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Opinión | Para empezar

Pilar Martínez

«Sus razones tendrán»

Nuevos baños públicos instalados en Formentera.

Nuevos baños públicos instalados en Formentera. / P.M.

Sé que no lo parece porque suelo utilizar este espacio para sacar mi vena más quejica, derrotista, rancia o como se quiera llamar, pero en el fondo soy una persona de natural optimista, confiada y conciliadora. Cuando veo, leo o escucho una burrada, tiendo a pensar: «Bueno, seguro que soy yo que no entiendo de qué va esto, sus razones tendrán...».

Así que, cuando el pasado 8 de julio vi los nuevos baños públicos que se estaban instalando en pueblos y playas de Formentera y me fijé en los dos palmos de distancia que separaban el suelo de la parte inferior del marco de la puerta, pensé: «Seguro que lo tienen controlado y en un par de días ponen rampas para que las personas en silla de ruedas, con dificultades para subir escalones o que empujan un carrito de bebé, puedan utilizarlos».

Porque en mi mente optimista no entra que nadie se haya dado cuenta de ese detalle ni durante la elaboración y licitación del proyecto de los baños ni durante su instalación ni cuando pusieron bien visible la plaquita que señala su accesibilidad. Claro que peor sería que los responsables de este tema sí sean conscientes de que ahí falla algo pero hayan decidido que ya estaba bien así.

Han pasado casi dos semanas y así siguen, con alguna excepción, como los baños del aparcamiento del faro de es Cap, donde sí han colocado dos rampas de madera.

Pero yo no dejo de pensar en pifias inconcebibles de las diferentes Administraciones públicas nacionales o internacionales. Como los famosos 31 trenes de Cantabria y Asturias, que costaron 258 millones de euros pero no cabían por algunos túneles de la red ferroviaria. O los espectaculares pero casi mortales puentes de Santiago Calatrava en Venecia y en Bilbao, cuya compra e instalación aprobaron los equipos de gobierno de turno sin caer en la cuenta de que caminar sobre cristal mojado no es muy saludable.

Quizá dentro de unos días aparezcan las rampas y todo quede en una anécdota. Pero cuesta seguir confiando en que «sus razones tendrán» cuando, demasiadas veces, la única razón parece ser que nadie se ha molestado lo suficiente.

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