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Arquitectura

Arquitectura de Ibiza: Desmontando tópicos del ‘palau pagès’

Estudiante de arquitectura en la Universidad Politécnica de Madrid, el ibicenco Arturo Marí Marí ha escrito ‘La máquina de sobrevivir’, un trabajo de fin de grado sobre las casas payesas. Considera que a la casa tradicional, el ‘palau pagès’, no hay que verla como una isla dentro de una isla, sino todo lo contrario.

Arturo Marí Marí.

Arturo Marí Marí. / Toni Escobar

David Ventura

David Ventura

Ibiza

Cuenta Arturo Marí Marí que, cuando fue a Madrid a estudiar arquitectura en la Universidad Politécnica, su padre le regaló dos libros emblemáticos sobre los orígenes de la casa ibicenca: el ‘Palau pagés’ de Philippe Rotthier y ‘La casa eivissenca, claus d’una tradició mil·lenària’ de Rolf Blakstad. Estos libros avivaron su interés por un tema que Marí siempre ha sentido muy cercano: «Mi familia por parte de madre tiene una casa muy antigua en la cala de Sant Vicent. Le debo muchísimo a mis abuelos, me encantaba escuchar sus historias. Cómo el abuelo andaba una hora desde sa Cala hasta Sant Carles porque en Sant Vicent no tenían trull».

En la introducción de su trabajo de final de grado, Marí dedica su trabajo a sus abuelos y explica que, intentando averiguar el misterio del origen de las casas que habitaban, «quiero que su memoria permanezca». Sin embargo, este joven investigador ibicenco también se ha visto obligado a matar a sus padres simbólicos, aunque no sean de sangre. Porque si Rotthier y Blakstad llegaron a unas conclusiones -la casa pagesa como microcosmos cerrado y único, cuyo origen milenario hunde sus raíces en la cultura fenicia- Arturo Marí desmonta todas estas teorías y llega a unas conclusiones diametralmente opuestas.

Distinta a la mediterránea

«La casa mediterranea tradicional, como la casa romana o la que encontramos en el norte de África, es una casa-patio. Le da la espalda el exterior y está volcada hacia adentro. La casa ibicenca, en cambio, es completamente distinta, son casas relacionadas con el entorno y conectadas», explica Marí. Por tanto, no hay que ver al palau pagès como una isla dentro de una isla, sino todo lo contrario: «Estas casas hay que entenderlas como células que forman parte de un tejido en el que las distintas unidades sociales colaboran entre sí y facilitando la supervivencia entre ellas».

Después de levantar planos de diferentes restos de asentamientos urbanos, Marí Marí concluye que el hábitat tradicional de la isla no tiene nada que ver con los edificios fenicios o egipcios, y que lo que realmente constituye la personalidad de la casa ibicenca es otro elemento: «Es la producción agraria. La casa hay que entenderla como una unidad social y productiva. Todos los espacios de la casa son lugares donde se trabajaba la comida». Están las habitaciones donde se duerme, el porxo donde se hace la vida social, y el resto son espacios útiles, centrados en el trabajo agrícola. Su conclusión es la que ya apuntaba Benjamí Costa, exdirector del Museo Arqueológico de Ibiza, y cuya frase cita en el estudio: «La arquitectura vernácula responde al modelo socioeconómico».

Un mundo perdido

Por tanto, la casa ibicenca no tiene una pervivencia milenaria, sino que empezó a configurar su aspecto actual a finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, cuando se introdujeron en la isla las reformas ilustradas que permitieron una mejora de la producción agraria.

Interior de Ca n'Andreu des Trull.

Interior de Ca n'Andreu des Trull. / Toni Escobar

Marí empezó a rumiar su ensayo en el año 2020, cuando estaba de Erasmus en Atenas, pero se puso realmente manos a la obra en 2023. Durante este año se ha empapado de toda la bibliografía que ha encontrado sobre este tema pero, sobre todo, ha conocido in situ algunas de las casas payesas mejor conservadas de la isla, ha hablado con sus habitantes -algunas de estas entrevistas están transcritas al final del trabajo-, ha levantado planos, ha realizado maquetas de estos espacios, ha visitado ruinas, ha fotografiado todo lo que le ha parecido relevante y, en definitiva, se ha entregado completamente a este proyecto. El resultado es un estudio de 174 folios que supone un auténtico festín para todos los interesados en el tema.

Pero este trabajo intensivo ha dejado también a Marí un cierto poso de melancolía. La casa ibicenca tenía sentido y era una emanación de una sociedad y un modo de vida. Hoy en día, se han convertido en fósiles de un mundo que ya no existe. «Llego tarde. Las casas ya están muy transformadas. De hecho, de las que mejor se puede aprender es de las ruinas abandonadas, porque ahí se ven los espacios», explica Marí. «La sociedad ha cambiado tanto, ha cambiado tanto el modo de vida… que el bagaje antropológico que conllevaba la casa se ha perdido cuando la sociedad se ha transformado. Hemos sufrido un proceso de aculturación».

Falta de higiene

Marí tampoco cae en la idealización romantizada. La vida de entonces era muy dura y las casas no eran lugares donde vivir fuera sencillo: «No se trata de espacios agradables o confortables. Las estancias permanecen en penumbra siempre. La cocina, con problemas constantes de humo perjudicial para la respiración, y las chimeneas, también utilizadas para almacenar objetos y alimentos, se convierten en fuentes de insectos. La presencia constante de polvo, revela las precarias condiciones higiénicas. Los ibicencos que han crecido en estas casas mencionan la falta de higiene». La casa no era un espacio para vivir, sino para sobrevivir. Por eso, Marí las bautiza como ‘máquinas de sobrevivir’ homenajeando a Le Corbusier, que definía una casa como una ‘máquina para habitar’.

Adaptar estas casas al uso moderno y reformarlas respetando su idiosincrasia, no es nada sencillo, pero para Arturo Marí, vale la pena: «Supone un gran esfuerzo económico, pero estamos salvaguardando el patrimonio de la infancia de nuestros padres y abuelos, el lugar de donde venimos, parte de nuestra identidad y no me cabe duda de que este esfuerzo vale la pena».

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