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Opinión

El recuerdo que deja un presidente

Las personas, incluso las que presiden la Generalitat, pasan; pero sus hechos (o sus fantasmas) permanecen, o al menos el recuerdo de lo que hicieron o dejaron de hacer. Ese es el rastro que dejan en una memoria colectiva que, no nos engañemos, es muy exigua en el ámbito político. Al final, el recuerdo se reduce a un fogonazo.

Por ejemplo, Carlos Mazón siempre será recordado por su prolongada sobremesa en El Ventorro mientras el lodo engullía pueblos y vidas. Una imagen que, por muchas vueltas que dé la vida, quedará ligada para siempre a su figura política. A Francisco Camps le perseguirán los trajes de la Gürtel y el «te quiero un huevo»; mientras que pensar en Alberto Fabra nos llevará al fundido a negro de Canal 9. Ximo Puig nos trasladará a la pandemia; y Eduardo Zaplana, a las obras faraónicas y la corrupción.

El actual presidente de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca, también tiene vocación de trascendencia. Tal vez aspire a la de un alcalde de pueblo llamado a empresas mayores, pero su nombre va camino de vincularse al del primero que cedió de verdad ante la ultraderecha. La «prioridad nacional», ya introducida en los presupuestos de la Generalitat y a las puertas de colarse en el caparazón jurídico del estado de bienestar a través de la ley de acompañamiento, no es un simple concepto, va mucho más allá. Supone un vaciado claro de derechos sociales para quienes no puedan demostrar pureza de sangre nacional —personas inmigrantes sin papeles, pero también otros parias de la tierra—; un proceso de desmantelamiento del sistema de protección social.

A esto se suma, además, que las enmiendas de Vox pendientes de aprobar contienen una carga de profundidad en cuestiones capitales para los derechos humanos, como son las políticas de igualdad, la lucha contra la violencia de género o los derechos LGTBI.

A este cambio de modelo hacia el que cabalga Santiago Abascal, este PP valenciano se presta como colaborador necesario a cambio de unas cuentas a las que podría haber renunciado, pues no eran esenciales para acabar la legislatura. Quizás el jefe del Consell las concibe como puntos ante Génova para la ratificación como presidenciable. De momento, asusta el precedente porque, sin tener todavía la pistola en la cabeza, los populares ya disparan. Mejor no pensar qué alma venderán al diablo si dentro de un año necesitan de verdad los votos de Vox para seguir en el Palau.

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