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Opinión

Las virtudes teologales

Los que estudiamos en un colegio religioso (que no daba patente de futura bondad) nos educamos con las virtudes teologales que nos venían dadas a la hora de ser bautizados. Fe, Esperanza y Caridad, como si nos impregnásemos de ellas y nos duraran toda la vida (a la cristiana me refiero); cosa que en mi caso no fue posible al conocer el racionalismo y a Santo Tomás metiendo el dedo en la llaga de Cristo. Tras ello llegas a la conclusión de aquello que veo me creo la mitad y lo otro se lo dejo a la UCO. Siempre he traducido esas ‘virtudes’ por la fe en la palabra dada, la esperanza por la dignidad y la caridad por la solidaridad. Entre las tres hacen mucho más llevadera la convivencia en una sociedad donde casi todos nos conocemos. Las tres te llevan a la tolerancia y especialmente a considerar que nadie es perfecto, aunque algunos se lo crean y aporten la soberbia como ‘pecado’ en lo humano. Si buscásemos en Aristóteles y Platón veríamos cómo una parte de su filosofía se trasmitió al cristianismo con esos valores como elementos troncales. Yo prefiero bajar al vulgo, a esas personas que a través de las experiencias vividas nos han transmitido que la palabra dada es un contrato vital. Las relaciones humanas, aquellas que perduran, se basan en cumplir los compromisos personales adquiridos. Revertir un apretón de manos sellando un acuerdo conlleva una traición a las más elementales normas de conducta. No es de extrañar que cuando se rompe ese vínculo estamos reduciendo a la nada conceptos básicos de lo que debería ser lo normal en una época ‘anormal’. Seguimos con eso que llamamos dignidad, si, la virtud casi teologal que nos permite afrontar con sólidos criterios las dudas sobre si el beneficio económico debe o no estar por encima de la moral y la ética. Es cierto que vivimos en un mundo donde la ética tiene muy poco recorrido. Pero es en esta tesitura donde ese valor abstracto, poco práctico, pero reconfortante cuando se aplica alcanza su máximo esplendor en las relaciones personales. Dignidad y ética, dos conceptos a recuperar en una sociedad de influyentes y soberbios que tienden a deshumanizar la vida cotidiana. La solidaridad hay que dejarla en manos de quienes la practican a beneficio de los demás. Nos quedan aquellos que no conocen las virtudes teologales ni su aplicación racionalista y practican la ambición, el poder, el egoísmo y otras artes de soberbia individual o colectiva pisoteando la palabra, el compromiso y traicionando aquel apretón de manos que nunca hubieran roto nuestros abuelos.

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