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Opinión | Para empezar

Fernando de Lama

Fernando de Lama

Redactor Jefe

Manual básico para camellos despistados

Un control de tráfico en Ibiza, en una imagen de archivo

Un control de tráfico en Ibiza, en una imagen de archivo / OPC

Echas combustible en la gasolinera de la entrada de Vila por la avenida Ignasi Wallis y, al salir, te entra esa pereza tan humana de ir hasta la rotonda para volver hacia el interior de la ciudad. Así que haces el giro. Ese giro deseable, lógico, tentador… y prohibido. Te ve la Policía Local, te paran y te cae la multa. Hasta aquí, una pequeña tragedia administrativa ordinaria.

El problema empieza cuando, además de la infracción de tráfico, llevas en el coche una mochila con un catálogo de drogas que recuerda a esas cajas de galletas surtidas en las que hay dos o tres de cada clase y siempre acaban quedando las que nadie quiere. En este caso, según la Policía, había 35 botes de cocaína rosa, 40 de cocaína, 50 monodosis de ketamina, éxtasis de distintos colores, 39 monodosis de cristal, 13 de LSD, diez bombones con presunto contenido alucinógeno y cuatro botes de GHB. Al parecer, las de chocolate, como siempre, ya se habían agotado.

Parece de primero de dealer que si llevas ese mercado ilegal encima no conviene saltarse una línea continua, aunque lo tuyo sean precisamente las rayas. Pero debe de ser más común de lo que parece. Hace unos días, la Audiencia Provincial juzgó a otro hombre al que pillaron con otro surtido de drogas porque había aparcado en doble fila en Santa Eulària. Iban a ponerle una multa y acabaron encontrando ketamina, MDMA, éxtasis, cocaína, LSD, tusi y dinero en efectivo. Aparcar mal nunca había salido tan caro.

También abundan los controles de tráfico que terminan con estupefacientes, cocaína escondida, permisos inválidos y nervios mal disimulados. Y ahí está quizá la gran lección: no existe un cursillo básico de camello de barrio para aprender a manejar estas situaciones, pero se ve que tampoco las redes de narcos seleccionan a las farolas más brillantes del paseo marítimo para los trapicheos.

Al final, la Policía no siempre necesita una gran operación. A veces basta una línea continua, una doble fila o un conductor demasiado nervioso para que el negocio se venga abajo.

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