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Opinión | Tribuna

Turismo de lujo o turismo sexual

Yates en un puerto deportivo del puerto de Ibiza.

Yates en un puerto deportivo del puerto de Ibiza. / C.N.

De los muchos análisis y opiniones que he leído en la prensa a lo largo de este verano extraño, lo más interesante lo encontré en un reportaje publicado la semana pasada en Diario de Ibiza, rubricado por Almudena García. En él, empleados y empresarios de tiendas de moda, joyerías y restaurantes de la zona más pija de la bahía de Ibiza, anexos a los pantalanes de los puertos deportivos, aludían a la temporada extraña que está aconteciendo, con días de notable actividad que contrastan con otros donde se trabaja mucho menos. Lo que más me llamó la atención, sin embargo, fue el afinado comentario de una trabajadora de una firma de joyas, que aseguraba que la frontera entre el turismo de lujo y el turismo sexual es cada vez más difusa.

Dicha dependienta aludía a la frecuencia con que determinados turistas varones acuden a su comercio acompañados por varias chicas jóvenes, a las que agasajan con las joyas más baratas que encuentran en su inventario, señalando incluso que Ibiza empieza a parecer “un destino de chulos”. Sus manifestaciones enlazaban en el mismo reportaje con otras que subrayaban la drástica ausencia de familias y la mala educación que caracteriza a este nuevo cliente de la temporada alta, incluso en el epicentro del lujo ibicenco. Es decir, que nuestro segmento de alto standing ha evolucionado a un turismo de prostitución y gente maleducada, que encima deja mucho dinero a hoteles, discotecas y beach clubs, pero cada vez resulta menos rentable para los restaurantes normales y al comercio en general.

Que el turismo de lujo es en realidad una invasión de la gente cochambrosa y desatada de siempre, con mucho más dinero en el bolsillo, es un argumento que algunos llevamos defendiendo desde hace ya unos cuantos años. El testimonio de esta empleada, harta de ver el trasiego de personajes de dudosa calaña que pululan por la milla de oro, simplemente lo corrobora.

Lo que sí conviene cuestionarse es por qué el turista de lujo está dispuesto a pagar unos precios astronómicos para pernoctar en unos establecimientos que, aunque puedan dar el pego en decoración, no ofrecen ni por asomo un servicio acorde al presupuesto invertido. Así que la pregunta del millón, que entronca con las opiniones de la dependienta, sería qué le da Ibiza al turista de lujo para que siga viniendo, cuando podría gastar el mismo dinero en otras latitudes y, a cambio, recibiría mucha más calidad en atenciones e instalaciones. La respuesta, como sabe cualquier ibicenco, es obvia: fiesta, fiesta y más fiesta, hasta reventar. Y me refiero a fiesta en todos los sentidos y facetas.

El turista de la Ibiza del lujo necesita, además de fiesta las 24 horas, ya sea en barcos, villas, beach clubs o discotecas, dos condimentos esenciales para que sus vacaciones sean satisfactorias: en primer término, drogas a granel. La marcha en la isla no se concibe sin el aderezo de la química (basta con ver cómo las pastillas que se distribuyen en los entornos de ocio llevan grabado el logo de la discoteca o la fiesta a la que acuden). Y, en segundo lugar, sexo a discreción. Así como de la abundancia de drogas tenemos constancia oficial por los muertos por balconing y las estadísticas relativas a los abusos y sobredosis que se atienden en unos siempre colapsados servicios de urgencias, de la apabullante red de prostitución que existe en la isla apenas se habla. Sólo con semejante despliegue pueden atenderse las necesidades sexuales de este turismo desaforado y depredador. Sin embargo, no se escucha jamás que se haya producido una operación policial contra la explotación sexual. A algo se dedica, además, la ingente prole de concierges y furgonetas negras pilotadas por conseguidores, dado que, para alquilar una villa, pedir un taxi y comprar unas entradas de discoteca no se requiere tal infraestructura.

Un segmento del lujo, en definitiva, que próximamente tendrá a su servicio cuatro frecuencias semanales a Nueva York, para seguir alimentando esta espiral putrefacta del lujo que asola la isla, incrementando las diferencias sociales. Las patronales y los gobernantes ibicencos enseguida se han congratulado por la noticia. ¡Que vengan más a gastar que aún nos caben! Al tiempo que lanzan advertencias contra la muchachada que convoca meriendas con sandía en la playa para protestar en contra de que su tierra se transforme en semejante lodazal.

Que tenga claro la clase política y empresarial que el ibicenco, con independencia de que sea de derechas o de izquierdas, no soporta que su isla se convierta en un lupanar, un parque temático del latrocinio y una orgía permanente de estupefacientes. Así que todo aquel que celebre la llegada de más aviones cargados de turistas, que deje de dar discursos sobre sostenibilidad y contención turística, tratándonos a los ibicencos como a tarados mentales.

@xescuprats

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