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Opinión

La tradición, la pasta boloñesa y la vida amable

En el ámbito profesional también conviven dos realidades: la de quienes hacen su trabajo con sentido del humor y haciendo la vida más amable y la de los que transmiten amargura

Al igual que miles de mallorquines, he estado en Menorca celebrando Sant Joan. En Mallorca conviven dos realidades: la de los que pagan 10 € por desayunar un matcha latte en una cafetería decorada al estilo sueco y la de los que abonamos 2,50 €, en el bareto del barrio, por un café con leche raso y en vaso de cristal. En las fiestas de Sant Joan también cohabitan dos realidades: la de quienes conocen, disfrutan, se enorgullecen de su tradición y la viven desde una perspectiva cultural y la de los que deciden irse de botellón durante tres días. Yo he tenido la suerte de haber pertenecido al primer grupo. Un lujo.

Me gusta que sea una fiesta intergeneracional. Que los abuelos salgan con sus nietos a celebrar y que las casas se abran a familias y a amigos de amigos es riqueza cultural y emocional. Admiro la formalidad que rodea a todo el festejo. Puede que sea un signo de madurez, pero hay elegancia y belleza en respetar las formas y el legado. Aferrarse a los usos y costumbres es, en cierto modo, una forma de proteger y de asegurar el futuro. Disfruto viendo a los caixers desfilando por orden de edad y me enorgullece que hayan sido los más maduros los que mostraron mayor destreza y seguridad con los caballos. Es una forma de reivindicar que la experiencia es un grado. Me gusta que vistan con traje, camisa y botas y que se quiten la guindola como muestra de consideración. Ese gesto es, posiblemente, lo más sexi que he visto en los últimos tres meses. Por un momento, me sentí Elizabeth Bennet en Orgullo y prejuicio. No encontré a mi Sr. Darcy, pero gracias, Ciutadella, por acogerme. Puede que os sintieseis invadidos y que os diese rabia ver que algunos creían estar en un tardeo ininterrumpido. Os entiendo. De hecho, no creo que haya nadie en esta comunidad que no conozca esa sensación.

Por obra y gracia del piloto con quien volé, mi vuelta en avión fue de lo mejor de la escapada. Tuve la fortuna de que me tocara un profesional conocido por su sentido del humor y conexión con los pasajeros. Mientras bromeaba sobre el consumo de ginet y contaba anécdotas de su madre, el pasaje se relajaba. Y es que en el ámbito profesional también conviven dos realidades: la de quienes hacen su trabajo con sentido del humor y haciendo la vida más amable y la de los que transmiten amargura y se sitúan por encima del bien y del mal. Hace años, viajé con una amiga con fobia a volar. Como deseábamos complicidad y cariño, nos sinceramos con la tripulación. Vaya par de ilusas. El resultado fue que, nada más despegar, una azafata nos sometió a un tercer grado sobre las salidas de emergencia. Estábamos tan nerviosas que nos quedamos en blanco. «Sois un peligro para la aviación. Las clásicas que, en caso de accidente, provocáis muertes», nos gritó. Lloramos. En el polo opuesto está mi piloto preferido. Cuando faltaban minutos para aterrizar nos advirtió de que el avión se movería. «Puede que bastante», dijo. «Mejor si no coméis espaguetis boloñesa», vaciló. «No tengáis miedo. Todo va bien». Y aterrizamos con las turbulencias más amables que he vivido.

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