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Opinión | Para empezar

Verónica Carmona

Verónica Carmona

Portadista y redactora

Locales vacíos, barrios sin alma

Locales vacíos, barrios sin alma

Locales vacíos, barrios sin alma / V. CARMONA

Yo no tenía una granja en África, casi parafraseando a la baronesa Karen Blixen en ‘Memorias de África’, pero sí una pastelería especializada en repostería belga y francesa en Málaga. Bueno, más bien mis padres. Se llamaba ‘Reine Astrid’. Los domingos se formaban largas colas de clientes que venían desde distintos puntos de la ciudad. El caso es que, desde que se jubilaron mis padres en 2020, el local ha permanecido congelado en el tiempo: los cuchillos colgados en la pared junto a las mangas pasteleras y los cazos; el horno sumido en un largo sueño; la batidora, detenida, como si hubiera dejado de darle vueltas a la vida. Aún puedo ver a mi madre tras el mostrador, con las pinzas en la mano, colocando dulces en las bandejas que luego envolvía con esmero. Y a mi padre en el obrador, dándole vueltas al hojaldre con el rodillo. Cuántos domingos pasamos allí en familia, arrimando el hombro.

La víspera de Nochebuena se nos iba preparando bandejas de pasteles para que todos los clientes tuvieran su bocado dulce en la mesa. He pasado horas viendo a mi padre hacer tartas y, sin embargo, apenas sé preparar bien un par de recetas de todo lo que allí se horneaba.

Ahora el local está en venta y todos los posibles compradores quieren convertirlo en vivienda. Málaga se ha transformado, como Ibiza y otras capitales, en un lugar donde comprar un piso resulta prohibitivo. Los locales salen más a cuenta. Pero, cuando los negocios se reconvierten en lofts, desaparece también el comercio de barrio: ese que le pone la sal -y el azúcar en este caso- a la vida cotidiana.

A menos de 15 minutos a pie de la pastelería emerge el conjunto de torres de lujo Málaga Towers, frente al paseo marítimo Antonio Banderas. Cuando mis padres compraron el local, hace más de 30 años, la constructora les dijo que el paseo llegaría algún día hasta la altura del inmueble, como finalmente ha ocurrido. Lo que nadie previó entonces fue lo que traería consigo el lujo y la gentrificación a las ciudades.

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