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Opinión | Para empezar

Degradar, humillar, despreciar, deshumanizar

Pleno del Ayuntamiento de Ibiza

Pleno del Ayuntamiento de Ibiza / Marcelo Sastre

No tengo muy claro si es porque quedan sólo 11 meses para las elecciones locales, que se celebrarán en mayo de 2027, o porque son así, porque siempre han sido así y no tienen remedio. El caso es que los plenos municipales, como el del pasado jueves en Vila, van camino de convertirse, conforme se acerque esa fecha, en peleas callejeras a cara de perro, a escupitajo limpio, a mordiscos. Dialéctica, la mínima, porque, de haberla, esas batallas serían argumentativas y los contendientes se batirían con la lógica, no a arañazos. Los debates municipales son (e irán a más) lo más parecido a las artes marciales mixtas, donde valen casi todos los golpes bajos y mamporros, y el ring y los propios luchadores acaban empapados de sangre. Lo más esencial, el respeto mutuo, se ha perdido. Llamar deshonesto a un alcalde, por las buenas, sin que medie una sentencia ni imputación, no debería salir gratis. Tampoco, colar en el debate que hay un mentiroso en la bancada de enfrente, sin especificar ni aclarar quién ni por qué se acusa de esa manera. Ni es de recibo que desde la oposición (en un discurso propio de una reina destronada, ese síndrome que padecen todos los políticos que alguna vez gobernaron y que añoran el trono perdido) se desprecie a una edil y se la trate como si fuera una inútil por dar un giro a la política educativa infantil. El objetivo es degradar, deshumanizar, humillar, despreciar al contrario, siempre desde la cátedra y, se supone, con el propósito de mantener prietas las filas entre los fieles, no sea que ni estos los voten. En ocasiones, el enfrentamiento llega a ser ridículo, como cuando PP y PSOE presentaron mociones ligeramente distintas con motivo del día del Orgullo pero, a la hora de votarlas, se apoyaron mutuamente. Flaco favor hacen a este colectivo con ese absurdo pulso, cuando deberían ir de la mano, igual que contra la violencia machista. No es de extrañar que, ante tanta bajeza y simpleza, el salón de plenos siga semivacío o sólo asistan a la sesión mensual los interesados en una causa concreta. La razón es sencilla: esas discusiones rastreras no interesan a nadie y dan vergüenza ajena.

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