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Opinión | Para empezar

Una calle controlada por una pandilla de traficantes

Botellas con gas de la risa en una imagen de archivo

Botellas con gas de la risa en una imagen de archivo / Guardia Civil

Son las 10 de la noche del sábado 20 de junio y los vendedores de gas de la risa se sienten tan impunes que se sitúan al inicio de la calle Santa Agnès con su mercancía, desafiantes, a vista de todos. A modo de porteros de discoteca para controlar su entrada. Es como si dijeran ‘esta calle es nuestra’, como si se rieran de la advertencia de la edil de Interior del Ayuntamiento de Sant Antoni, Neus Mateu, de que se penará a quien se coloque con gas de la risa en la vía pública con multas de 750 a 3.000 euros, y de que se intensificarán los esfuerzos para perseguir su venta y consumo: a esas horas no se ve un solo uniforme de policía. Los vendedores se colocan estratégicamente a lo largo de la calle. No se esconden, pero tienen oteadores en cada bocacalle, muchos, para avisar si llegan los policías. Abajo, justo a la entrada, los hay que llevan el enorme frasco cilíndrico en brazos, tamaño trabuco, como si fuera un peluche, mientras otros lo esconden en el pantalón deportivo (el elástico de la cintura da mucho de sí). Junto a ellos se sitúan quienes controlan a los viandantes, por si se cuela un agente. Casi hay más subsaharianos de pie o vendiendo su mercancía que ingleses tomando copas. Y a lo largo de ese vial, tanto en el carrer Sant Antoni como en el de Sant Cristòfol o Vara de Rey, hay más traficantes con globos hinchados en una mano y el tanque de óxido nitroso en la otra. A esas horas, uno de los muchos sintecho que malviven en el municipio duerme, apoyada su espalda en la pared, sobre el desconchado lienzo de Okuda en la plaza del Kaos. No hay nadie más en esa amplia y colorida superficie. Es decir, la magna y alucinante obra del cántabro Óscar San Miguel, la que debía impulsar el cambio de modelo de la arteria principal del West, se ha convertido en el lisérgico escenario de la venta a destajo de N2 O y en la dura cama de un hombre que no encuentra ni techo ni quien se ocupe de él. Es el West End, pero parece el Far West. Y lo peor es que se ha normalizado que una pandilla controle esa calle.

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