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Opinión

Alguien ha dimitido

Hay decisiones heroicas que cambian el curso de la historia y luego está la de dimitir. En la política nacional, este gesto ha adquirido un rango de excepcionalidad equiparable al de las especies protegidas. No porque sea especialmente difícil de ejecutar —basta con presentar una renuncia—, sino porque exige una virtud hoy casi extinguida, que es admitir que la permanencia de uno en un cargo puede perjudicar a la institución que representa.

Con la cúpula de la SEPI imputada por corrupción y el Gobierno haciendo la vista gorda, una de sus directoras ha optado por apartarse para no añadir más desgaste a la imagen de la empresa pública. Un caso entre mil. Desconocemos si será culpable o inocente; de hecho y en su circunstancia parece ser lo de menos. Lo sobrenatural es que haya entendido que el prestigio de la institución está por encima del apego al cargo. Naturalmente, dimitiendo ha dejado en evidencia a su jefa, la presidenta, y al resto, que siguen disimulando.

La dimisión se ha convertido en un acto tan insólito que casi invita a organizar una colecta para erigirle un monumento a esta señora, Teresa Castillo, que merece ser citada por su nombre. Quizá una estatua de bronce frente a la sede de cualquier ministerio, con una placa que recuerde a la persona que descubrió que aquel sillón no era de propiedad privada. No es que no hayan dimitido otros antes, es que ha pasado tanto tiempo entre renuncia y renuncia que apenas soy capaz de acordarme de ellos. Una dimisión no debería ser un drama shakesperiano ni un problema, el problema es todas las dimisiones que nunca llegan. Se ha normalizado que un político se aferre al puesto mientras culpa a los jueces, a la oposición, a los medios, al fango, a una herencia, a una conspiración internacional o a un primo lejano.

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