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Crisis sanitaria

365 días pegados al covid en Ibiza

Un año ha pasado desde que se diagnosticó el primer caso de coronavirus en Ibiza, una fecha que tienen marcada a fuego los profesionales de Can Misses que vivieron en primera persona aquella primera ola, que ahora recuerdan «suave»

Gaspar Tuero y Mar Montoya, médico y enfermera de la UCI de Can Misses. Vicent Marí

Gaspar Tuero y Mar Montoya, médico y enfermera de la UCI de Can Misses. Vicent Marí

Los profesionales de Can Misses llevaban semanas esperándolo, en tensión, como una tormenta. Ese primer contagiado tardó en llegar, pero a partir de ahí los casos se multiplicaron. Sanitarios del hospital explican cómo vivieron aquellos primeros compases de la pandemia en la isla.

El 5 de marzo. Ése día se confirmó el primer caso de coronavirus en Ibiza. El primer enfermo de covid diagnosticado en las Pitiusas era un hombre procedente de Italia. Había presentado síntomas esa semana, tos y fiebre, por lo que ingresó en el Hospital Can Misses, donde le tomaron muestras que enviaron al Hospital Son Espases, que fue el que confirmó el positivo. Un año después ya son más de 11.000 los casos de covid diagnosticados en las Pitiusas, la gran mayoría de ellos en esta tercera ola que ha sido devastadora. Por número de contagios, por los enfermos que han necesitado hospitalización y que han desbordado Can Misses, por la cifra de fallecimientos, por los muchísimos sanitarios que han estado en vigilancia por la sospecha de contagio y por el agotamiento que arrastran los profesionales, extenuados tras un año en el que el virus no les ha dado tregua. Ni física, ni mental ni emocionalmente.

Mar Montoya, enfermera de UCI

«Llegó el primer paciente y en horas empezaron a llovernos»

«Estábamos esperando el primer caso de coronavirus y, cuando llegó, no nos dio tiempo a nada. Llegó el primer paciente y en cuestión de horas comenzaron a llovernos. Los primeros días nos llegaban a golpes», recuerda Mar Montoya, enfermera de la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) del Hospital Can Misses. Era el 18 de marzo y hacía dos semanas que se había detectado el primer caso de covid de la isla. «Aunque lo recibimos con mucha energía en ese momento me fui al baño, me senté e hice unas cuantas respiraciones de relajación», continúa Mar, que destaca cómo aquellos primeros días con los pacientes ingresando y teniéndose que poner los equipos de protección individual (EPI) se esforzaba por mantener «la mente fría» para no equivocarse y acabar contagiada o contagiando a sus compañeros.

"Cuando salía, me sentaba en el coche a llorar por los nervios y la emoción"

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Reconoce que sentía miedo porque aún era algo «muy desconocido». Aprendieron a atenderlos, rememora, «paciente a paciente». Fueron días duros, aquellos primeros. «Cuando salía, me sentaba en el coche a llorar por los nervios y la emoción», explica la enfermera de la unidad de críticos, que destaca que si ya de normal el equipo de la UCI de Can Misses «es una piña», con el coronavirus lo es aún más. «El equipo es excepcional», comenta, orgullosa, Mar, que no se planteó en ningún momento cómo estaría la isla un año después. «No soy de pensar a largo plazo», afirma. 

Para ella, esta tercera ola ha sido el peor momento de este año pandémico: «Nos ha derrumbado. Durante la primera ola la sensación que tuvo era de «correr hacia el borde del precipicio, pero sin llegar a caerse». En esta tercera lo que siente es que ya se ha caído, se ha revolcado y que, «llena de moratones» sigue luchando día a día. «No sé cómo nos vamos a recuperar», señala Mar, que destaca que cada muerte de un enfermo de covid la ha vivido «como un fracaso». Por suerte, indica, no han sido muchas. La primera, recuerda, fue de un paciente bastante conocido por el personal de la unidad, por lo que fue especialmente duro. Lo mismo que la atención a las familias, con las que se vuelcan. 

En ocasiones, confiesa, cuando no ha sido posible que la familia acompañara al enfermo en los últimos momentos, ellos han estado con él. Mar, que lleva más de un año sin ver a su familia, reconoce que las ganas de trabajar no han sido constantes en este año. Algunos días no quería ir al hospital. «El agotamiento no se va. He estado aislada diez días, podía dormir todo lo que quisiera y no he conseguido que se me pase el cansancio. Ni emocional ni físico», concluye.

Gaspar Tuero, intensivista de la UCI de Can Misses, en uno de los box de la unidad. Vicent Marí

Gaspar Tuero, intensivista 

«Ver la UCI llena genera mucha angustia y es agotador»

El 18 de marzo. Ese día entró en la UCI del Hospital Can Misses el primer enfermo de coronavirus, recuerda Gaspar Tuero, intensivista. «Tuvimos un poco de suerte. El virus llegó más tarde a la isla y ya sabíamos lo que estaba pasando», explica el médico, que destaca que ese margen de tiempo fue «fundamental» para estar «medio listos» para lo que se les venía encima. Pudieron acumular material, aprender a poner y quitarse los EPI y a diseñar los posibles escenarios. Los días previos a ese primer ingreso se mascaba la «tensión». La sensación era de estar esperando una tormenta extraña: «Se había declarado ya el estado de alarma y no teníamos pacientes de covid». 

Pero el 18 de marzo se precipitó todo: «Estábamos intubando al primer paciente y llegó ya el segundo». A partir de aquel momento empezaron a ingresar en la unidad «dos o tres» pacientes diarios. Y los planes que había hecho se revelaron «muy optimistas». En apenas unos días tuvieron que dedicar toda la unidad, que puede dividirse en dos mediante una puerta, a pacientes covid y comenzar a ampliar la UCI a otros espacios del hospital. 

«La primera ola fue más suave, la segunda y la tercera nos desbordaron»

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«La primera ola fue más suave, la segunda y la tercera nos desbordaron», relata el médico, que destaca que cuanto más ocupada está una UCI mayor es el riesgo de que alguno de los ingresados fallezca. Los enfermos de covid de estas dos últimas olas han llegado a la unidad en peor situación que los de la primera. Los tratamientos que se les administran también son diferentes ahora. En la primera ola, por ejemplo, cuando un paciente comenzaba a tener problemas de respiración, se le intubaba. Ahora, sin embargo, en muchos casos se aplica «un paso intermedio», la oxigenación de alto flujo, que permite mantener los pulmones abiertos: «Nos lo saltábamos porque se decía que el riesgo para los sanitarios era muy alto por los aerosoles. Ahora se ha demostrado que no generan tantos y se aplica en más pacientes». Los fármacos también han cambiado. Si en aquella primera ola se probaron muchos fármacos y se apartaron los corticoides, éstos son ahora los principales medicamentos. Han cambiado también las formas de intubar a los pacientes, las sedaciones —«para que no estén tanto tiempo dormidos»— y en muchas más ocasiones se les da la vuelta a los pacientes, poniéndolos en situación de prono, boca abajo. «Antes de la pandemia no se pensaba hacer esto con algunos pacientes, pero ahora estamos entrenados y se hace de forma más habitual», comenta el médico, que confiesa que aquella segunda quincena de marzo «imaginaba» que a la primera ola le seguirían otras. Lo que no se esperaba es que esta última «fuera peor». 

Entre enero y febrero. Son las peores semanas que recuerda. La subida de casos les pilló «agotados». «Ha sido difícil», afirma el médico, que explica que el personal de la UCI ha vivido «guardias duras» en las que no han tenido un minuto de descanso y «con mil frentes abiertos». «Además, el coronavirus es una enfermedad traidora, se puede despertar a un paciente y empeorar de forma muy rápida. Es muy frustrante. Ver la UCI llena genera mucha angustia y es agotador», afirma. 

Gaspar cree que habrá nuevas olas, aunque confía en que a pesar de las nuevas variantes más contagiosas y agresivas, éstas sean más pequeñas debido, principalmente, a la vacunación —«a ver si avanza un poco más»— y a una relajación «no muy rápida» de las restricciones.

Frustrado. Enfadado. Contento con el equipo. Preocupado... Durante este año el intensivista ha pasado por muchos estados de ánimo, aunque destaca que siempre, en todo momento, lo ha dado todo para atender a los pacientes. Tiene asumido que el coronavirus es lo que le toca atender en estos momentos. De cara a las próximas semanas y meses teme por los pacientes que «por miedo» no están llegando al hospital, como ya ocurrió en la pasada primavera, cuando, en mayo y junio llegaban a la UCI pacientes con infartos que tenían el corazón «machacado» o «con cuadros abdominales muy avanzados». Gaspar, que hace hincapié en cómo durante la pandemia ha aumentado «la sensación de equipo», sueña con que esta tercera ola pase pronto y poder ir a Asturias para ver a su familia.

José Ignacio Ricarte, en la puerta de Ca na Majora. Vicent Marí

José Ignacio Ricarte, médico de Ca Na Majora

«Ca na Majora nunca ha sido una unidad de muerte, sino de vida»

A principios de marzo de 2020 José Ignacio Ricarte, médico de familia, estaba en un despacho. Hacía unos meses que había dejado la consulta y estaba haciendo valoraciones para la conselleria balear de Asuntos Sociales. Cuando llegó el primer caso, en aquel despacho, pensó que seguramente haría falta. Volvió a la labor asistencial y se presentó voluntario para integrar el equipo de Ca na Majora. «Recuerdo la primera reunión formativa, sentía miedo y respeto por aquello a lo que nos tocaba enfrentarnos», indica José Ignacio, que destaca la sensación de cierta irrealidad que tuvo cuando llegó el primer paciente a la unidad: «Lo tenía a un palmo, con el equipo de protección, y no era la televisión, era real». 

De este año se queda con la sensación de equipo: "De haber luchado juntos para salir adelante"

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El médico insiste en que el objetivo del equipo, donde todos son voluntarios, el objetivo ha sido siempre que los enfermos más vulnerables de coronavirus —«personas mayores o de residencia que necesitan estar aislados»— no se sintieran abandonados. Ha sido, afirma, «una misión muy bonita», a pesar de que reconoce la dureza de este año, ya que, precisamente al ser enfermos de covid mayores y con patologías previas, era consciente de que el riesgo de que fallecieran era más elevado que en otras unidades. 

Lo importante, indica, era que aquellos que no tenían opción de recuperarse, murieran «en paz». «Tranquilos». «Sin dolor». «Ha sido duro», insiste el facultativo, que destaca que ninguno de los pacientes de Ca na Majora ha muerto solo. Cuando las familias no han podido estar ahí, han estado ellos. A pesar de las características de Ca na Majora, José Ignacio afirma contundente: «No es una unidad de muerte, sino de vida». Optimista y alegre, José Ignacio asegura que en todo este año «nunca» ha creído que la situación fuera a ir a peor. Está convencido de que «de ésta vamos a salir» y defiende que precisamente el optimismo y no pensar mucho más allá «es la única forma» de enfrentarse a esta situación.

Con la unidad ya sin pacientes, le resulta inevitable pensar en hace unos meses, cuando Ca na Majora cerró: «Fue un día triste y alegre. Muy emocionante». De este año se queda con la sensación de equipo: «De haber luchado juntos para salir adelante». Le ha preocupado, además de los fallecidos, el «deterioro» que han sufrido los ingresados en la unidad. Tanto físico como cognitivo. «Es una lástima», indica. Por ello, explica, entran «muchas veces» en las habitaciones. Para tener contacto. Asegura que han hablado, cantado y bailado con ellos. «Necesitan ver caras, caminar», indica José Ignacio, que, a pesar de la dureza, no se arrepiente de haber cambiado el despacho de valoraciones por Ca na Majora.

El enfermero Javier Pérez Martínez, en el pasillo de la F de Medicina Interna, la planta Covid por antonomasia de Can Misses. Vicent Marí

Javier Pérez Martínez, enfermero de la planta de medicina interna

«Han muerto pacientes sin poderse despedir de sus familiares, aislados en otra habitación»

Cuando la planta F de Medicina Interna recibió al primer paciente de coronavirus, Javier Pérez, enfermero de la que durante el último año ha sido la planta Covid, estaba convencido, como decían los estamentos médicos, científicos y políticos, de que se quedaría «en algo anecdótico». No se imaginaba que en pocas semanas el volumen de trabajo confirmaría todo lo contrario. «Al principio les tratábamos igual que a los demás pacientes ingresados en aislamiento en la unidad», indica. Aquel primer paciente de covid no presentaba «complicaciones excesivamente graves» y se enfrentaron al caso «muy nerviosos», debido al «desconocimiento» que había sobre el virus: «Siempre hemos tenido pacientes infecciosos, con otras patologías, pero no nos teníamos que poner el EPI entero. Con el coronavirus te tienes que vestir mucho más, con más cuidado, y tenías en la cabeza que si no hacías tu trabajo bien podías contagiarte». 

Aquel primer contagiado ingresado fue un caso sencillo. «La sorpresa vino después, cuando se vio que de anecdótico no tenía nada», comenta Javier, que explica que en estos 365 días postcovid en la planta no han visto más que pacientes con coronavirus. «Y lo que nos queda», opina el enfermero, que destaca cómo si bien al principio estaban preocupados por autoprotegerse, con el paso de los meses a esto se impuso la atención a los pacientes. El miedo quedó a un lado. «Hemos aprendido mucho», comenta Javier, que destaca que en el último año no ha habido un solo día que no se haya tenido que poner el EPI al menos una vez. Incluso en pleno verano, cuando se redujeron los ingresados. 

"Siempre que fallece alguien en la unidad es difícil. En estos casos algunos han estado acompañados por nosotros porque en ese momento su familia estaba aislada"

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Aunque ha vivido varios momentos duros durante este año, para él, el peor ha sido esta tercera ola. «Cuando Can Misses prácticamente era un hospital Covid, con cinco plantas dedicadas a estos pacientes y con muchos fallecimientos», indica. «Siempre que fallece alguien en la unidad es difícil. En estos casos algunos han estado acompañados por nosotros porque en ese momento su familia estaba aislada», explica el enfermero . Han tenido casos, por ejemplo, de personas que han muerto en la planta Covid mientras sus familiares, también enfermos, estaban confinados en otras habitaciones de la misma unidad. «Perder a alguien siempre es doloroso, pero no poder despedirte, ir al funeral y estar con los tuyos… Hay quienes mandan fotos o vídeos de esos momentos para, en lo posible, ayudarles», reflexiona. Ahora mismo, Javier tiene esperanzas de que, entre la reducción de casos y la vacunación, en los próximos meses puedan dedicar sólo parte de la unidad a covid.

Desde la gerencia, recalca, se les ha dado la posibilidad de permutar su puesto de trabajo con compañeros de otras unidades «para hacer un descanso», pero ha preferido seguir en la F: «Tenemos muy interiorizado a lo que nos dedicamos. Esto es lo que conoces y somos una pequeña familia». Precisamente esto ha sido básico para afrontar día a día este año de pandemia. «Los compañeros te lo hacen mucho más llevadero», afirma.

Susana Ramón, microbióloga

«Ha sido una carrera de obstáculos continua en la que no te planteas no llegar a la meta»

Cuando mira el calendario, a Susana Ramón, microbióloga del laboratorio de Can Misses, le sorprende que haya pasado sólo un año desde que el coronavirus conoció Ibiza: «Tengo la sensación de que han pasado diez». De hecho, le cuesta recordar los detalles de aquellos primeros días más allá del «desconcierto» en el que vivían. «Erramos en el diagnóstico y en el pronóstico. Se dijo que sería poco más que una gripe, o ni siquiera, y pronto vimos que era algo diferente», reflexiona Susana, que asegura que aquellas primeras ideas sobre el coronavirus no eran un deseo sino que se basaban en la experiencia de «la gripe de 2009, que se originó en Mexico», y también del coronavirus que hace unos años se quedó en los países asiáticos. «Lo defendía convencida», explica.

El primer caso se notificó el 5 de marzo, pero hacía ya días que en el laboratorio tramitaban las muestras de casos sospechosos: «Al principio no los enviábamos ni a Son Espases, sino a Majadahonda». Tenían que «vestir y proteger» aquellas muestras, embalarlas, antes de que las recogiera el helicóptero. «Era como de película», comenta la microbióloga, que ha perdido ya la cuenta de los protocolos que han tenido que aplicar desde el inicio de la pandemia: «Han ido cambiando». La sensación en aquellos momentos era de «atropello», de estar «en una carrera de obstáculos continua en la que tienes que llegar sí o sí a la meta, no te planteas no lograrlo». «Y así todos los días», afirma.

Escoger el peor momento de este año se le hace complicado, aunque, tras pensar unos segundos, lo tiene claro: «Enero fue muy duro. Y hasta mediados de febrero». Estar con menos personal que al inicio de la pandemia ha pesado casi tanto como la multiplicación de pruebas. A las habituales se sumaron, en esos días, las derivadas de los cribados. Llegaron a gestionar, en un único día, mil muestras. Una barbaridad. «Ha sido muy intenso. No estamos en la primera línea real, asistencial, pero sí en primera línea», afirma Susana que destaca que sin el refuerzo de los dos analistas clínicos no habría sido posible sacar adelante toda la carga de trabajo. «Incluso cuando tienes que enviar las muestras, el hecho de enviarlas supone casi más trabajo que si hicieras las pruebas aquí», añade.

"Quiero pensar que después de esta tercera ola, cuando rebajen las medidas de restricción, que es algo que todos necesitamos, la gente lo haga con cabeza"

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«Ya no me atrevo a decir nada», responde cuando se le pregunta cómo cree que estaremos dentro de un año. «Cuando cambiamos de año y llegó la tercera ola y los terremotos de Granada llegaban todas las bromas y memes diciendo que echaríamos de menos 2020. Todo es susceptible de empeorar», comenta. «Quiero pensar que después de esta tercera ola, cuando rebajen las medidas de restricción, que es algo que todos necesitamos, la gente lo haga con cabeza», afirma la microbióloga, pensando, sobre todo, en la gente que se está quedando sin trabajo.

Estos 365 días con el virus han dejado, aunque cueste creerlo, cosas buenas: «El laboratorio de Microbiología ha crecido técnicamente y tenemos un laboratorio molecular que hace un año no teníamos y que nos permitirá hacer muchas otras cosas. Hemos crecido y me quedo con eso». A día de hoy, echando la vista atrás, le sorprende que «todo el trabajo haya salido», aunque para ello hayan tenido que sacrificar fines de semana, festivos «y todas las horas del mundo». «Sorprendentemente hemos ido salvando todos los obstáculos», indica.

Carmen Santos , gerente del  Área de Salud de Ibiza y Formentera

«La llegada de primer paciente con covid supuso el principio de un cambio»

«Hace un año esperábamos la llegada del primer caso de coronavirus después de ver la evolución nacional y, antes de eso, la internacional en Italia y China», recuerda la gerente del Área de Salud de Ibiza y Formentera, Carmen Santos, sobre los días previos al 5 de marzo. «Llevábamos semanas preparándonos con la formación de los profesionales sobre la puesta y la retirada de los EPI», continúa la gerente, quien junto a los jefes de Medicina Interna y Microbiología, Ramón Canet y Dori Hurtado, había estado participando en sesiones «sobre el covid de Wuhan». 

El reconocimiento social de los primeros días es "un recuerdo imborrable, igual que la solidaridad y el compromiso que han mostrado los profesionales este año"

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Aquel primer paciente, diagnosticado después de los negativos de varios casos sospechosos, «supuso el principio de un cambio» en la atención sanitaria. «Adaptarnos y anticiparnos ha sido nuestro objetivo desde el minuto cero», afirma la máxima responsable de la sanidad pitiusa, que aún se emociona al recordar cómo en aquellos primeros días la sociedad de la isla se volcó para ayudar: «Es un recuerdo imborrable, igual que la solidaridad y el compromiso que han mostrado los profesionales este año». La gerente está convencida de que sin el esfuerzo «y la permanente disposición» de todos los que trabajan en el Área de Salud pitiusa no hubiera sido posible afrontar este año.

«El Hospital Can Misses ha cambiado, se ha transformado con un nuevo laboratorio, respiradores, tecnología para la UCI, la aparición de las Unidades Volantes de Atención al Coronavirus (UVAC), el hotel medicalizado, Ca na Majora y la especialización en covid de la planta F de Medicina Interna y la UCI», destaca.

Si lo mejor de este año ha sido para la gerente la respuesta de los profesionales y de la sociedad, lo peor, lo que más le duele son los fallecidos «y la imposibilidad de los familiares de poder despedirse de los suyos adecuadamente». Carmen Santos tiene toda la esperanza puesta en las vacunas: «Esperemos que nos den un respiro, que lo necesitamos todos, los profesionales sanitarios y la sociedad en general».

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