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Rafel Gallego Periodista y dramaturgo

«Lorca me lleva a una inteligencia que adjudico a la mujer»

Can Ventosa acoge este sábado (21 horas) la representación de ‘Amarg’, que ficciona los últimos años de Federico García Lorca

El periodista y dramaturgo Rafel Gallego.

Los últimos años de Lorca. Es lo que recrea Rafel Gallego en ‘Amarg’, que llega este sábado (21 horas) al auditorio de Can Ventosa, a cuyo escenario se suben cuatro mujeres (las actrices Núria Fiol, Ona Borràs y Marina Nicolau y la música Nailé Sosa) para dar vida a esta pieza.

‘Amarg’... En el momento actual, ¿no podía ser ‘Dolç’?

La pieza tiene mucha música y esa música es alegre. Hay amor y mucha amistad. No es un drama de principio a fin, pero no perdamos de vista que cuenta la historia de Lorca, que acabó como acabó. En sus últimos años fue muy feliz y productivo, viajó, conoció gente muy interesante y otros países y culturas. Pero cuando volvió a España el panorama que halló fue que cuando alguien no piensa como tú deciden matarte.

Es un spin off de otra obra, ¿no?

Es la obra pequeña, escrita para una edición de Teatre de Barra, alargada. Ganó premios a mejor actriz, texto y espectáculo y me pidieron que la alargara. En aquella pieza ficcioné la última noche de Federico, despidiéndose de una persona concreta, un compendio de los amigos y amantes que tuvo. La alargo con los viajes a Nueva York, Cuba, Argentina y las cartas que iba enviando.

Cuatro mujeres en el escenario para la historia de un hombre.

Sí, tres actrices y una música. Hay dos personajes masculinos interpretados por mujeres. Ya lo he hecho otras veces. Es una forma de rendir homenaje a las actrices que durante siglos no pudieron actuar. Federico me lleva siempre a una sensibilidad, pero sobre todo a una inteligencia, que adjudico a la mujer. Sois más inteligentes y gestionáis mejor lo que tiene que ver con el intelecto y los sentimientos.

¿Qué pensaría Lorca de ‘Amarg’?

Creo que le gustaría. A nadie le gusta ser asesinado por unas bestias, pero la forma en la que se despide es muy bella. Se despide un poco diciendo «muero para vivir». Sabe que matándolo lo están haciendo eterno, que sus verdugos, sin saberlo, lo están convirtiendo en un símbolo.

¿Por qué está tan presente?

Primero, porque escribía muy bien. Era un genio. Escribía poesía como nadie, canciones y teatro. Todo maravillosamente. Y luego porque lo matan no tanto por aquello que dice, porque no estaba en primera línea política, como porque era conocido, sensible, homosexual, porque no se escondía y era libre. Es muy fuerte decir esto: lo asesinarom por ser libre. Hay otro factor, terrible, que amplía su mito: no sabemos dónde lo enterraron y eso nos lleva a la memoria histórica y a cuánta gente está en las cunetas, en fosas, sin identificar.

Homosexual, no esconderse… Estamos viviendo situaciones que se parecen.

Sí, es muy actual. Hemos perdido la cadena que nos ataba a la memoria y eso, en este mundo tan efímero y líquido, nos condena, aunque suene tópico, a repetir errores. Estamos viendo unas agresiones homófobas que eran impensables hace unos años. Vuelven mensajes, actitudes, lemas y proclamas que pensabas que estaban enterrados. Hace poco leía una encuesta sobre los millenials y más del 50% no son capaces de mencionar un campo de exterminio nazi y un porcentaje muy alto piensa que el Holocausto fue culpa de los judíos.

¿Teme hacia dónde vamos?

Sí. Mucho. Cuando oigo a según quién decir según qué, me preocupo. Pero cuando veo la reacción de los medios, que muchas veces no contrastan determinados mensajes, me da miedo.

¿Pesa más la comodidad?

Totalmente. Podemos perder no sé cuantas horas de la vida viendo ocho temporadas de una serie, pero no dos minutos en comprobar si la última chorrada que dice Santiago Abascal es cierta. No es que no podamos, es que no queremos. La sociedad es muy acrítica y eso tiene un peligro brutal.

Acrítica, pero muy criticona.

Sí, eso es muy fácil. Sale algo que no te gusta de una persona y, sin saber si es verdad o no, le linchas. Sale gratis, no tiene consecuencias.

Volvamos al teatro, ¿qué está escribiendo?

Lo más concreto es la bajada a los infiernos de Pep Suasi, el líder de Fora des Sembrat. Cayó en las drogas, fue a Proyecto Hombre y consiguió desintoxicarse. Es una historia de éxito, pero muy dura. Me lo contaba, porque somos amigos. Si necesitaba contarlo, ¿por qué no en un escenario? La actriz Toti Fuster me pididó si la ayudaba a investigar y escribir la historia de tres mujeres del norte de la India, pioneras en la lucha feminista, represaliadas. Y estoy con ello.

¿Traerá ‘Kelly’ a Ibiza?

Está previsto. Es la producción que ha tenido más repercusión de las que he hecho. Son personas muy carismáticas que desde hace unos años se han comenzado a hacer valer, se han reivindicado. Su lucha es tan justa... Es tan evidente que sus condiciones de trabajo tienen que mejorar... Todo ha remado a favor de la obra.

¿El teatro le permite escribir desde otro punto de vista?

Sí, puedo escribir lo que no puedo como periodista. Aportar ideología. El teatro me permite ser más yo y, sobre todo, jugar con los personajes, que acaban siendo personas que querrías que existieran. Tienes personajes que dices «deberías salir de aquí, deberías hablar tú y no este cafre que está en un escaño».

¿Le noto un punto Pigmalión?

Pigmalión está por encima y yo creo que esos personajes son mejores que cualquiera, que tú mismo.

Vaya, que lo que quiere es ser sus personajes.

A veces. En una edición de Teatre de barra nos inventamos que las obras de Shakespare las escribía Judith, en realidad tenía una hija que se llamaba así, pero en la obra era su hermana. Yo querría ser Judith Shakespeare porque es brillante, inteligente, escribía como los ángeles y tenía las ideas muy claras. ¡Yo quiero ser así!

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