Opinión | Para empezar
Xuxa, Bad Bunny y el mismo verano

Bud Bunny / EFE
Hay lugares que no salen en las guías de viaje porque no necesitan venderse. Basta con cerrar los ojos para volver a ellos. Para mí, ese lugar siempre será la casa de campo de mi abuela.
Acabo de regresar de pasar allí una semana con mi hijo y me he dado cuenta de que hay veranos que se quedan pegados en la piel, en el olor a tierra mojada y en ese polvo que uno juraría haber sacudido de los tenis hace veinte años.
De pequeña no necesitábamos parques temáticos. Nos bastaban una manguera y un poco de barro para convertir una mañana cualquiera en la mejor aventura del mundo. Mis primas, mis hermanas y yo podíamos pasarnos horas inventando coreografías. Entonces sonaba Xuxa y nos parecía lo más guay. Ahora veo a mi hijo mover los pies al ritmo de Bad Bunny y comprendo que las generaciones cambian, pero el entusiasmo sigue teniendo exactamente el mismo compás.
También estaban las historias de miedo, esas que solo daban auténtico terror cuando caía la noche y alguien apagaba la linterna «solo un momento». Después salíamos corriendo como si de verdad hubiera algo persiguiéndonos.
Lo mejor era que el reloj no existía. Las horas transcurrían en la calle, jugando a cualquier cosa. Una pelota, una bicicleta demasiado grande, una piedra que de pronto se convertía en un tesoro. No hacían falta pantallas para llenar un verano de recuerdos.
Esta semana he visto a mi hijo repetir, sin saberlo, muchos de aquellos rituales. Corre detrás de sus primos, juega con los abuelos, acaba lleno de polvo, de agua y de felicidad. Se ríe con esa intensidad que solo tienen los niños cuando todavía creen que el verano puede durar para siempre.
Es un lujo volver al pueblo y más aún comprobar que sigue siendo capaz de regalar la misma infancia, solo que con distinta banda sonora.
Cuando llegó el momento de hacer las maletas, hubo una protesta unánime. La de mi hijo fue un rotundo «yo no me quiero ir». La mía, aunque mucho más discreta, decía exactamente lo mismo.
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