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Amor

El amor que nació en la emigración sigue intacto en el geriátrico

Ángeles y Manuel se conocieron en Suiza, crearon una familia y volvieron a Galicia tras la jubilación; con 84 y 83 años, ahora comparten residencia en Ourense: “Continuaremos juntos por los siglos de los siglos”

Ángeles Lage y Manuel Pousada, un matrimonio que comparte geriátrico en Ourense.

Ángeles Lage y Manuel Pousada, un matrimonio que comparte geriátrico en Ourense. / ALAN PÉREZ

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Javier Fraiz

Ourense

“Andaba detrás de mí como un pajarito”, comparte risueña Ángeles Lage. Manuel Pousada, a su lado, guarda silencio pero ratifica la declaración de su esposa con una mirada pícara de asentimiento. Hace 55 años que se dieron el ‘sí, quiero’ en Suiza. Hoy comparten la vida y un amor longevo en el mismo geriátrico de Ourense. “Hasta que Dios mande, seguiremos como hasta ahora”, vaticina la mujer, de 84 años. “Estamos juntos, seguimos juntos y continuaremos juntos. Esto es como dicen los curas: por los siglos de los siglos”, proclama él, de 83.

Ángeles llegó a Ginebra desde A Coruña con solo 19 años. Uno menos tenía Manuel cuando viajó desde Ourense a Suiza. “La emigración no es un jardín de flores, hay muchas circunstancias en la vida que obligan a uno a tener que marcharse”, incide el señor, en un ejercicio de memoria de una época en la que familias y amigos se distanciaban, a veces para siempre, por la esperanza de hallar lejos el sustento.

El azar marcó el futuro de Manuel y de Ángeles a 1.600 kilómetros de Galicia, el punto común de origen de los dos. La mujer trabajó en el hospital cantonal. Él, como agente de seguridad en bancos y joyerías. En Suiza, unidos por el destino, surgió el amor.

Vencidas las dificultades y no sin sacrificio, en ese país creció su familia. Tuvieron tres hijos: dos varones y una mujer. Después de la jubilación, la tierra de partida los llamó de regreso. Volvieron a Galicia, donde su historia de pareja ha sumado nuevos capítulos en los últimos años. Ángeles siente una especie de morriña inversa. Ella añora el país de adopción, en el que forjaron su legado: allí residen dos de sus hijos y también tienen nietos. “Cuando yo no estaba tan mal íbamos mucho a Suiza, me gustaba mucho aquello, si es hoy no me vengo”.

“El vínculo en la residencia aumenta; incluso hay quienes dicen que en casa nunca les daban besos, y aquí sí”, señala la directora del centro.

Hace unos años sufrió un ictus que le dejó secuelas en una pierna y un brazo, e incrementó la necesidad de cuidados. Fue la primera de los dos que tuvo que ingresar en una residencia. Durante un año, Manuel rendía a su esposa visitas muy frecuentes. Pasado ese tiempo de convivencia interrumpida, Ángeles regresó al domicilio, pero las circunstancias hicieron que, finalmente, ambos tuvieran que continuar la vida en común en un geriátrico. Llegado ese momento, “preferíamos estar juntos”, aseguran.

En la residencia de mayores Nuestra Señora de la Esperanza, que gestiona la Fundación San Rosendo en A Farixa con un equipo de 120 profesionales y servicios como medicina, enfermería, fisioterapia y farmacia hospitalaria, el matrimonio Pousada Lage comparte sus propias rutinas –un cuarto para los dos– con las dinámicas de grupo del geriátrico, donde reciben atención 160 personas, muchas con un perfil de deterioro cognitivo que requiere especial apoyo.

No es el caso de la pareja. “Estamos bien, lo vamos llevando”, asegura Ángeles con una dosis de filosofía proverbial gallega. “Hacemos una vida totalmente normal”, resume Manuel.

“Trabajamos con una atención centrada en la persona y cada usuario tiene a una auxiliar como referencia, pero para los matrimonios el otro miembro de la pareja es además su punto de apoyo. Les resulta más fácil así salir del domicilio y adaptarse que cuando llegan solos, aunque también lo hacen; suele pasarlo peor la familia”, expone María Aránzazu Crespo, la directora de Nuestra Señora de la Esperanza.

“Lo más normal es que los matrimonios que viven en la misma residencia estén unidos en una piña, a la vez que hacen vida con el grupo de residentes con el que más se adaptan”, amplía la responsable.

Al igual que sucede con la convivencia de pareja en el domicilio, en la residencia todo depende: hay momentos de diálogo más fluido, instantes de peor y mejor humor, pero en general –finaliza Crespo–, “el vínculo aquí aumenta; incluso hay quienes dicen que en casa nunca les daban besos, y aquí sí”.

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