Opinión | Tribuna
Largos días de verano

Imagen de los tres cruceros atracados el martes en es Botafoc. / J.A.Riera
Alguien me dice: “Hay tantas islas como personas”. No es decir mucho, no. Lo sabemos.
El asunto es que todos tenemos que compartir vida y espacio con los demás. Entonces es cuando empieza el baile. Que si yo ball pagès, que si el otro prefiere un tango y el de más allá pide que le pongan una de reggae. Pues oiga, que se puede montar un buen follón y el verano en nuestra isla es la prueba de fuego en la que el polvorín está bien cargadito y a la menor pudiera explotar y no lo quisiéramos...
A no ser que todos fuéramos poetas o artistas (o de otra galaxia), que según el filósofo chino Xiang Biao, sería la búsqueda suprema de los seres humanos. Pues me parece bien y hasta puedo hacerme de esa doctrina, porque una es de saborear las pequeñas cosas con una curiosidad que me embarca en viajes que ni había planeado, como por ejemplo el de estar escribiendo con este calorazo.
Mientras tanto y ajenas a todos mis viajes, ahí fuera chirrían las infatigables chicharras. ¡Soy una atrevida!
Largos días de verano en que te arrastras y esperas mirando al cielo que caiga la tarde, que baje este sol que nos aplasta y nos ciega. Todo resulta un esfuerzo y una no quiere discutir con otros por conseguir esa mesita a la sombra, o para que te dejen pasar por la acera sin empujones, o simplemente que no te arrinconen contra la pared porque están sacando una foto, o... ¡déu meu, qué peñazo!
¡Ves! ¿De qué estaba yo hablando? Es que con esta calor a una se le hunde la mollera y ya no sabe si hablaba del ser poeta o del despiadado veranito isleño u... otros sabores.
Esta isla no está hecha para tanto trajín y parece ser que cada verano se intenta, logrando eso sí, que en vez de atracar tres cruceros en un día, pues que sean cuatro. (Va con sorna y con mucha rabia). Parece que nadie quiere eso, pero así va a ser y lo cansino es que cada nuevo año las intenciones parecen ser buenas, pero la isla y sus aguas bullen como en una cafetera. Por aquí todo es muy cercano, todo se ve (dicen que por eso las brujas malvadas duraban dos telediarios) y todo se oye, sobre todo ese insufrible chundachunda de grandes fiestas o del vecino de al lado. O sea, una maravilla, un paraíso de la diversión con sus ruidosos saraos.
Por eso en verano una quiere salir corriendo (pirarme), pero no por voluntad propia, sino porque me echan. No me va discutir por nada, ni gritar para que me oigan, no quiero darme codazos con los otros porque en principio no son mis enemigos, no quiero tirarme de los pelos por el atasco en la carretera, no me agrada hablar con el vecino para decirle que una fiestecilla, vale, pero que cada fin de semana... como que no. Y así con otras muchas situaciones que deberían ser tranquilitas, se convierten en una continua pelea. Vaya, que no me gusta estar defendiéndome todo el santo día y menos, atacando.
Y por si esto fuera poco, llegaron las serpientes que se jalan insaciables a nuestras inestimables lagartijas, y con esta propicia humedad y calor aparecen las miles de cucarachas, esas “paneres” de color ambarino como el de los dátiles (ya no puedo comerlos) y, lo que decía, que chirrían las chicharras y aunque ellas sean sordas (mira tú) nosotros no y anuncian sin compasión que el calor sigue subiendo y para rematar, aparece volando otra legión, esta vez de cínifes que nos acribillan aún untados hasta por el cogote con repelente antimosquitos, y no olvidemos el tufo que te asalta cuando paseas cerca de contenedores, o alcantarillas, o qué sé yo.
Hasta para soñar una necesita de unos mínimos, aunque solo sea un hilillo de viento y ya puedo imaginarme un paseíto bajo los tilos, o que algún día no muy lejano llegará el otoño. Solo un poquito de verde y me refresca el espíritu. “El verde tierno de los brotes nuevos de los chopos, el verde luminoso de la hierba mojada. El verde profundo del musgo en las sombras. El verde transparente de las hojas al trasluz...”, enumeraba Rafael Sánchez Ferlosio.
Pues todo eso. Y llevo una página escrita dejándome ir (¡en verano casi todo se disculpa!) y aún no he mencionado la noticia que leí el pasado mes y que no me gustaría pasar por alto porque ese tipo de noticias y esa calidad de personas, no las encontramos todos los días. Voy.
Se trata de Juan Carlos Nieto, funcionario del Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE) en Mérida, que ha sido expedientado por facilitar gestiones administrativas a ciudadanos de esa ciudad en su horario de trabajo.
En principio y para resumir, parece ser que el funcionario en cuestión tramitaba y facilitaba las gestiones que hay que llevar a cabo para recibir las ayudas sociales a aquellos que tuvieran derecho a recibirlas. Pues resulta que al “empleado rebelde” se le ha abierto un expediente y el caso ha llegado hasta el Defensor del Pueblo. Según leo en el artículo de prensa, el procedimiento disciplinario se ha abierto porque atendía a usuarios sin cita previa. Pero no es que no diera citas, no, era que las citas estaban programadas cada 15 minutos y muchas gestiones las resolvía antes, o simplemente atendía a algunos cuando no había nadie esperando, pudiendo ser esas personas un maestro interino, un camarero o personas “mayores” que acudían para preguntar cómo realizar trámites varios que ellos solos no eran capaces de llevar a buen puerto. Explica el mencionado Juan Carlos Nieto que es una situación surrealista y que no es capaz de dar la espalda a los ciudadanos que hasta allí han llegado y que él está ahí para trabajar y para eso le pagan, y recuerda que somos todos los que le pagamos con nuestros impuestos.
Una sigue sin entender nada y si es como se relata en dicho artículo de prensa, realmente este es un mundo del revés ya que en vez de agradecer la buena disposición y flexibilidad del funcionario, van y le expedientan. Luego todos decimos que los funcionarios son unos gandules y bla, bla, bla... Pues miren, aquí está el caso de un señor que está por la labor de trabajar y resolver, pero si te apartas unos milímetros (en este caso unos minutos) de un guion obtuso y que en la práctica parece ser poco productivo, pues te sancionan. Y oiga, que me da igual la “letra pequeña” y es más, no pienso leerla y me quedo con ganas de localizar al mencionado funcionario y darle un abrazo y le propondría para colocarle una banda de honor (de esas que van de medio lado) aunque le hayan acusado de rebeldía. Pues digo yo, que viva la rebeldía y el buen hacer de muchos que con discreción y calladitos, cada día nos hacen la vida un poco más llevadera y es a todos estos a los que deberíamos aplaudir, o como mínimo agradecerles su buen hacer. O sea, que gracias Sr. Juan Carlos Nieto.
Por fin llega el atardecer y ya puedo salir a pasear. Entra por mi ventana una ligera brisita que me permite soñar en ese paseo bajo los tilos... pero el histérico zumbido de uno de esos cínifes rompe el hechizo y me recuerda que aún no salga de mi refugio.
Verde que te quiero verde, ay sí sí, que yo te quiero verde.
Largos son los días de verano. Sí.
Dedicado a nuestro querido Francisco Ríos Dávila.
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