Cierre de un local mítico de Ibiza: Últimos desayunos en el Flotante

El bar Flotante, en Talamanca, uno de los más queridos por los ibicencos, cierra sus puertas este domingo después de que la propiedad del local no haya querido renovar el alquiler al administrador

David Ventura

David Ventura

¿Cuántos cafés habrá tirado Eva en esta máquina durante los 22 años que lleva trabajando en el bar Flotante? ¿Centenares de miles? ¿Un millón? ¿Hasta dónde alcanzarían si los pusieras uno al lado del otro? Son preguntas que se hace este redactor, porque Eva solo tiene una idea en la cabeza: este domingo el bar Flotante, en Talamanca, cierra sus puertas y ella pierde su trabajo. Se podría decir que cierra una institución en la isla, el último bar de playa ‘de los de antes’, un pedazo de la historia sentimental de miles de ibicencos. Pero también cierra el sitio donde Eva ha pasado casi la mitad de su vida.

«Lo único que sé es que me voy a ir de vacaciones y en marzo espero trabajar en otro sitio», comenta, pero aunque tenga trabajo, ya no será lo mismo: «Estoy triste», admite.

Últimos desayunos 			en el bar Flotante |

Cartel que anuncia el cierre el próximo domingo 23. / J.A. Riera

También tiene los ojos llorosos Jenny, que después de tres años de camarera en el Flotante, confiesa que este lugar ya forma parte de su vida: «Conoces a los habituales y ya sabes lo que te van a pedir. Hemos visto a clientas pasar su embarazo y nos han traído después a sus bebés. ¡Incluso hemos amadrinado unos patos!», comenta esta camarera, «a la mamá pato y sus pollitos les ayudábamos a cruzar la calle cada día a las 8 de la mañana y a las 5 de la tarde, y ahora ya están enormes».

«Los cinco años que he pasado aquí no los cambio por nada», comenta Ana, otra camarera, «aquí he conocido muchísima gente, alguna muy buena. La gente de Ibiza, en definitiva, la Ibiza currante». A diferencia de sus compañeras, Ana mantiene un humor exultante aunque admite que este domingo será un día especial: «Llevo 35 años en hostelería, pero este lugar es como un agujerito por el que ves toda la diversidad de gente de la isla. Ha sido la hostia».

Últimos desayunos 			en el bar Flotante |

Javier Serapio, Nieves Prats, Carmen Maseda y José María Maseda, en uno de sus últimos desayunos en el Flotante. / J.A.Riera

Una compañera suya, que no quiere desvelar su nombre, admite que el verano ha sido durísimo, ya que la dificultad para encontrar personal formado y profesional ha provocado que el grueso del trabajo lo haya tenido que levantar el pequeño núcleo de empleados veteranos: «Entre pocos se ha hecho el trabajo de muchos, ha sido un verano muy complicado, pero hemos hecho una piña para superar las adversidades». ¿Está triste por perder su trabajo? Ella sonríe y muestra el tatuaje que tiene en su antebrazo y que reza ‘Start again’: «No pasa nada. Empezaremos de nuevo. La vida sigue».

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Jenny, Joan, Ana y Merche posan tras la barra del local. / J.A.Riera

La gran familia

Jean Pierre Vivares ha dirigido el bar Flotante durante los últimos quince años y explica que el 1 de noviembre tiene que entregar las llaves y el local vacío a los dueños del negocio. Hace dos años, los dueños le comunicaron que no le renovaban el contrato de alquiler. Vivares intentó negociar con la propiedad y ofreció una contraoferta económica, pero la decisión ya estaba tomada: «No me dieron ni una sola oportunidad. Está claro que les han ofrecido muchísimo dinero por esto». «No sé qué habrá aquí, pero este ha sido el bar de todo el mundo. Era la familia del Flotante», resume.

Uno de los miembros de esta particular familia es Javier Serapio, que desayuna acompañado de unos amigos y que explica: «esta semana vendré todos los días a desayunar aquí. Es mi particular homenaje a este lugar». Para Serapio, el Flotante es un lugar muy importante: «Con él, desaparece una parte de mi vida. Pasan los años, y ves cómo se van muriendo trocitos de lo que era nuestra isla», comenta con melancolía.

«Cerró la pastelería Los Andenes, la librería de Vara de Rey, ahora el Flotante. Nos están echando de muchos sitios. Tengo la sensación de que la gente local les sobramos y que ya solo se piensa en los ricos», comenta con amargura José María Maseda, otro cliente.

Últimos desayunos 			en el bar Flotante |

Carlos y Olatz, dos clientes habituales que desayunan su 'mitja amb tomata'. / J.A.Riera

Con ellos, comparte mesa Nieves Prats, que echa mano de recuerdos: «Esto era una excursión típica en Vila. Cogíamos la barca de Talamanca y nos veníamos aquí a pasar el domingo. Había un merendero para asar la carne y veníamos al Flotante a pedir las bebidas y hacer el café. Este lugar es parte de mi infancia».

Carlos es otro cliente que llega para despedirse del lugar. Para él, el Flotante también es un escenario de memoria y encuentra reflejos de recuerdos que explican su vida: «Con ocho años me traía aquí mi padre, y luego he traído a mi hija. De hecho, uno de los últimos recuerdos que tengo de mi padre es verle aquí, jugando con su nieta, en la arena del Flotante. Todo termina, es ley de vida».

Pero a las penas puñaladas, y este domingo el Flotante celebrará su último baile. Todos los miembros de esta informal y peculiar familia están invitados a despedirse de un lugar irrepetible. «No será un closing, no será una fiesta», advierte Jean Pierre Vivares, «pero es el último día que estaremos aquí y queremos que vengan los clientes de siempre para tomarnos una última copa. Sencillamente, queremos despedirnos de todos ellos». En definitiva, una invitación no para todos aquellos que pasaron por el Flotante, sino especialmente para aquellos que dejaron que el Flotante pasara por ellos, para que se agrupen, se miren a los ojos y, como Whitman, se digan que estamos aquí, que existe la vida, que prosigue el poderoso drama y que quizás el Flotante haya contribuido a él con una rima.

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