Opinión
Isabel Olmos
¿Una marea humana atraviesa África hasta Ceuta y nadie la ve?
Sé que les habrá pasado como a mí. Un día, confundidos e inocentes, buscaron en internet unos zapatos, una linterna —por decir algo— o comida para perros enriquecida con calcio. Más allá de localizar o no el objeto deseado, lo que sí hallaron fue la sorpresa de que, a partir de ese día, cada vez que abrían Google o cualquier página con anuncios, los zapatos, las linternas y la comida para perros inundaban la pantalla de una manera absolutamente abusiva y obscena. Hay personas, incluso, que sostienen haber sido escuchadas por el buscador mientras comentaban su anhelo de comprarse una bici y, 24 horas después, tenían un catálogo abrumador de modelos sin comerlo ni beberlo alrededor de la web de una cadena de radio cualquiera.
Podemos buscar cualquier calle del mundo con visores que te permiten, desde casa, observar hasta las grietas de una fachada en Delhi y los áticos de Nueva York. Podemos observar desde el móvil las constelaciones del universo con su nombre y saber, en cada momento preciso, dónde está nuestra pareja, hijos o amigos con un simple localizador. Nos cuentan los pasos, saben lo que comemos, bebemos y si fumamos o vapeamos.
Pero aquí viene lo que de verdad me sorprende. Nadie, absolutamente nadie, vio que una marea humana de gente desesperada cruzaba varios países de África para llegar hasta Ceuta.
¿En serio me están diciendo los responsables de la seguridad de este país que ni por cielo —con satélites—, ni por tierra —con los servicios de inteligencia—, nadie les advirtió de que más de 60.000 personas iban a cruzar la frontera con España, absolutamente desesperadas, sin ser vistas? ¿Tan invisibles son? ¿Tan «nadie», como diría Eduardo Galeano?
Sin entrar en el debate sobre los obvios intereses múltiples generados por este desgarrador episodio, les tengo que confesar que me quedo intranquila al saber que nadie detectó nada durante días, pese a la tragedia que se avecinaba.
Porque si lo vieron y no dijeron nada, mal.
Pero si no lo vieron de verdad, permítanme que les diga que no me lo creo. Sencillamente, no me lo creo.
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