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Opinión | Tribuna

Vuelos Nueva York-Ibiza: una mala noticia para la isla

Playa de Ses Salines en plena temporada 2026

Playa de Ses Salines en plena temporada 2026 / Marcelo Sastre

Pero ¿no habíamos quedado en que las islas tienen demasiados turistas y ello causa una masificación que satura nuestros servicios públicos? Si es así, ¿qué hacemos aplaudiendo con las orejas la inauguración de una nueva ruta de llegada de turistas, como es la de Nueva York-Ibiza? Se mire como se mire, esa ruta significará un aumento en el número de personas que todos los veranos colapsan Ibiza. Y, además, dará argumentos a AENA para justificar la ampliación de nuestro actual macroaeropuerto.

De nada servirá limitar el número de coches que pueden entrar en la isla si, al mismo tiempo, sigue aumentando el número de turistas que llegan. Esos turistas extra necesitarán moverse de algún modo y, desde luego, no será en autobús (hay solo la mitad de los que precisa la isla). Si aumenta el número de turistas, los coches acabarán saliendo de algún lado, ya sea de forma legal o ilegal. La demanda acaba generando oferta.

Aunque haya algún verano con menos turistas que el anterior, lo cierto es que la curva general es ascendente. Y, en cambio, lo que no es ascendente es el número de colegios, institutos, médicos, talleres de coche, jueces, policías, enfermeros… cuyo número permanece o bien estancado o incluso en declive. Es así como vamos perdiendo calidad de vida y bienestar.

Seguir descorchando el champán cada vez que se supera un récord de turistas o se inaugura una nueva ruta con Ibiza equivale a festejar nuestro suicidio. Es obvio que una administración pública no puede impedir que una aerolínea implante una ruta nueva donde le plazca, pero al menos no ofrezcamos el patético espectáculo de hablar contra la masificación y luego apoyar las causas de la masificación. Es más: si se quiere ser coherente, habría que poner todos los obstáculos posibles para la implantación de nuevas líneas con la isla.

Hay pocas esperanzas de que evitemos el colapso. El caso de la línea Nueva York-Ibiza (que podría abrir las puertas a más líneas con EEUU, de incalculables consecuencias) ejemplifica perfectamente la actitud de los gobernantes y empresarios ibicencos: decir una cosa y hacer la contraria. Hablar de sostenibilidad y autocontrol, y seguir masificando a espuertas.

Si hemos permitido abrir una discoteca con capacidad para más de 10.000 personas que, encima, ahora quiere que le construyan una carretera especial para ella (¡con fondos públicos!), entonces no nos ha de extrañar que aplaudamos la llegada de aviones desde EEUU.

Es algo que, en realidad, va en la genética del ibicenco, o al menos de la mayoría. La cabra tira al monte, y nosotros tiramos hacia la saturación, la congestión y la destrucción de nuestro hogar. Es por ello que la isla está sentenciada. Ante la duda, caemos siempre del lado del cemento y de la masificación. Bebemos de un sorbo el veneno que nos mata.

Algún día, encaramado sobre los escombros de lo que antes fue el paraíso, alguno de nuestros descendientes dirá: “Pero ¿en qué demonios pensaba toda esa gente?”.

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