Opinión
Viajar al pasado: la hemeroteca de Diario de Ibiza (III parte)

Viajar al pasado: la hemeroteca de Diario de Ibiza (III parte) / di
Dentro del tema que inicié sobre la hemeroteca de Diario de Ibiza, prosigo hoy la serie dedicada a las noticias recogidas en dicho archivo sobre los primeros coches en la isla. En mi anterior artículo hice una pequeña introducción sobre lo que supuso en Europa el revolucionario invento del automóvil, además de hablar de su retraso en pisar suelo ibicenco, debido, sobre todo, a las deficientes carreteras.
La pregunta clave es saber cuándo detecta por primera vez Diario de Ibiza la presencia de uno de estos vehículos en territorio pitiuso. A tenor de la información consultada en la hemeroteca, fue el 7 de julio de 1913, en el marco de la visita institucional de la infanta Isabel de Borbón y Borbón (tía de Alfonso XIII) a la isla, después de su gira por Mallorca y Menorca.
Ignasi Riquer Llobet, presidente de la Diputación Provincial de Balears, y el gobernador civil de dicha provincia −con sede en Palma− tuvieron la idea, según publica el periódico, de mandar traer a la isla los dos mismos coches utilizados por la infanta y su séquito en su reciente visita a Mallorca, contratados a una de las primeras empresas de Palma que ofrecía garaje, taller y alquiler de automóviles.
Se trataba de un Schneider −empresa automovilística francesa− y un Hupmobile −marca norteamericana de Detroit−. El diario no ahorró elogios a ambos: «Han subido con toda facilidad las empinadas cuestas que ponen en combinación la parte baja con la alta de la población. La dificultad de la subida es doble debido al estado del piso de las calles. El Schneider ha sido altamente elogiado por Su Alteza a causa de su regularidad de movimientos. Al regreso de la excursión de San Antonio la infanta Isabel ha elogiado al chauffeur por la pericia mostrada». Los dueños de dichos vehículos, concluye la noticia, aprovecharon comercialmente la ocasión, una vez que hubiera regresado la infanta a la Península: «Los propietarios de los citados automóviles nos manifiestan que desde mañana podrán los que así lo deseen efectuar pruebas con dichos coches como también con la canoa Morse que tienen en este puerto».
No es difícil imaginar la enorme expectación que generaría la presencia de estos ingenios mecánicos en la ciudad. Me parece estar viendo a algunos de los ibicencos más adinerados de entonces poniendo a prueba los motores por las empinadas cuestas de Dalt Vila, deshojando luego la margarita de si adquirir uno de estos vehículos.
Imaginen también la tremenda impresión que los dos coches despertarían entre los payeses, en la excursión de la infanta y su séquito a Sant Antoni. Irían a tal velocidad por la carretera de tierra −ambos motores podían alcanzar 90 kilómetros por hora− que dejarían nubes de polvo sobre los carros y caballerías que transitaban por ella.
El 8 de febrero del año siguiente, el gobernador civil viajó en barco desde Palma a Ibiza en visita oficial, trayéndose desde allí un automóvil con el que se desplazó luego a Sant Joan. Las páginas de Diario de Ibiza nos dan todo tipo de detalles, como que el tiempo invertido en el trayecto desde Vila a dicho pueblo fue solo de 45 minutos, una marca récord impensable para los medios de locomoción usuales en Ibiza entonces. Así como que «en algunos de los pueblos que visitó el señor Gobernador llamó poderosamente la atención el automóvil en que viajaba».
A pesar de la admiración que causan esta especie de ‘locomotoras de carretera’ a nuestro diario ibicenco, se cuelan también comentarios críticos de tipo social en sus páginas. Solo dos días después del ofrecimiento al público de los dos citados coches, uno de los periodistas de la redacción, a propósito de la secular penuria de la mayor parte de la población pitiusa, lanza la siguiente pulla: «Y a estas horas, con tales preocupaciones que amargan nuestra vida, se nos viene a restregar automóviles por los ojos. ¡Sí, buena está la Mariquita para tafetanes! En automóvil puede que vayamos, pero en todo caso será en clase de chauffeur. Que son los que, en dicho medio de locomoción, no buscan hacer ostentación o darse pisto, sino poder satisfacer exigencias del estómago».
En aquellos años era un artículo de lujo extraordinariamente caro en todas partes, prohibitivo para casi todo el mundo. Muestra de ello es que la inmensa mayoría de víctimas de accidentes de coche, independientemente de si iban al volante o como pasajeros, pertenecía a la alta sociedad, salvo los chóferes contratados. Si uno de estos vehículos se estampaba contra un árbol o volcaba en una curva, el recuento no fallaba: se perdía un ministro, una duquesa o un banquero. Tras la colisión, la carrocería −chatarra coronada por diademas o sombreros de copa ensangrentados− se convertía ipso facto en un egregio sepulcro provisional.
En Ibiza, ya que la gente de la calle ni soñar podía con poseer uno de estos autos, por mucho que los dejaran probar por las cuestas de Dalt Vila, el periódico apuntó la posibilidad de un insólito uso popular de estos, al menos de las cubiertas de sus ruedas. El 13 de febrero del mismo año de la visita de la infanta, y a modo de consejo práctico, dejó escrito que una de estas cubiertas podía amparar, como salvavidas, a una persona que se estuviera ahogando en el agua. Y, si se terciaba, hasta tres de una tacada, ya que soportaría su peso.
(Continuará).
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