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Opinión | Tribuna

Sin provocadores, todos en paz

El oficio de cabreador es uno de los menos nobles. Me refiero a quienes en el campo de la opinión pública (del medio de comunicación más empingorotado a la tertulia de café) o en el de la política se dedican día tras día a descalificar e insultar al adversario, tratando de encender al auditorio. El cabreador no suele estar cabreado cuando toma el papel, el micrófono o la palabra, hace lo que hace como simple trabajo, sea profesional, político o social. Por eso no tiene la excusa de la indignación, pasión que si no es absolutoria atenúa lo suyo. Leo en un diario nacional un editorial en que se propone como ejemplo a imitar, frente a la divisiva crispación política, el apoyo de toda España a su selección de fútbol. Simplemente apenas ha habido cabreadores y la mayoría de la gente está mucho menos cabreada de lo que se piensa. Incluso en política, y mira que hay motivos.

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