Opinión
De silencios y virajes políticos

Detalle de una avión en la plataforma del aeropuerto de Ibiza. / Toni Escobar
La riqueza léxica del ibicenco incluye un refrán que define con precisión aquellos proyectos que se inician con excesivo ímpetu y acaban por no llegar a ninguna parte: ‘arrencada de cavall i parada d’ase’, que vendría a significar ‘arranque de caballo y parada de asno’. Este dicho popular, que como tantas expresiones ibicencas está en desuso, es aplicable a todo tipo de circunstancias. También a las críticas gruesas que se vierten como primera reacción ante determinado anuncio y a las que, a menudo, no siguen la insistencia, la perseverancia, ni la contundencia que cabría esperar.
Me viene a la memoria, por ejemplo, una afilada crónica de José Miguel L. Romero sobre el pleno de debate de política general, celebrado en el Consell Insular de Ibiza en julio del año pasado. En ella recogía unas palabras del vicepresidente, Mariano Juan, en las que afirmaba, literalmente, que «esta isla no puede soportar más población, ni de temporeros ni fija», apostillando después que «el reto está en ajustar nuestra actividad económica y laboral a nuestra capacidad como isla».
A raíz de estas declaraciones y algunas más realizadas por otros políticos de distinto signo, recuerdo cavilar que por fin algo estaba cambiando y que, desde la política, incluso en su vertiente conservadora, por fin se adoptaba el mantra de que Ibiza no podía seguir creciendo y que las estrategias de futuro se deberían centrar en evitarlo. Y es lógico que llegaran a dicha conclusión, pues me atrevería a decir que es algo en lo que está de acuerdo una inmensa mayoría de ibicencos, con independencia de su pensamiento político.
Ahora, sin embargo, nos encontramos con que todos los municipios de la isla, excepto Sant Joan, que por escasez de población no alcanza los mínimos exigidos, han aprobado edificar en suelo rústico, lo que volverá a sembrar la isla de grúas –como si ya tuviésemos pocas–, utilizando como coartada la crisis de la vivienda. Según nuestros políticos, la solución a la escasez de inmuebles para los residentes es construir miles y miles de pisos de precio tasado, en una isla ya completamente saturada, como ellos mismos reconocen. Una solución que parece evidente que se traducirá en más población, que a su vez seguirá demandando más casas.
La solución adoptada, bajo mi punto de vista, es la más dañina para la isla, ya que no tiene en cuenta factores como la escasez de agua, la saturación de las redes sanitarias que provocan vertidos constantes y, por supuesto, la degradación de los paisajes, ya muy castigados por las fiebres constructivas anteriores, entre otros.
En Ibiza, cuando hay atascos doblamos los carriles de las carreteras y construimos más aparcamientos, en lugar de limitar la movilidad, como se hace en otras islas del archipiélago. Y ahora, con la vivienda, ocurre igual. En vez de apostar por incentivar el descenso de la población, como podría deducirse de las palabras del vicepresidente de hace un año, se hace justamente lo contrario. Existen otras vías para favorecer el mercado de la vivienda para el residente, sin necesidad de inyectar más hormigón a la isla. Se puede comenzar por incentivar en serio que se pongan en el mercado las que permanecen vacías, topar los precios y destinar muchos más recursos a la desaparición de la oferta ilegal (que se reduzcan los anuncios en las plataformas de alquiler turístico no significa que esas casas hayan desaparecido del mercado, ya que muchas de ellas funcionan con clientes repetidores y el boca a boca). Así que, volviendo al refranero, se habla mucho de sostenibilidad y decrecimiento, pero a las primeras de cambio se vuelve a tirar por la calle de en medio, reproduciéndose los mismos errores del pasado.
Otro ejemplo de arranque de caballo y parada de asno es la nula reacción de todo el espectro político ante el anuncio realizado la semana pasada por Aena, que ha licitado por 16 millones de euros la gestión y planificación del proyecto de ampliación de la terminal ibicenca, en la que se pretenden erigir más edificios, casi doblar las puertas de embarque, crear nuevos comercios, una gran sala VIP, etcétera.
Cuando saltó la noticia, todas las fuerzas políticas de la isla, algunas con más celeridad y reflejos que otras, corrieron a criticar –con razón– un proyecto tan disparatado e innecesario, para un aeropuerto que ya recibe demasiados pasajeros al año. Sin embargo, cuando se ha dado un paso esencial para que esta obra se convierta en realidad, nadie ha vuelto a abrir la boca. Paradójicamente, en la última semana solo ha actuado en Madrid Més per Mallorca, que ha presentado una iniciativa para paralizar dicha ampliación.
Ya sabíamos que las demandas de la población y los partidos insulares a Aena le entran por un oído y le salen por el otro, pero qué triste escuchar tanto estruendo al principio y tanto silencio después. Así nos va a los ibicencos.
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