguna vez y es divertido ver caras conocidas".
Noelia debe ser, sin duda, uno de esos clientes fijos de los que hablan los vendedores más experimentados. Mientras el sol sigue cayendo a plomo, Noelia ya piensa en octubre, cuando el hipódromo vuelva a llenarse y el mercadillo recupere su pulso de siempre. Hasta entonces, Sant Jordi espera.
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