Opinión
La complejidad de la semana
El lunes se te concede la oportunidad de rectificar, de intentarlo de nuevo, de empezar, partir del cero más profundo, que es la nada, y llegar a algo
Se pueden llegar a decir muchas tonterías, a lo mejor infinitas, sobre los días de la semana. Y las cosas que se dicen, y que no constituyen tonterías, quizás tampoco se diferencien demasiado de las que sí lo son. Entre nosotros: decir es facilísimo, y no demasiado caro. En cuanto las palabras salen por la boca, algo muy sutil, fino, las hace caer de un lado o del otro de eso que llamamos sentido, juicio, aplomo. La finura casi se vuelve una moneda al aire. De cualquier día de la semana hay algo que afirmar: los domingos no sé qué, y los viernes no sé cuánto, y también los sábados y los miércoles, y bla bla bla. Y ya no digamos los lunes. Los lunes, por favor. Parémonos ahí. Los-lu-nes. Cuánto han tenido que soportar. Parece increíble que sigan existiendo, que no se le haya caído siquiera una letra, a lo mejor la s, o la u, como en esos carteles decadentes de negocios venidos a menos a la vuelta de varias décadas de existencia y ningún mantenimiento. Quizás es que son indestructibles los lunes, lo único que sobreviva a una eventual caída del tiempo, de la cronología, de la humanidad. Lo han aguantado todo, casi siempre espantoso, por el simple hecho de que millones de individuos, después de tomarse libre el fin de semana, el lunes han tenido que incorporarse históricamente a eso denominado ‘trabajo’, y que consideran fatigoso, demoledor.
El lunes se te concede la oportunidad de rectificar, de intentarlo de nuevo, de empezar, partir del cero más profundo, que es la nada, y llegar a algo. Aún hay esperanza el lunes de que alguno de tus planes salga bien; quizá el viernes ya no. Llegas al lunes, por lo general, vivo. Eso es mucho. Después de ese día ya te vas diciendo a ti mismo que estás casi muerto. Algunas personas disfrutan a veces de la oportunidad de adentrarse en la semana sin estar todavía desquiciadas ni chocar, nada más llegar al trabajo, contra la primera pared.
Por una casualidad, me encontré hace unas semanas con una defensa sólida de los lunes, sólida depende de para quién, obviamente, a cargo del escritor austríaco Thomas Bernhard, con el que me ha entrado una verdadera fiebre. En las páginas de ‘El sótano’ razona que «el sábado es terrible, el domingo horrible, y el lunes es un alivio». En su teoría, el fin de semana representaba «el homicidio de todo individuo y la muerte de toda familia». Apenas es libre, al acabar la semana, «el hombre se dedica a abrir cómodas de vestidos y ropa blanca, a ordenar viejos papeles, buscar fotografías, documentos, cartas, va al jardín y escarba la tierra o anda totalmente sin sentido ni objeto en cualquier dirección, sea la que fuere y lo llama paseo». Cuando el individuo no está ocupado «las enfermedades se extienden, la infelicidad lo abarca todo», razonamiento que se corona enfatizando que «el sábado ha sido siempre el día de los suicidios», mientras que a partir del lunes la desdicha «se contiene». No puedo estar más de acuerdo. Quizá solo yo, de hecho, lo esté. Pero qué importa la cantidad.
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