Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Tribuna

Ibiza, territorio sin ley: ¿hasta cuándo van a mirar hacia otro lado?

Ibiza sigue siendo hermosa, pero cada temporada resulta más difícil vivir en ella. La isla se ha transformado en un escenario donde parece que todo está permitido si genera dinero

Hubo un tiempo en que los ibicencos nos sentíamos privilegiados por haber nacido aquí. Vivir en Ibiza significaba disfrutar de una isla extraordinaria, de sus playas, de su mar y de una forma de vida que muchos admiraban desde fuera.

Hoy ese orgullo se está convirtiendo en hartazgo.

Ibiza sigue siendo hermosa, pero cada temporada resulta más difícil vivir en ella. La isla se ha transformado en un escenario donde parece que todo está permitido si genera dinero. Las normas se anuncian, se incumplen y, en demasiadas ocasiones, no pasa nada.

Fiestas ilegales, taxis pirata, furgonetas negras que aparecen por calles y carreteras, viviendas turísticas presuntamente ilegales en cualquier zona y celebraciones que convierten barrios residenciales en centros de ocio nocturno. Presuntos cumpleaños, fiestas privadas y reuniones que se repiten semana tras semana, mientras los vecinos no pueden dormir en sus propias casas.

¿Quién ha decidido que esto es aceptable?

¿Quién ha decidido que el derecho de unos pocos a ganar dinero está por encima del derecho de los residentes a descansar?

El descontrol no termina en tierra. Nuestro litoral se ha convertido en otro territorio donde demasiados actúan como si no existieran normas.

Embarcaciones fondeadas donde no corresponde, actividades irregulares, motos de agua alquiladas sin las garantías necesarias y party boats que convierten las proximidades de las playas en discotecas flotantes. Música a todo volumen, barcos demasiado cerca de los bañistas y una ocupación del espacio marítimo que impide disfrutar del mar con tranquilidad.

Esto no es una anécdota. Es la consecuencia de una falta de vigilancia y de autoridad.

La pregunta es inevitable: ¿Quién manda en Ibiza?

Cada verano nos dicen que se controla la llegada de vehículos a la isla. Cada verano se anuncian medidas y cada verano la realidad desmiente los discursos.

Las carreteras siguen colapsadas. Los desplazamientos se convierten en una prueba de resistencia. Los accidentes graves se suceden y circulan vídeos de conductores que adelantan de forma temeraria, conducen a velocidades absurdas y ponen en peligro a cualquiera que se cruce en su camino.

No son simples imprudencias. Son comportamientos que pueden costar vidas.

Mientras tanto, los residentes seguimos atrapados en atascos, soportando una presión insoportable sobre unas carreteras que no pueden asumir este volumen de tráfico.

Y este verano se añade otro síntoma del abandono: los apagones provocados por el colapso de unas infraestructuras eléctricas incapaces de responder a la demanda.

Una isla no puede crecer indefinidamente sin consecuencias. Pero nuestros dirigentes siguen actuando como si Ibiza fuera un continente con recursos ilimitados.

El agua se agota, pero el despilfarro continúa. Cada año llega la sequía. Cada año se pide a los residentes que ahorren agua. Cada año se habla de restricciones y de responsabilidad.

Los vecinos sabemos que el agua es escasa. Lo sabemos porque vivimos aquí y sufrimos directamente sus consecuencias. Lo que no entendemos es que se exija sacrificio a quienes viven todo el año en la isla mientras continúan las dudas sobre el control de los pozos, el consumo de villas y viviendas presuntamente ilegales y la venta de agua mediante camiones cisterna sin una vigilancia suficiente.

El año pasado supimos cómo se abastecía de agua a cruceros. Este año el escándalo ha llegado por el derroche asociado a una fiesta privada.

Y mientras algunos llenan piscinas, organizan eventos o consumen sin límite, los residentes recibimos el mismo mensaje: hay que ahorrar. ¿Ahorrar quién? ¿Los de siempre? Porque los perjudicados vuelven a ser los mismos: quienes vivimos aquí, pagamos aquí y soportamos aquí las restricciones.

Las playas ya no son de los residentes

Llegar a una playa se ha convertido en una odisea. Primero hay que conseguir aparcar. Después hay que encontrar un espacio libre entre hamacas, instalaciones y ocupaciones cada vez más extensas.

Y, cuando por fin se consigue un lugar, comienza el ruido.

Música procedente de restaurantes y establecimientos de playa. Party boats situados frente al litoral con los altavoces a todo volumen. Bañistas obligados a soportar una contaminación acústica que nadie parece dispuesto a controlar. ¿Para quién son las playas de Ibiza?

Porque no puede ser que los residentes tengan cada vez más dificultades para acceder a ellas mientras algunos negocios convierten el litoral en una extensión de sus locales.

No estamos en contra del turismo. Estamos en contra de que el turismo sirva de excusa para permitir cualquier abuso.

Las zonas residenciales han dejado de existir. En Ibiza ya no se distingue con claridad entre una zona turística y una zona residencial. Una vivienda turística presuntamente ilegal puede aparecer junto a una casa familiar. Una fiesta puede celebrarse cada semana. Un cumpleaños puede prolongarse hasta la madrugada. Un beach club puede comenzar con la música por la tarde y mantenerla hasta bien entrada la noche.

Los vecinos cierran las ventanas, se ponen tapones y resignan su descanso. Algunos llegan a temer el verano porque saben que durante meses no podrán vivir con normalidad. Esto no es convivencia. Es imposición.

No se puede llamar convivencia a obligar a miles de residentes a soportar el ruido, el tráfico, la suciedad y la inseguridad para que unos pocos hagan negocio.

¿Dónde están los responsables? Lo más indignante es que nadie pueda decir que estos problemas son nuevos. Se denuncian desde hace años. Los vecinos protestan. Los medios informan. Las redes muestran imágenes. Se anuncian controles, inspecciones y sanciones. Después llega el verano siguiente y todo continúa igual, o peor. Por eso hay que preguntar directamente: ¿Dónde están los alcaldes? ¿Dónde está el presidente del Consell? ¿Dónde está la presidenta del Govern?

¿Dónde están cuando los vecinos no pueden dormir? ¿Dónde están cuando las carreteras se convierten en una amenaza? ¿Dónde están cuando se denuncian actividades ilegales en tierra y en el mar? ¿Dónde están cuando faltan agua y electricidad? ¿Dónde están cuando la isla se colapsa?

Aparecen para hacerse fotografías, presentar campañas y pronunciar discursos. Pero cuando llega el momento de actuar, las competencias se reparten, las responsabilidades se diluyen y nadie responde.

Ya estamos cansados de excusas. Ibiza no es un parque temático. No es un territorio de excepción. No es una caja registradora abierta para cualquiera que quiera hacer negocio sin respetar las reglas.

Tenemos derecho a dormir. A circular con seguridad. A disfrutar de nuestras playas. A disponer de agua y electricidad. A vivir sin que una fiesta, una vivienda turística o un beach club conviertan nuestro hogar en una zona de ocio permanente.

El silencio de los dirigentes también es una decisión

Durante años hemos escuchado promesas. Se han anunciado controles, planes y campañas. Pero una norma que no se vigila y una sanción que no se ejecuta son papel mojado. La falta de acción no es neutral. Favorece a quienes incumplen y castiga a quienes respetan las reglas.

Cada fiesta ilegal tolerada anima a organizar otra. Cada taxi pirata que sigue trabajando anima a que aparezcan más. Cada vivienda turística irregular que permanece abierta demuestra que el riesgo compensa. Cada barco que actúa ilegalmente transmite que nadie va a detenerlo.

Así se destruye una isla: no de golpe, sino permitiendo cada día un abuso más.

Los ibicencos no queremos cerrar Ibiza. No queremos expulsar a quienes nos visitan. No queremos vivir aislados del mundo.

Queremos algo mucho más sencillo: que se cumpla la ley. Queremos que las administraciones hagan su trabajo. Queremos que quienes incumplen respondan por ello. Queremos que los responsables políticos dejen de actuar como espectadores de una situación que ellos mismos han permitido crecer. Porque vivir en Ibiza ya no debería ser una carrera de obstáculos. Y, sin embargo, para muchos residentes lo es.

Estamos hartos de no poder dormir. Hartos de los atascos. Hartos de los accidentes. Hartos del ruido. Hartos de las fiestas ilegales. Hartos de los abusos en tierra y en el mar. Hartos de que se nos pida paciencia mientras otros hacen negocio sin límites.

Y, sobre todo, estamos hartos de que nadie asuma responsabilidades. Ibiza no necesita más discursos ni más fotografías. Necesita autoridad, controles y decisiones.

Porque los que vivimos aquí todo el año no pedimos privilegios. Pedimos que dejen de tratarnos como ciudadanos de segunda en nuestra propia isla.

Lurdes Costa Torres es exalcaldesa de Eivissa del PSOE.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents