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Opinión

Julio, sandías e higos

Ahora el payés es empresario, dueño de una tienda o taxista

Cosecha de sandías en es Pla Roig de Sant Miquel.

Cosecha de sandías en es Pla Roig de Sant Miquel. / Antonio Planells / DIB

Se acabarán los julios que en la primera quincena nos ofrecían primaverales entradas en pleno estiaje, ingrávidos amaneceres, crepúsculos apacibles y líricos, días en los que era una delicia navegar en un mal encalmado de rutilantes azules. ¡Se acabó! Lo que tenemos ahora es un horno en el que nos cocemos con temperaturas de verdadero sofoco. El único consuelo para el payés es que ya no tiene que rastrillar con los mulos y el carretó de batre, ni aventar con las horcas en las eras, ni cribar en los cedazos el grano que se ensacaba para llevarlo a los molinos. Ahora el payés es empresario, dueño de una tienda o taxista. Y tiene a tope el aire acondicionado. No hay mal que por bien no venga. No sé si alguien recoge todavía ciruelas, manzanas, judías, tomates, espinacas y berenjenas. Lo que sí tenemos todavía son melones y sandías homéricas rayadas, azules y blancas, monumentales, que crujen al hincarles el cuchillo y abrirlas.

Y lo que también tenemos son unos higos jugosos, dulces, incomparables. “Això es mel”, dice un amigo. Ses figues flors que están en sazón y que antes –ahora no sé- recogían prematinales, antes de que levantara el día, cuidadosamente, las mujeres en pequeños cestos. Y luego están ses figues negres, carnosas, grandes y extraordinariamente melosas; y por San Martiriano, Santa Monengunda, Santa Primitiva y San Pantaleón, ses rojals, menudas pero igualmente ambrosianas. Los romanos, tiempo ha, ya se hicieron lenguas de la bondad de las tierras pitiusas para las higueras, sin parangón en el Mediterráneo, no sólo por la exquisitez de sus frutos que reclamaban con avidez desde la misma Roma, sino por su prodigalidad y desmesura que, desde antiguo, obligaba a los payeses a secarlos al sol, abiertos en dos mitades sobre cañizos y espolvoreados con la flor del tomillo para conseguir los higos secos, las fabulosas xereques. El milagro que el sol conseguía en sólo unos días no puede explicarse a quien no haya comido los seculares higos secos con almendras o con pan y queso. Los payeses las conservaban durante mucho tiempo en alfabies entre capas de aromática frígola, funoll y fulles de garrover.

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