Opinión
Gentrificación a escala insular

Fachada de la librería Vara de Rey. / Juan A. Riera
A Diario de Ibiza se le ocurrió preguntar en las redes sociales qué comercios ya inexistentes echan de menos los lectores. Sus respuestas acabaron dando forma a un reportaje de Marta Torres que, además de nostalgia por la desaparición de determinadas tiendas, restaurantes y otros negocios, traslucía una notable inquietud por la transformación que experimenta la isla estos últimos años, a causa de un proceso de gentrificación que, paso a paso, va anulando su carácter e idiosincrasia.
Uno de los establecimientos cuyo cierre más impacto generó en su día y sobre el que siguen insistiendo los residentes es la librería Vara de Rey. Aquella batalla perdida decantó definitivamente la guerra y el céntrico paseo terminó convertido en un bulevar sin alma, a pesar de la peatonalización inaugurada en 2017. Hoy, más que una plaza, tenemos un centro comercial al descubierto, donde prácticamente todos los locales han quedado en manos de grandes cadenas cuyos productos se repiten de ciudad en ciudad o se orientan al segmento del lujo. Incluso aquellos locales que mantienen su función, como en el que antaño se situaba el Montesol, han sustituido a su público tradicional por otro más elitista, renunciando a ejercer como punto de encuentro entre oriundos y turistas, tal y como sucedía antaño.
La lista de la nostalgia es interminable: Nanking, Los Andenes, los cines Cartago y Serra, la Milán, Bon Profit, Can Vadell, el Bar San Juan… Sorprendentemente, la mayoría de establecimientos que mencionan los lectores pertenecen a Ibiza capital, salvo la discoteca Space y algún establecimiento más de Platja d’en Bossa. Pero el mismo proceso, aunque de forma no tan acelerada, se está registrando en el resto de la isla, donde ahora incluso corren peligro los chiringuitos tradicionales porque Costas, que ha permitido y autorizado toda clase de abusos y barbaridades en el litoral, los ha puesto en su punto de mira. Véanse, por ejemplo, los casos de Es Puetó o Cala Llonga.
Cada ibicenco tiene su propia lista de la nostalgia. Si nos ceñimos a este siglo, a mí me dolió especialmente la pérdida del chiringuito de Cristo en Cala Codolar tras aquella disparatada subasta de concesiones perpetrada hace una década en el Ayuntamiento de Sant Josep. Su maravilloso kiosco era un oasis para muchos residentes y turistas repetidores, que buscaban un trato familiar y que no les tomaran el pelo con los precios. Ya entonces se expandía la fiebre inflacionista que ha convertido comer en la playa en algo prohibitivo e inalcanzable para el ibicenco medio, salvo en algunos establecimientos tradicionales que todavía se mantienen a pesar de los cheques en blanco que los especuladores les ponen sobre la mesa.
En mi pueblo, Sant Josep, también perdimos la librería y, cuando al fin abrió otra, acabó cerrando unos años después. Ya no tenemos dónde adquirir prensa, revistas, novedades editoriales, material de papelería… Probablemente, si no existiera esta competencia feroz para hacerse con los locales, esta clase de negocios serían rentables y sus propietarios podrían vivir razonablemente de ellos. Sin embargo, con la presión alcista que experimenta el sector inmobiliario, son inviables y únicamente los mantienen, en buena parte por romanticismo, quienes tienen el local en propiedad y no sucumben a los cantos de sirena.
Asimismo, dolió sobremanera la desaparición del restaurante Es Savinar, en es Jondal, con aquellas paellas míticas a la sombra de los arbustos. En su lugar hay un restaurante con el récord internacional de venta de caviar y donde, al parecer, si no te dejas una morterada de dinero en la primera visita no te admiten una segunda.
Se podrían poner muchos otros ejemplos y, al mismo tiempo, poner en valor a los resilientes que, a pesar del asedio de quien pretende forrarse a costa de transformar la isla en una tierra sin alma, mantienen sus negocios sin alteraciones sustanciales, avivando por momentos la llama moribunda de la Ibiza de los ibicencos. Ya escribí hace algún tiempo que dichos negocios se merecen un monumento y, por tanto, un reconocimiento mucho mayor del que hasta ahora se les dispensa.
La Real Academia de la Lengua se ha quedado obsoleta en su definición de la palabra «gentrificación». La explica como el «proceso de renovación de una zona urbana, generalmente popular o deteriorada, que implica el desplazamiento de su población original por parte de otra de un mayor poder adquisitivo».
Lo que ocurre en Ibiza –a causa de este lujo cancerígeno que todo lo invade y carcome, expulsando a los ibicencos de su propia tierra y anulando su modo de vida–, acontece mucho más allá de los entornos urbanos. Se ha adueñado de playas, pueblos, campos y montañas. Toda Ibiza es víctima de la gentrificación y ni un solo organismo público mueve un dedo ni diseña planes para evitarlo. Como dijo en su día Rodrigo Rato, «es el mercado, amigo». Y se quedó tan ancho.
@xescuprats
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