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Opinión

La Moncloa no concede inmunidad

El proceso judicial de la mujer del presidente del Gobierno hace ver que los familiares de los políticos deben estar sometidos a controles exhaustivos

Queda claro que Begoña Gómez hubiera obtenido una cátedra de la Universidad Complutense y demás gabelas aunque no hubiera sido la esposa de Pedro Sánchez. Una vez establecida por decreto su inocencia universal y existencial, se ahonda en la barbarie de la retirada de su pasaporte, una vicisitud menos traumática para los 30 millones de españoles que no viajan al extranjero en un año determinado. Y aquí empiezan los problemas, porque quienes aseguran que el comportamiento del juez Peinado es intolerable por tratarse de la esposa del presidente del Gobierno no solo conceden una extraña inmunidad a la Moncloa. Aspiran además a que el escándalo sea corregido de inmediato y en domingo por tratarse de la esposa del presidente, en ningún caso más.

Los indicios históricos apuntan a que el poder se halla sobradamente protegido, pero los paladines de la esposa de Sánchez actúan bajo la presunción de que Peinado solo ha sido arbitrario en el caso que afecta a la Moncloa. No se ha pedido una revisión exhaustiva de las decisiones de dicho magistrado, que deben seguir parámetros similares, ni mucho menos una devolución de los pasaportes ahora mismo retirados por exceso de celo a ciudadanos corrientes. Solo puede haber injusticia si la víctima habita en el poder.

La condena al fiscal general por defender a su institución provoca carcajadas teñidas de escalofríos, los enchufes al entorno de Sánchez han sido la norma en el bipartidismo español. Sin embargo, la exención casi virginal a los familiares de los poderosos incumple la normativa básica de la lucha contra la corrupción. Se denomina PEP, o Personas Expuestas Políticamente, a los gobernantes a quienes conviene vigilar con celo singular sus movimientos monetarios o inmobiliarios. Y los familiares cercanos del PEP están sometidos al escrutinio añadido, según la propia reglamentación internacional. Duele decirlo, pero los poderosos y sus allegados se corrompen más que el resto de los mortales, porque a un hijo de vecino nadie le regala un millón y medio en joyas.

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