Opinión
Trump-Netanyahu: ¿ruptura o solo bronca a la vista?
Hacen gala de su profunda amistad y de los sólidos vínculos que unen a sus países. Comparten una visión iluminada sobre su propia condición de salvadores, uno para revertir el declive estadounidense y el otro para hacer de Israel una superpotencia. También comparten un abierto desprecio por el derecho internacional y una pésima imagen judicial; el primero señalado como convicto por impulsar el asalto al Congreso en enero de 2021 y el segundo, con una orden de detención emitida por la Corte Penal Internacional, mientras el Tribunal Supremo israelí lo juzga por tres delitos graves. Y son, asimismo, corresponsables del absoluto fracaso cosechado contra Irán, sin haber logrado ni uno solo de sus objetivos.
Son muchos, por tanto, los factores que cimentan su interesada colaboración. Pero ahora mismo, tras la firma del pacto entre Washington y Teherán, asistimos a un desencuentro que algunos entienden que puede terminar en la ruptura del vínculo que desde hace más de medio siglo explica que EEUU, sea republicano o demócrata el inquilino de la Casa Blanca, está dispuesto a respaldar diplomática, económica y militarmente a Israel en cualquier circunstancia.
Trump está desesperado por salir cuanto antes del atolladero iraní. Necesita frenar la sangría que el desastre de esa guerra está provocando en su movimiento MAGA y pasar página antes de que su impacto en los bolsillos de los votantes que se acerquen a las urnas en las elecciones de noviembre próximo le propinen un castigo que limite el resto de su presidencia. Para ello, dado que Irán ha logrado no solo resistir la embestida, sino imponer condiciones para poner en marcha un proceso de negociaciones para alcanzar un acuerdo- especialmente, que Israel se retire de Líbano-, Trump necesita que Netanyahu renuncie a sus planes.
Unos planes que se resumen en eliminar a todos los enemigos de Tel Aviv (Irán, sobre todo), en redibujar el mapa de Oriente Próximo reservando todo el territorio entre el río Jordán y el Mediterráneo para los israelíes y en reocupar el territorio de sus vecinos que considere necesario para su propia seguridad (Siria y Líbano, especialmente). Netanyahu tiene prisa por terminar esas tareas y teme que Trump le impida seguir adelante para contentar a Teherán. Si se somete a Washington pone en peligro su situación personal, porque inmediatamente va a ser acusado de débil por sus rivales en las próximas elecciones legislativas, perdiendo su principal baza para renovar su cargo. Pero si no lo hace corre el peligro de que Trump termine por decidirse a replantear una relación que sigue siendo vital para Israel, por mucho que pretenda considerarse omnipotente.
Queda por ver si pesarán más las emociones y la soberbia de ambos o los cálculos geopolíticos. En el segundo caso, bastaría con que Netanyahu modere su agresividad por un tiempo para que Trump pueda mostrar a los iraníes que controla a su aliado, asegurando así que el proceso de negociación iniciado en Suiza continúa. Aunque eso no sea la paz.
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