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Opinión | Desde la mola

¿Los ricos lloran?

Vivir aquí y ahora es para muchos una labor de resistencia a tenor de los precios

Foto aérea del puerto de la Savina en Formentera

Foto aérea del puerto de la Savina en Formentera / Gerardo Ferrero

La entrevista a Carmen Tur (librería Tur de Sant Francesc) en El País pone de manifiesto un sentimiento, no me atrevo a decir generalizado, pero sí que recurrente en las conversaciones de bar en nuestra Formentera de temporada (también en la invernal). ¿Somos una isla solo para ricos? Si me miro en el espejo antes de salir de casa en la Mola, la respuesta es no, acorde con las posibilidades económicas de “jubilado” con 14 pagas. Pero si te encuentras a profesionales de la parte inmobiliaria la respuesta es sí, con acento en la í. Sin que salga del “libro de la discreción”, ese que todo lo sabe sin que se sepa, se ha incrementado (no sabes cuánto, me confiesa el experto) la venta de casas de a más de tres, millones se refiere, e incluso a más de seis, en los últimos tiempos. Con esos datos, es indudable que nos estamos convirtiendo en un gueto para ricos que puedan pagar esas cantidades que al común de los mortales nos suenan a ciencia ficción o lo que decía el bueno de don Rafael Guerra “Guerrita”: “lo que no puede ser no puede ser y además es imposible”. Quiero pensar, equivocado, pero terco a fin y al cabo, que todavía no hemos cruzado el umbral de un bienestar social solo para unos cuantos (no ponga esa cara al enjuiciar mi opinión, sea magnánimo). Es cierto que vivir aquí y ahora es para muchos una labor de resistencia a tenor de los precios que pagamos por los productos básicos. Si miras a la península te dices ¿qué hago yo aquí? Sobre todo cuando te planteas la posibilidad de crear un proyecto de vida en la isla, especialmente los profesionales jóvenes en todos los ámbitos. Los “viejos” somos otra cosa.

El problema de la vivienda se ha convertido en el eje central de una sociedad que se ha criado (me refiero a esa generación en edad de emanciparse) dentro de la “comodidad” controlada cuando alquilar, incluso comprar (hipotecarse) era factible. Ahora eso es inimaginable y lo de la independencia, ya sea del hogar paterno e incluso del piso compartido es una entelequia. Los intentos de gobiernos de izquierda intentando limitar los precios chocan con generaciones donde la propiedad privada y su uso es santo y seña. Supongo que hay que mirar hacia todos los lados para encontrar cierto atisbo de sensatez. Aunque sigo pensando que necesitamos una política estructural que facilite la construcción de vivienda social. ¿No será que en cincuenta años nos hemos olvidado de ello? Aunque los ricos no lloran.

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