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Crisis sanitaria y turismo

La reapertura de un hotel de Ibiza: patas arriba a 10 días de otra temporada incierta

A pocas jornadas de su apertura, la plantilla del Argos se afana por poner a punto el hotel: el ‘maître’ hace de pintor, el cocinero pasa la mopa y el segundo jefe de comedor barniza una pérgola

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La reapertura de un hotel de Ibiza: patas arriba a 10 días de otra temporada incierta J.A. Riera

Algunos hoteles ultiman los preparativos para abrir sus puertas durante las próximas semanas, aunque no son muchos por el veto de Reino Unido a incluir Ibiza en su semáforo verde. En el Argos, en la bahía de Talamanca, todo está patas arriba, desde la quinta planta hasta los comedores. Les quedan aún 10 días para ponerlo a punto. Confían en que aumenten las reservas para poder rescatar del ERTE al 33% de su plantilla.

'See you in 2021', avisa el cartel pegado en las puertas correderas de la entrada del hotel Argos. Contiene otro dato: lleva cerrado desde el 13 de octubre de 2020. Normalmente, este alojamiento acaba la temporada a principios de noviembre y abre a mediados de marzo. En 2020 tenían previsto acoger a los primeros turistas desde el 16 de marzo, pero la pandemia lo impidió: reanudaron su funcionamiento el 6 de junio, pero en esa temporada aciaga nada salió bien y cesaron la actividad antes de tiempo. Esta también empezará con dos meses de retraso.

Desde aquel 13 de octubre, las hojas secas de buganvilla se han acumulado en montones a la entrada, donde un olivo sigue tapado con una malla y las plantas de algunas macetas han sucumbido a siete meses sin atenciones. Desde fuera se ve que dentro hay ajetreo: mantas, sábanas y toallas tapan el mueble de la recepción y la moqueta, hay un andamio en la pérgola de la piscina, que tres hombres barnizan, y en las terrazas exteriores trabajan sin parar las camareras de piso, que limpian los techos con mopas y trapos.

Francisco José García, cocinero, limpia el techo de una terraza. J. A. RIERA

Dentro huele a pintura: «Y al mobiliario nuevo del comedor», corrige Juanjo Riera, propietario de este negocio familiar, un alojamiento de cuatro estrellas situado en plena bahía de Talamanca. «Tableros fenolíticos, en los que no traspasa ni el vino ni nada», describe orgulloso esa nueva adquisición. Es una de las pequeñas inversiones que se ha permitido este invierno: «Este año hemos sido cautos». Tras lo ocurrido en 2020 no están las arcas de nadie para bromas ni para grandes inversiones. Menos aún para endeudarse (esta empresa siempre intenta autofinanciarse). La pasada temporada «fue un mal año»: sólo pudieron trabajar tres meses «y al 45% de ocupación». Y con un porcentaje así, Riera no tuvo más remedio que dejar en ERTE al 30% de la plantilla y sólo abrir dos de los cuatro alojamientos de la cadena familiar, algo a lo que Riera ve el lado positivo: «Al menos nos permitió adaptarlos a las normativas covid». Eso sí, a un coste de unos 7.000 euros por instalación.

Cati Cadena limpia un cuarto de baño de la tercera planta. J. A. RIERA

Seis que ponen orden

Esta será la cuarta temporada que Rosa Lebrón ejerce como gobernanta del Argos, tras 32 años como subgobernanta en la cadena Palladium. Está acostumbrada al fabuloso lío que supone poner a punto un hotel cada año. Comenzaron el 3 de mayo y aún les quedan 10 días para pulir hasta el último detalle. «Ya hemos acabado 27 habitaciones de la planta quinta y aún faltan ocho de la cuarta», explica Lebrón. El establecimiento tiene un total de 106 habitaciones, en las que los clientes encontrarán este año unos amenities muy especiales: una mascarilla y un gel para cada inquilino como cortesía de la casa. Además, han retirado, como medida anticovid, los faldones de las camas, así como los cojines decorativos.

Paquita García prepara una habitación. J. A. RIERA

Una cuadrilla de seis personas (aún hay dos en ERTE), dividida en grupos de dos, van limpiando y arreglando las estancias de arriba abajo. Por delante, los pintores, de ahí que cada pasillo esté cubierto por una docena de mantas (tienes repartidas unas 70 por todo el hotel) para evitar que se manche la moqueta: «El 21 de mayo estará casi todo a punto. Quizás falten una decena de habitaciones, pero queremos tenerlas también acondicionadas, no sea que aterrice de repente un avión y, como apenas hay hoteles abiertos, vengan aquí sus pasajeros. Debemos estar listos ante los imprevistos». Incluso desea habilitar seis habitaciones individuales que hay en la planta principal «para destinarlas a representantes» que ya han reservado. El próximo lunes, 17 de mayo, a cuatro días de la reapertura, empezarán a ordenar y limpiar las zonas comunes y los salones. En la primera semana procedieron a las hipercloraciones y al cambio de los filtros del sistema de osmosis.

Norman Marí, el ‘maître’, y Antonio González, el segundo jefe del comedor, barnizan la pérgola de la piscina. J. A. RIERA

‘Maître’ y pintor

La mayor parte del trabajo se concentra estos días en la tercera planta. Allí el maître, Norman Marí, ejerce de pintor. Sí, un jefe de comedor dándole a la brocha gorda: «Aquí hacemos todos de todo», cuenta Marí, que lleva 25 años en la empresa. El cocinero, Francisco José García, que empezó en el Argos con 17 años y tiene 34 de edad, pasa en esos momentos la mopa. Luego pintará. Y lo que haga falta: «No se nos caen los anillos, al contrario. Limpiamos, lijamos, pintamos, ayudamos a quien lo necesite. Y no sólo ahora, también en plena temporada».

Juanjo Riera, el propietario, en el recibidor, aún cubierto por una sábana. J. A. RIERA

Dicen que son como una familia. De hecho, muchos de ellos son familiares. Y también tratan como allegados a muchos de sus clientes. La gobernanta, por ejemplo, guarda en la lavandería «las cosas» de una turista alemana que, desde hace 24 años, se aloja allí al menos un mes cada temporada. Recibe un trato especial: tiene sus propios edredones, su plancha y tabla de planchar, sus sombrillas, sus perchas (quiere muchas), e incluso se adapta la limpieza de su habitación a sus particulares horarios.

El segundo jefe de comedor, Antonio González, aplica, subido a un andamio, aceite de teca sobre el techo de la pérgola de la piscina. Es otro ejemplo de que los trabajadores del Argos hacen de todo: «Somos polivalentes». Llevan dos días hidratando la madera con ese aceite. Cuando acaben, «a pintar los metales de las ventanas y el cartel de la entrada». Y a cuidar las plantas, para las que «¡tiene una mano!», asegura Rosa Lebrón: «Eso lo dejamos para la última semana», señala González, que empezó a trabajar en el Argos en el mes de abril de hace 20 años. En el cercano bar de la piscina, hay un trozo de cartón bajo las patas de cada mesa para evitar que chorree en el suelo la pintura con la que las han repasado. El billar está cubierto por una montaña de cojines verdes (de las sillas que limpian a fondo) y una toalla. El largo bufé está cubierto por sábanas. La piscina está casi a punto: ya limpia, han aplicado tapajuntas. Necesitarán dos días para llenar su vaso.

Paquita García y Cati Cadena, camareras de piso, están acostumbradas a este estresante ajetreo de pretemporada. Cadena empezó a trabajar allí a los 19 años. Ya hace 34 años de eso: «Fue el 8 del ocho de 1987. Nunca lo olvidaré», rememora esta vecina de Puebla de Cazalla. García, que fue contratada en 1993, desvela el principal secreto para que la puesta a punto sea más llevadera: «Dejarlo todo muy limpio cuando se cierra el hotel». Cadena muestra un baño ‘sucio’ (aún por limpiar), pero su apariencia es impoluta. Delante de ellas van otros dos trabajadores que limpian las terrazas, más otras dos mujeres que hacen las camas: «O te organizas bien o no abres nunca», sentencia la experimentada García. Lebrón, la gobernanta, calcula que, en total, invierten una hora en adecentar una suite y unos 45 minutos en una doble.

Jubilados vacunados

El despacho de Juanjo Riera está estos días, como el resto del hotel, patas arriba. Decenas de papeles se amontonan en su mesa, donde tiene encendido un portátil y una calculadora, y en la que hay otro ordenador cuya peana son dos tacos de folios. Bebe agua de una botella de Lanjarón. Sobre una repisa hay otras cinco botellitas más casi vacías. Confiesa que le duele no haber podido sacar el pasado año del ERTE al 30% de su plantilla: «Somos una familia, tenemos un trato diario con el personal. Verte en la disyuntiva de no poder dar trabajo a todos no es agradable ni para la empresa ni para los empleados». Y esta temporada, a verlas venir: «Hay mucha incertidumbre. Esperamos que Reino Unido nos incluya pronto en el semáforo verde, pues dependemos mucho de sus viajeros». Critica que la vacunación haya ido tan lenta y que no se hubiera inmunizado al personal turístico, como en otros países.

No obstante, Riera confía en que hasta el 15 de junio, y del 16 de septiembre en adelante, se activen el turismo alemán, suizo y holandés, especialmente de jubilados y mayores de 50 años, pues ya estarán vacunados.

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