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Opinión | Tribuna

Ganar, como sea, el partido

Cada día que pasa cuesta más acostumbrarse a las tropelías que nos ofrece el mundo en general y, en concreto, el presidente Trump. O quizá sea lo contrario: estamos tan acostumbrados al tono grotesco de las declaraciones, al uso tergiversador de la verdad, que simplemente nos limitamos a dejar constancia de todo eso, envueltos por la broma, indignados por la estupefacción ante unos hechos que ni podíamos imaginar. Son tantas, las barrabasadas, que no sabemos a ciencia cierta dónde colocar la línea roja, la bandera que señala la frontera de lo intolerable. Barrabasada, según el diccionario, es disparate grande o acción insensata. El disparate es evidente en según qué casos, casi todos, pero la insensatez, es decir, la carencia de sentido, quizás no lo sea tanto: más bien se trata de una cuidada selección de posibilidades que convierten la facecia en un cálculo programado y beneficioso para quien la practica. En un informe demócrata al Congreso, a raíz de los fastos de los 250 aniversario de la Declaración de Independencia de Estados Unidos y de los negocios oscuros y tramposos que han enriquecido aún más al dirigente, se describe el viaje de Trump como un proceso que va de «la vanidad a la locura». Sin embargo, sigo dudando de que el trayecto desemboque en una pérdida de la razón, aunque, visto desde fuera, podría parecerlo. Todo tiene un sentido, incluso tonterías tan descomunales como pretender que Estados Unidos es la cima de la civilización planetaria, aquí y ahora, y siempre y en todas partes o, como dice él mismo, “la culminación de la historia de la Humanidad”, una especie de revisión actualizada de ese famoso “fin de la historia” de Francis Fukuyama. O como advertir que el enemigo más peligroso de «la nación más excepcional que nunca ha existido» es el comunismo, ejemplo máximo de «la tiranía y la búsqueda del Mal».

¿Es locura? ¿O se trata más bien de lo que Franco Vanni, en ‘La Repubblica’, ha titulado como “Trump a gamba tesa”, en referencia a la injerencia inaudita de Trump en las reglas sancionadoras de la FIFA?

De hecho, como ocurre a menudo en este festival de tropelías, todo empieza con una broma. Trump no conoce el reglamento (es decir, la norma que permite la convivencia) y se ríe. ¿Por qué debería sancionarse a un jugador que ha cometido una falta con la prohibición de jugar un partido en el futuro? Esta es la base del derecho: si cometemos un acto contrario a la ley, se nos castiga con una obligación que va en contra de nuestra voluntad. El asesino no quiere un futuro en prisión, pero es el juez quien decide ese futuro. Salvando las distancias, con la tarjeta roja a Balogun, el delantero indultado de los estadounidenses, ocurre lo mismo.

Pero Trump, como dice Vanni, va con los tacos por delante (la “gamba tesa”), porque pese a la violencia ejercida sabe que no habrá castigo. Llama a Infantino y lo soluciona. Y la guinda del pastel: “Si Balogun no hubiera podido jugar, habría pasado como en las elecciones de 2020, que fueron trucadas”. No es vanidad ni locura. Es cálculo, es estrategia, es querer ganar el partido a toda costa.

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