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Opinión | Tribuna

Los ibicencos molestamos al sector turístico

Un grupo de hamacas y sombrillas en una imagen de archivo

Un grupo de hamacas y sombrillas en una imagen de archivo / Carmelo Convalia

Domingo, 5 de julio. Cala Tarida. Son las 9.30 de la mañana y estamos a punto de salir desde el embarcadero para ir a bucear a s’Espartar. Mi madre se queda en la playa esperando a que instalen las hamacas. Se ha empeñado en venir a Cala Tarida conmigo, aunque le he advertido de que estaríamos más de tres horas en el mar; tres horas largas a las que hay que sumar el tiempo que tardamos con los preparativos y luego la limpieza del equipo… Da igual, me ha dicho, porque, mientras nosotros buceamos, va a quedarse tranquilamente tumbada en una hamaca, leyendo bajo un parasol. Cuando soltamos amarras, los chicos que instalan el mobiliario playero casi han acabado. En uno de los lotes de hamacas están colocando unas toallas claras del Cotton (beach club) y, en otro, unas toallas azules del Chiringuito (si no es otro beach club, podría serlo). Me parece raro que tengan tal deferencia de poner toallas, pero tampoco es cuestión de sospechar de todo. Bueno, qué demonios, sí lo es en realidad; debo hacer caso siempre a ese instinto que tengo para sospechar de todo, que la realidad obstinada siempre acaba dándome la razón. 

Y esta es mi parte de la historia. Ahora viene la de mi madre. A las 10, mientras nosotros llegamos a s’Espartar, la mujer, con su pamela XXL, se acerca a la mesa donde el hamaquero gestiona el negociete y le hace saber que quiere alquilar hamaca y parasol. Para su sorpresa, el tipo le dice que no puede ser, que las hamacas son para los clientes de los locales. No hay absolutamente nadie en las hamacas, pero el tipo tiene los santos de decirle que no puede alquilarle ninguna. Y sí, si os lo estáis preguntando, esto es ilegal; la playa no les pertenece y hablamos de concesiones públicas con una regulación clara. 

Cuando regreso a tierra, no veo a mi madre. La llamo ya desde el centro de buceo y me dice que me espera en el aparcamiento. Y es ya entonces, mientras conduce, cuando me explica lo que ha pasado. Yo habría llamado a la Policía, claro, pero ella no lo ha hecho. Se va indignada. Y, además, añade: “Qué fea es Cala Tarida. La han destrozado”. 

El martes regreso a Cala Tarida y hablo con uno de los chicos que colocan hamacas, parasoles y toallas. Me dice que sí, que sabe que se reservan para los clientes, y que pagan más, pero que él, en realidad, no sabe nada, que tengo que hablar con el hamaquero más tarde. Cuando regreso de bucear, lo encuentro. Le pregunto si habla ibicenco porque, si hay que discutir, prefiero hacerlo en mi primer idioma (sí, yo hablo catalán para molestar). El hombre me contesta: “No, por suerte”, se ríe y me dice que es broma. Yo, por mi parte, creo que es una oda a la incultura. A partir de ahí, resumiendo, la escena soy yo explicándole que han cometido una ilegalidad y él contestando “esto es una locura, esto no ha podido pasar”, intentando liarme a la italiana con el horario de alquiler de hamacas o pretendiendo que sólo se pueden alquilar a través de WhatsApp (WTF). Finalmente, llega a decirme que mi madre se equivocaría de playa, que esto no le pasó en Cala Tarida. Todo un tratado de la excusa a la desesperada. 

Cuando mi madre se lo cuenta a una amiga, esta tiene su propio catálogo de afrentas derivadas del turismo descontrolado. Relata su sorpresa al descubrir que en Cala Bassa hay que pagar para poder aparcar y que te dan una consumición para un beach club al que no quieres ir ni loca —Cala Bassa, otra playa robada—. Y cuenta que los vecinos de su zona sufren el continuo paso de grupos de quads montando follón por los caminos sin que nadie haga caso a las quejas vecinales. No hay que coartar a los turistas. 

Y es que el episodio de mi madre en Cala Tarida no es un caso aislado. Es parte de un patrón. Es una isla con un sector turístico sobredimensionado y desaprensivo, protegido por unos políticos que han dejado de trabajar para los ciudadanos (si alguna vez lo hicieron) para pasar a sostener un sistema depredador —neocapitalismo voraz— para el que los ibicencos sobramos. El sector turístico quiere arrinconar a los ibicencos para convertir Ibiza (perdón, Ibiza) en su parque temático. Bienvenidos a Ibiza Party Island. Territorio sin ley. 

Y ya va siendo hora de pararles los pies. 

Los hosteleros hablan de turismofobia, pero ¿qué término hemos de usar para ese desprecio que el sector muestra con los indígenas, los aborígenes, que supongo que son los términos que ellos usan en este colonialismo del siglo XXI?

Por supuesto, lo sucedido en Cala Tarida se ha comunicado al departamento de playas del Ayuntamiento de Sant Josep. No sé, ¿creéis que realizarán una inspección?

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