Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Una Ibicenca fuera de Ibiza

La costilla de Adán

Si más del 80 % de las mujeres sufren síntomas en la menopausia.

Si más del 80 % de las mujeres sufren síntomas en la menopausia. / ShutterStock

Como el lector ya sabrá, ha interrumpido las grandes catástrofes de estos días otra más menuda: el informe publicado el pasado abril por la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (Aesan) sobre los riesgos nutricionales de la mujer durante la menopausia. ¿Y por qué ahora, si se publicó en abril y, total, la menopausia nos la refanfinfla —científicamente hablando—?

Pues porque ha sido ahora, cuatro meses después, jartitas en la Asociación Española de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT) de denunciarlo a Aesan, con la callada por respuesta, cuando han acudido a la prensa. Cuando escuchen hablar de «periodismo útil», es esto. Tras publicarlo elDiario.es, y replicarlo después multitud de medios, Aesan ha anunciado que revisará el informe.

Pero, ¿qué pudieron advertir las investigadoras de AMIT tan escandaloso? Pues que entre otras sugerencias de Aesan a las mujeres «en esa etapa de la vida», recomendaban el consumo de hierro y vitamina C. Ambos nutrientes fabulosos. La pega se encontraba en que los valores de ingesta recomendados provenían de estudios realizados exclusivamente en varones, sin advertir explícitamente de este hecho y, también… Sin venir a cuento.

Ni rauda ni veloz, pero acorralada, Aesan ha retirado el informe de su página web —en una semana donde todo parece querer zanjarse con un «Chao, pescao»— y reconoce «la omisión de una advertencia» sobre los datos en los que se basó su estudio.

No se trata de que 11 miligramos de hierro vayan a matar a ninguna mujer. Se trata de que alguien tuvo que llegar en 2026 y preguntar: ‘Perdón, este estudio para mujeres, ¿está basado en datos de mujeres?’. Y la respuesta resultó ser, ‘en parte, no’. Se trata de que una agencia oficial haya podido publicar un informe sobre mujeres menopáusicas sin hacerse antes esa pregunta.

Es apenas una gota más en el vaso del androcentrismo (según la RAE, «visión del mundo que coloca al varón y su punto de vista en el centro de la sociedad, la cultura, la historia y el conocimiento»). Y en medicina, hace ya demasiado tiempo que ese hombre debió echarse un pelín a un lado para dejar espacio a la mujer. Si el estudio va de menopausia, incluso... apartarlo.

Mis lectores más fieles recordarán un artículo mío de 2019, ‘Situs Inversus’ —y a los nuevos les invito a buscarlo, pese al espóiler—. Mi preciosa abuela Catalina tenía esa rara anomalía congénita cuyos órganos principales estaban invertidos, como en una imagen reflejada en un espejo. Su corazón estaba a la derecha y el hígado, a la izquierda.

Yo entonces divagaba sobre el riesgo de que un médico descartara una apendicitis porque el dolor no estuviera donde «debía» estar. Y advertía que mi abuela pertenecía a una población de riesgo, no por aquel 0,01% de situs inversus, sino por algo mucho más común: ser mujer.

Las mujeres sufren casi el doble de efectos adversos a medicamentos que los hombres, en parte debido a su histórica exclusión de los ensayos clínicos —y a los hechos me remito—. Tienen hasta un 50% más de probabilidades de recibir un diagnóstico erróneo tras sufrir un infarto. Y a las propias mujeres les cuesta más reconocer los síntomas de un infarto porque, históricamente, las publicaciones describían los que presentaban los hombres, convirtiéndolos en el sujeto ‘normal’ y sus síntomas en los ‘clásicos’, mientras los de la otra mitad quedaban relegados a la etiqueta de ‘atípicos’. La enésima cara de ‘la costilla de Adán’.

Sé que las lectoras hace rato que han entendido el concepto, y a mis queridísimos lectores —da igual la etapa de la vida, pero con pene— les propongo que imaginen un estudio recomendando harina de heno para mejorar el rendimiento de futbolistas de élite antes de un partido decisivo porque 200 individuos demostraron mejorar su rendimiento tras su ingesta. Eso sí, sin especificar que los individuos eran hámsters y que la harina formaba parte de su pienso.

Incluso un asterisco ‘eran hámsters’ parecería insuficiente. Cualquier cosa que no fuera un estudio realizado en futbolistas resultaría escandalosa.

Pero no son futbolistas, sino mujeres. Y lo único históricamente menos interesante para la ciencia que una mujer —y a los hechos me remito— es una mujer ya menopáusica.

Pero, ¡ay, si los hombres tuvieran la menopausia…! Desde la antigua Grecia habría tratados y doctrinas, y lírica hablando de lo fantástica o terrible que es. Tendría prestigio, escuelas, controversias y habría tertulianos discutiendo si alcanzarla nos hace mejores o peores hombres.

Sócrates se habría preguntado si la menopausia libera al hombre de sus pasiones. Aristóteles habría elaborado una teoría para explicar por qué un guerrero menopáusico ya no duerme. E Hipócrates habría escrito al menos cuatro tratados sobre los sudores nocturnos de Ulises.

Pero en esta particular odisea las mujeres ni siquiera sabemos cuántos miligramos de hierro o vitamina C necesitamos. Si no lo dijo ningún filósofo griego ya se lo digo yo: ¡Manda huevos!

Pilar Ruiz Costa es escritora @otropostdata

Tracking Pixel Contents