Opinión
Inmigración de guante blanco

Regularización de migrantes en el edificio Cetis de Ibiza. / Vicent Marí / DIB
El pasado domingo, Diario de Ibiza publicaba una entrevista con la presidenta del Govern balear, Marga Prohens, donde sostenía algunas conclusiones evidentes y con las que, viendo la situación de colapso que vivimos en las Pitiusas, resulta imposible no estar de acuerdo. Afirmaba la dirigente mallorquina que, frente a una España vaciada, Balears representa la España desbordada, y que el crecimiento poblacional que registra Balears, Ibiza y Formentera incluidas, es inasumible.
Sin embargo, Prohens, como buena parte de quienes practican un discurso relacionado con la inmigración estos días, achacaba la sobrepoblación que sufrimos única y exclusivamente a los inmigrantes que vienen a trabajar, quienes, según decía, incrementan gravemente la presión sobre servicios públicos tan esenciales como la educación, la sanidad, la seguridad o el transporte. El mensaje de la presidenta, en definitiva, equiparaba inmigración con gente pobre, e incluso hablaba del efecto llamado por la regularización que ha realizado el ejecutivo central, como si no hubiese ya un exceso de población disparatado mucho antes de que se anunciara semejante proceso.
Muy al contrario, la máxima dirigente balear no hizo una sola alusión a los inmigrantes de guante blanco, que son lo que representan toda esta horda de europeos, tanto adinerados como de clase media, que compran no solo villas de lujo, sino también pisos de tamaño medio destinados a las familias trabajadoras, que sí deberían de ser para los residentes y en realidad son acaparados a miles por estos foráneos, que, por cierto, también acuden a la sanidad, utilizan el transporte público, llevan a los niños al colegio y contribuyen a saturar el resto de servicios públicos.
Dichos privilegiados no solo han contribuido sustancialmente a hinchar la burbuja inmobiliaria que sufre el archipiélago, con unos precios desproporcionados en relación a los salarios, sino que se dedican a disfrutar de estos inmuebles como primera o segunda residencia, aunque muchos de ellos también hacen negocio alquilándoselas a conocidos y allegados para que pasen aquí las vacaciones. Todos conocemos a extranjeros que llevan muchos años viniendo de vacaciones, alojándose en una casa alquilada a un compatriota.
Este fenómeno de la inmigración de guante blanco ha crecido exponencialmente en los últimos años. Si se hiciese un estudio riguroso sobre quiénes adquieren propiedades residenciales en las islas y qué uso les dan, muy probable Prohens descubriría que ha errado el tiro, o al menos no lo ha diversificado suficientemente.
Añade que «somos unas islas pequeñas, con una lengua y una identidad propias, y estamos viendo cómo se desdibuja la fisonomía de nuestros pueblos y barrios». Como si los inmigrantes que vienen en busca de trabajo fueran los causantes de esta pérdida de identidad. ¿Acaso la presidenta no ha vivido en su propia tierra cómo determinados pueblos y urbanizaciones, desde hace ya muchos años, han sido colonizados por completo por ciudadanos teutones y británicos, arrinconando y despreciando sistemáticamente la tradición local? Lugares donde no te puedes comunicar ni en catalán ni en castellano.
Y siguiendo con la cuestión de la pérdida de identidad, ¿no tendrá algo que ver en el fenómeno el hecho de que estos mismos europeos, venidos del norte y no del sur, son los que se están haciendo con buena parte de los negocios tradicionales, reconvirtiéndolos en establecimientos globalizados, completamente alejados de nuestra gastronomía y nuestra cultura? Respecto a este cambio de modelo, terrible para la supervivencia de la idiosincrasia de un pueblo, todo el mundo calla.
Y puestos a hablar de efecto llamada, ¿no cree la presidenta que generan el mismo efecto o incluso lo multiplican los constantes llamamientos de la clase empresarial a la necesidad de trabajadores? Incluso se podría aludir a que su plan de construcción de miles de viviendas públicas para residentes también generará efecto llamada, ya que, aunque dichos inmuebles sean para la población local, los pisos que quedarán vacíos cuando pasen a los nuevos inmuebles podrán ser ocupados también por estos trabajadores venidos de fuera.
Pero, sin género de duda, lo que produce más efecto llamada son las aperturas de nuevos negocios que han tenido lugar todos estos años: macrodiscotecas, beach clubs, hoteles ampliados, comercios, restaurantes, chárter náutico, etcétera. Todos estos establecimientos, en unas islas ya completamente saturadas, que requieren de un contingente extraordinario de recursos humanos, sí generan una oferta de empleo enorme, que atrae a trabajadores de todas partes. Y no sólo a fuerza laboral, sino también a inversores que planean seguir abriendo más negocios en unos destinos turísticos que no solo no deberían incrementarse, sino iniciar un proceso de decrecimiento que instaure algo de equilibrio.
En Ibiza y Formentera, como en el resto del archipiélago balear, sobra gente, pero de todas clases: los que vienen a trabajar, los que buscan hacer negocio, los que persiguen especular con la vivienda, los fondos buitre, etcétera. Y lo peor de todo es que, a este paso, también acabaremos sobrando los ibicencos, incluso antes que los otros.
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