Opinión | Desde la Mola
Un mundo con trampa
Nadie se ha rebelado contra la anormalidad de Trump

Trump ensalza la grandeza de EEUU en su 250 aniversario: "Nadie puede ser como nosotros" / DI
Al chupinazo del lunes le siguen los encierros de martes y miércoles en la Pamplona de San Fermín. Un año más consagra esa normalidad que marca la canción sanferminera, «siete de julio…» ya lo saben. Desde la Mola, dicen los de ‘abajo’, se ven las cosas con los matices de dos grados menos de temperatura en plena ola de calor. Seguramente tienen razón. Esos 190 metros, aprox, de altura entre allá por Es Caló de Sant Agustí y el faro de la Mola pueden marcar los comportamientos frente a los aconteceres de la temporada.
Lejos del ruido cotidiano de las zonas turísticas, que ni siquiera lo altera el mercadillo ‘artesanal’, antaño hippie por aquello del marketing de la nostalgia. Todos sabemos, especialmente los residentes, que el coste anímico de subir a la ‘montaña’ es tan alto que algunos ‘baixeros’ tardan meses en llegar a estas tierras del altiplano. Es más, la normalidad está tan entroncada en el carácter de la Mola, que es fácil en plena canícula con 33 grados a la sombra, a eso de las nueve ver a Fran (pintor de cámara) y algún ‘compi’ artesano dejar su puesto en el mercadillo para combatir el calor con una copa de vino tinto en la tienda de Uli.
Luego del ruido y los trasiegos comerciales (tan necesarios para un invierno normal) la paz regresa a la Mola y a las once y pico. Si no hay Mundial, todo vuelve a ese silencio que se agradece. Con la contaminación lumínica a niveles imperceptibles, la luz del faro intermitente en su paso por nuestras ventanas y algo de luna menguante después de la llena de la semana pasada la sensación de tranquilidad se convierte en normal pese a la época. Hasta aquí un cuento de hadas, por favor no lo pregonen a los cuatro vientos, no se le ocurra venir a Trump con un resort modelo Gaza 2050 y la vayamos a liar. Su narcisismo incansable llega hasta tal punto que es capaz de alterar las bases de la convivencia en el fútbol. Si ya de por si en este ‘mundial’ los árbitros son malos de solemnidad. Llega Trump y ‘ordena’ perdonar la sanción prevista al jugador más destacado de USA.
A la voz de ¿quién paga la fiesta? Infantino, presidente de la FIFA, rinde pleitesía al mago de la anormalidad y adultera (lo adulterado ya) con la triste complicidad de los ‘paniaguados’ de este mundo cruel donde prevalecen los intereses más bajos. Nadie se ha rebelado contra la anormalidad de Trump para devolvernos a la normalidad.
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