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Crisis sanitaria

Zona covid: así es el ala norte de la UCI del hospital de Ibiza

Una puerta blanca separa las dos zonas, prácticamente estancas, en las que, desde que llegó la pandemia, se divide la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) del Hospital Can Misses. En la que da al norte han estado, durante este último año, los enfermos más graves de coronavirus. La primera ola fue más o menos suave. La segunda llegó algo más dura. La tercera ha sido un alud

Así es la UCI del hospital Can Misses por dentro Redacción

José García, auxiliar, se quita el mono impermeable en la esquina más cercana a la puerta de un box de la UCI Covid de Can Misses donde él y varios compañeros han estado limpiando con mimo a uno de los ingresados. Lo hace muy pegado a los cristales que cierran el cubículo. Con movimientos precisos, mil veces repetidos. «Nos desvestimos dentro porque no hay esclusas», comenta Manuela Vila, supervisora de la unidad de críticos del hospital ibicenco, donde a media mañana parece reinar la calma.

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Zona covid: así es el ala norte de la UCI del hospital Can Misses Vicent Marí

Hay silencio, pitidos regulares, voces y alguna risa. Es la zona norte de la UCI. Aquí están los enfermos con coronavirus. Al sur, separados por una puerta blanca que no debe abrirse, no hay virus. «Hace poco toda la unidad era covid», recuerda la supervisora mientras en uno de los boxes las auxiliares continúan con la higiene de un paciente. Pasan las esponjas por la piel con el cuidado de una caricia. Sus manos expertas esquivan las vías. Y las sondas. Colocan las manos con mimo sobre toallas.

José García se quita el equipo de protección en la esquina del box más cercana a la puerta. VICENT MARÍ

«Lo teníamos todo lleno, los quince boxes. Y siete en Cirugía Mayor Ambulatoria y seis en Reanimación. Venías a las siete y media de la mañana y te marchabas por la tarde», continúa. Era una locura. Los intensivistas tenían que desplazarse a otros dos espacios y cambiarse de pijama cada vez, relata mientras Nuria Ribas, celadora, coge un mono blanco del mueble que hay junto al control. Se viste en mitad del pasillo y entra para ayudar a los auxiliares a mover a uno de los pacientes. Los cambios posturales se hacen regularmente.

Preparando la medicación. VICENT MARÍ

El uniforme de plástico

«Material de protección no nos ha faltado nunca aquí», afirma Manuela señalando el mueble lleno de buzos ya listos para usar y abriendo la puerta de lo que era un baño para pacientes atestado de cajas con más buzos y patucos. Dos días por semana se revisa y se pide al almacén lo que sea necesario. Trabajar completamente envueltos en plástico es duro. Se pasa mucho calor. Y se suda bastante. En el momento en el que un paciente ingresa en la UCI covid el personal puede llegar a estar con él en el box hasta tres horas seguidas. Salen directos a darse una ducha. La protección ha sido siempre casi una obsesión. Nunca nadie, por urgente que fuera, ha entrado en un box sin ella, asegura Manuela. «Lo primero es nuestra protección», insiste la supervisora, que señala que en casos de extrema urgencia se puede tirar de batas impermeables, guantes...

Una enfermera revisa los sueros de uno de los pacientes ingresados en la UCI. VICENT MARÍ

«Ponérselo es fácil, rápido», comenta, sentado en el control, David Martínez, celador. En lo que se tarda, matiza, es en quitarse todas las protecciones. Es donde está el riesgo de contagiarse. Y es cuando deben tomarse cierto tiempo para asegurarse de que no se saltan ningún paso. «Ahora ya es algo natural», indica David, que, como casi todo el personal de la unidad, lleva la mascarilla enganchada en dos botones de su gorro de tela. En su caso, de Wonder Woman. «Doce horas con la mascarilla te deja las orejas hechas polvo», comenta Manuela, que asegura que en ocasiones, incluso, les han hecho heridas. Por eso la mayoría recurren a los botones.

No llevan la cuenta de las veces que, en cada jornada, tienen que ponerse el buzo. «Dos, tres, seis, depende», comenta Nuria. Intentan optimizar las entradas, indica la supervisora, que explica que en este año han tenido que aprender a hacer su trabajo casi a ciegas, buscando los huecos de visibilidad que les dejan las pantallas y las gafas de protección.

Vestida con un buzo, atiende al paciente. VICENT MARÍ

El box número 15

El box númeRo 15 está vacío. Es un box especial. De transición. O de espera. Destinado a aquellos pacientes críticos que deben ingresar en la unidad, pero que aún no se sabe si tienen o no covid. «Hasta que no está el resultado de la PCR los tratamos como si lo fueran», comenta la supervisora, que destaca la crudeza de este último año. Para los profesionales de la unidad. Y para las familias de los enfermos de covid que debían ingresar en la UCI. «Imagina pasar un mes y medio recibiendo información de tu familiar sólo por teléfono. Eso es muy duro», reflexiona. En la primera ola no se permitía entrar en la unidad a los familiares, algo que cambió en las siguientes. Les dejaban pasar. Por las tardes. A esa ala norte. Al box. Estar cerca. Completamente protegidos. Sólo uno por enfermo. Y después de que la jefa de la unidad, Paz Merino, que es la que se ha encargado principalmente del contacto con los familiares, les explicara cómo se iban a encontrar a su ser querido: conectado a un respirador, con varias vías, sedado... «Impacta», reconoce Manuela mirando cómo Nuria y José continúan atendiendo a uno de los pacientes. Sólo cuando el final estaba cerca se permitía la visita de varias personas.

«Nadie se ha ido solo», afirma, con rotundidad, la supervisora. Cuando la familia no ha podido estar con un enfermo en su último aliento, han estado ellos. «Ninguno ha estado solo», repite Manuela Vila, que reconoce que este año pandémico les ha pasado factura. Están cansados. Agotados. Y la mayoría, además, han limitado el contacto con sus seres queridos para evitar posibles contagios. Esto lo último lo sabe bien. Los refuerzos llegados de otros hospitales han servido para dar un ligero alivio a los trabajadores de la UCI, que al alud de enfermos de coronavirus (más de 20 de forma simultánea llegaron a tener) se ha sumado en algunos momentos una pérdida de profesionales al tener que estar en cuarentena y también algunas bajas por embarazo. «Ha sido duro», comenta José, el auxiliar, que está convencido de que todos estos meses hubieran sido aún peores sin haber hecho equipo y sin los dos supervisores. «Nos han cuidado mucho», afirma.

Un ruido, como un desgarrón agudo, invade la unidad. Toñi Cruz, limpiadora, retira la capa superior de las alfombrillas adherentes que hay frente a la puerta de cada box. Nuria y sus compañeros acaban de salir de uno. En él queda ya, limpio, seco y con la medicación puesta, el paciente. Arrullado por las máquinas, con sus pitos regulares. En la mesita, acompañándole en silencio, fotos de sus familiares y una estampa de la virgen de la Amargura.

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