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De fiesta covid en plena pandemia

Diario de Mallorca se adentra en la celebración de una ‘rave’ ilegal en Son Oms con más de un centenar de personas que es desmantelada por la policía en plena madrugada

De fiesta Covid en plena pandemia DM

En la madrugada del sábado al domingo estuve en una fiesta Covid. Sí, en plena pandemia. En esa pequeña casa de la Ma-5013, en Son Oms, corría a la misma velocidad el SARS-CoV-2 que la droga. El primero no se veía, pero se palpaba. La segunda estaba en todas y cada una de las esquinas de la finca, una parcela que a las 5 de la madrugada desalojó la policía. Me dio asco ver lo que vi. Y mucha pena. Pero mejor empecemos por el principio

Me habían hablado de fiestas ilegales en pleno estado de alarma. Me costaba creerlo. «El amigo de un amigo fue ayer a una y me contó que no cabía un alfiler», me aseguraban. «Pero si no nos dejan tan siquiera salir de casa, ¿cómo se va a reunir tanta gente sin que los vecinos llamen o haga algo la policía?», les cuestionaba. «No me creas, pero yo te digo lo que me han dicho», se zanjaba la conversación.

Conociendo los antecedentes, viviendo en Mallorca y metiéndonos de lleno en pleno mes de agosto, se pueden hacer una idea del catálogo que se mueve hoy en día en la isla. Solo este pasado sábado había unas cuantas opciones donde elegir. Se descartó Artà por lejanía, «aunque la piscina del chalet te hace olvidar la hora de camino en coche». Felanitx fue la segunda opción que se barajó, en «una chaletarro tan escondido que es imposible que la policía te joda la fiesta». Desconozco los motivos, pero la idea también se desestimó.

En la madrugada del domingo, sobre las dos, aparcaba el coche pegado a un muro en un caminito de Son Omstras una buena hilera de vehículos y después de haber seguido la ubicación que una hora antes me habían pasado por WhatsApp: «Al lado del aeropuerto hay dos o tres sitios que lo petan. Si una no nos mola, nos movemos a otra». En esa afirmación y por las horas que eran ya, vi suficientes argumentos de peso para considerar la opción más cercana a Palma, sin duda, la mejor de todas.

Cien metros separaban mi coche del nuevo epicentro Covid que estaba a punto de descubrir. Me extrañó que la música se oyera tanto, incluso las luces que iluminaban la fiesta llamaban alarmantemente la atención a esas horas de la noche. La única regla era cruzar la Ma-5013 lo más rápido posible y no quedarse en los arcenes, supongo que por aquello de no dar la nota más de lo que ya la estaban dando.

A unos cincuenta metros de la puerta de entrada a la finca, bajo un porche, dos hombres controlaban la taquilla. Quince euros, acceso con pulsera y vía libre. «¿Se puede pagar con tarjeta?», oí que cuestionaba una pareja justo delante de mí. La mirada que los dos ‘gorilas’ le echaron al interlocutor me dolió hasta a mí. «¿Y entra consumición?», volví a escuchar. Ya no quise oír ni ver lo que le contestaban.

La finca tenía en su interior una pequeña casa en ruinas. No debían ser más de tres o cuatro habitaciones. No había ventanas ni puertas. Dos focos iluminaban la zona de recreo exterior, donde más o menos medio centenar de personas acomodaban en el suelo las bebidas y los hielos que habían traído para hacer botellón, algo que los organizadores permitían.

La música del interior de la casa armonizaba el ambiente, y lo cierto es que, con una mesita y cuatro sillas, casi hubiera pasado por cualquier terraza de bar chillout de la costa. Evidentemente la distancia social y las mascarillas brillaban por su ausencia, pero eso no era nada con lo que estaba a punto de ver.

En el interior de la casa, bajo unos tenues focos de discotecaotro medio centenar de personas bailaban lo imbailable aglomerados cual sardinas. En esa oscuridad, solo iluminada en ocasiones por algún que otro flash y cuatro o cinco cigarros, el desfase era dramático. Dolía. Me pregunté cuántas de esas personas atenderían el domingo al mediodía los compromisos familiares. Cuántos acudirían el lunes a sus puestos de trabajo o cuántos quedarían para hacer una cervecita al día siguiente con los colegas en la terraza de algún bar.

En el exterior, el ambiente era distendido. Casi presencié dos peleas, pero todo, milagrosamente, acabó en un abrazo de hermandad. Ni un solo extranjero, todos mallorquines y en un abanico de edades muy amplio. Desde veinteañeros hasta hombres y mujeres que ya peinaban canas.

Mi primera preocupación fue no empujar a nadie sin querer y tirar al suelo ese polvo rosa que muchos inhalaban por la nariz. «El Tusi es lo que se lleva ahora», me explicaron. Evidentemente quise profundizar: «Lo llaman la cocaína rosa. Te da un subidón guapo guapo», me argumentaban. «Un tiro no, métete dos», le aleccionaba un chaval a su colega a dos metros de mí. LSD y MDMA, el nuevo cocktail de moda.

Tras casi una hora en el exterior de la finca me armé de valor. Mi FPP2 parecía decirme: «Sabes que ni yo puedo con esto, ¿no?». Pero hice caso omiso a su petición y me encaminé al interior del local. Al momento me sentí un bicho raro. Todo el mundo me miraba, incluso los que escondían su mirada bajo gafas de sol. Se giraban y se reían. «¡Mira a esa con la mascarilla!», se regocijaba un chaval a sus colegas tras de mí. Era la única que tenía el rostro cubierto bajo esa locura de humo, olor a porro y desprecio.

Empezar a hacer vídeos y fotos con flash no ayudó mucho a mi intención de dejar de ser el foco de atención, pero también he de decir que el desfase que ahí se vivía pronto hizo que incluso normalizaran mi presencia. Tenía lo que quería y ya solo debía irme.

Serían las tres y media de la madrugada cuando noté que el ambiente se empezó a enrarecer. «La poli, la poli», escuché. Todas las cabezas se giraron en dirección a la carretera, donde un coche patrulla permanecía parado a las puertas de la finca. «No pasa nada, sin orden de registro no pueden hacer nada», oí al que debía ser el abogado del grupo que tenía a mi derecha. «Muchas veces vienen, pero luego se van, no te preocupes», le calmaba un chico a una joven inexperta en el tema.

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De fiesta Covid en plena pandemia E. G.

Lo cierto es que el coche patrulla iba y venía y daba la sensación de que ahí no iba a pasar absolutamente nada, hasta que, en su último viaje, se presentó con compañía. Cerca de cuatro coches de la Local y tres furgones de la Nacional irrumpieron frente a la fiesta ilegal. Hubo gente que intentó salir, pero los organizadores disiparon rápidamente su idea con argumentos de peso: «De una a seis no puedes estar en la calle. En cuanto salgas te van a multar, te tomarán los datos y tendrás que pagar 6.000 pavos».

Debieron sonar convincentes sus palabras porque de ahí no se fue nadie. Sin embargo, a las cinco de la mañana, fueron las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado quienes decidieron irrumpir sin invitación. He visto participantes en los 100 metros de estos Juegos Olímpicos que corrían más despacio que los allí presentes. Salto de valla, de longitud, incluso lanzamiento de peso… Tenía Tokio en Son Oms y yo perdiendo tiempo sintonizando Teledeporte. Hubo quien incluso se inventó una nueva modalidad, salto a la ciénaga en la síquia de Sant Jordi, una disciplina jamás explorada antes, pero cuyos resultados aromáticos dejaron bastante que desear.

La policía solo identificó a unos pocos jóvenes, pero al menos durante dos horas, los tres furgones de la Nacional inspeccionaron cada rincón de la finca. Seguramente la multa a su organizador por realizar una fiesta privada que implica aglomeración agrupación de personas que impedían la adopción de medidas sanitarias de prevención anticovid, haya acabado con uno de los epicentros de contagios del virus en la isla, pero por desgracia cada fin de semana surgen nuevos. Un negocio ilegal que enriquece a gente que, lo miren por donde lo miren, están acabando con la vida de otras personas. Despreciables.

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