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Opinión

¿Dónde estáis ahora? (On sou ara?)

El alquiler no para de encarecerse en Ibiza

El alquiler no para de encarecerse en Ibiza / Vicent Marí

Hubo un tiempo en el que Eivissa destacaba por una sociedad civil con una fuerza arrolladora, capaz de paralizar proyectos y marcar el paso a las instituciones. Plataformas de gran calado como No Volem Autopistes, Eivissa pel Canvi, Gent per Eivissa, GEN-GOB Eivissa, Amics de la Terra o Salvem ses Feixes acaparaban titulares, organizaban manifestaciones masivas y marcaban la agenda del debate social. A este listado histórico se sumaría años después la fuerza de «PROU!», un movimiento impulsado por gente joven con un empuje tremendo que, a diferencia de otros colectivos, jamás aspiró a un puesto público. Con su hoy olvidado pero combativo eslogan «Eivissa no es ven, Prou!», esta juventud plantó cara a los beach clubs de élite para reivindicar el uso público de las playas frente a la privatización del espacio común. Con una capacidad asombrosa para movilizar a toda Eivissa, convencieron a la ciudadanía de que la presión en la calle era la única defensa para el futuro de la isla. Su éxito e influencia fueron tales que terminaron dando el salto a la política institucional, desalojando al Partido Popular de varios ayuntamientos mediante coaliciones y bloques de progreso que canalizaron el descontento de las plazas hacia las urnas.

Sin embargo, el paso del tiempo obliga a hacer un balance riguroso sobre aquella transición de la pancarta al despacho. Es inevitable plantearse si aquella movilización comunitaria acabó sirviendo de trampolín para que determinados nombres propios cambiaran el megáfono por el coche oficial y el sueldo público, abriendo las puertas de la administración a perfiles de lo más variopintos -permitiendo incluso que se llegara a contar con un concejal DJ en el organigrama- o sirviendo de proyección para carreras políticas que llevaron a alguno de ellos, con los años, hasta la vicepresidencia del Parlament de Catalunya.

Aquella época merecía o no una respuesta contundente, pero lo cierto es que los problemas de fondo que denunciaban -la fragilidad del territorio, el acceso a la vivienda y la pérdida de calidad de vida de los residentes- eran completamente reales. El tiempo les ha dado la razón y su diagnóstico ha terminado por confirmarse de la peor manera posible.

Lo que resulta incomprensible, y profundamente hiriente, es el contraste con la situación actual. Hoy Eivissa atraviesa una crisis habitacional salvaje que expulsa a los locales, precios de alquiler imposibles, trabajadores viviendo en condiciones precarias y un colapso evidente de las infraestructuras. Si la isla de hace quince años requería movilización, la situación actual lo merece con muchísima más urgencia. Y, sin embargo, frente a este escenario de asfixia social, el silencio es ensordecedor. ¿Dónde se encuentra ahora esa respuesta?

Por supuesto que existen colectivos vecinales y ecologistas que crean iniciativas y crean sinergias en distintos ámbitos, pero la movilización masiva en las calles ha desaparecido. La crítica pública parece haber quedado delegada en exclusiva en el juego partidista de la oposición institucional. La intensidad del debate social se apagó en el momento en que las plataformas ciudadanas trasladaron la lucha a la gestión de los despachos. Una vez conseguidas las alcaldías, las concejalías y las nóminas públicas, el verdadero impulso transformador pasó a un segundo plano, y la calle se vació justo cuando quienes la lideraban encontraron acomodo en las instituciones.

Mientras tanto, la ciudadanía asiste anestesiada a una emergencia territorial de primer orden, huérfana de una respuesta colectiva organizada. Da la impresión de que el desencanto y la apatía tras ver cómo los antiguos liderazgos se canjeaban por cargos han terminado por desactivar a la sociedad civil.

La idea de una Eivissa habitable no es un eslogan nostálgico, sino una necesidad de supervivencia. Por eso, más allá de siglas y de discursos bienintencionados, la pregunta actual adquiere un tinte de urgencia absoluta:

¿Dónde estáis ahora? (On sou ara?) ¿Dónde estáis aquellos valientes? ¿Dónde quedó el empuje de aquellos jóvenes y su grito de «¡Prou!»? No es un reproche gratuito, sino la simple constatación de una realidad incómoda: que ahora, cuando la situación es más crítica que nunca y la isla más lo necesita, aquellos líderes de la indignación sencillamente guardan silencio, dejando la calle completamente vacía para los que siempre han dicho –y siguen diciendo- indigna y vergonzosamente que «la calle es suya».

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