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Opinión | Para empezar

Samia Khenien

Samia Khenien

Redactora

¿Aún vienen turistas normales a Ibiza?

Turistas pasean por las calles del barrio de la Marina

Turistas pasean por las calles del barrio de la Marina / Vicent Marí

El pasado domingo volvía de Hamburgo en avión. El único directo, a las siete y media de la mañana. A la espera de este vuelo me llamaron la atención los pasajeros con los que compartiría cabina durante dos horas y media. Más familias de las esperadas, más bebés que los que se pueden contar con los dedos de una mano. Lo único que pensé cuando vi a toda esta multitud de familias (aparentemente normales en términos monetarios, aunque nunca se sabe) fue: ¿Cómo se puede permitir una familia con tres críos venir a esta isla en plena temporada (o en general)? En mi mente hace ya un par de años que los únicos que se pueden permitir venir a Ibiza con sus múltiples hijos son los futbolistas de élite (si no vienen solo de fiesta, claro está).

Es verdad que aún veo a familias enteras por mi pueblo. Un tipo de turista que asumimos que ya se ha extinguido aún se resiste a desaparecer del todo. Pese a que el dinero no escasea tanto en los países del norte, la crisis también empieza a afectar a las personas «de clase media», si es que eso existe. Quizás ese turista que viene con toda su familia algún día deje de hacerlo. Que elija un destino donde se abuse menos de los precios. O, si viene, que se compre solo comida en el supermercado, porque si hago cálculos, no me salen las cuentas de que salgan cada noche a cenar. Quizás simplemente vienen menos días y tengan la vuelta este mismo jueves. No puede ser que estén aquí dos semanas como antaño, ¿no? Es imposible que alguien, por rico que sea, no se sienta estafado tras pasar más de dos días pagando los precios que se pagan en Ibiza.

Además, y claro está, no solo eran familias las que venían desde Hamburgo. Había también algunos jóvenes, tanto chicos como chicas, que vendrían a pasar el buen rato por el que somos conocidos en esta parte del Mediterráneo. Debo admitir que el grito de emoción de «¡Ibizaaa!» de un chaval al bajar las escaleras del avión, con nada más que una mochila para pasar la noche, en su momento me hizo sonreír (a la mayoría nos gusta ver a la gente feliz), pero en algún momento lamentaremos a lo que hemos llegado.

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