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Opinión | Para empezar

La barrera que adorna el barrio de la Marina

Barrera de entrada al barrio de la Marina en Eivissa.

Barrera de entrada al barrio de la Marina en Eivissa. / LAURA M. EXPÓSITO

Un mes ha pasado desde que se activó la restricción de tráfico de zona ACIRE en la Marina. Hay folletos que lo dicen y cartelitos en varios comercios. Pero quienes vivimos en el barrio sabemos la realidad: la barrera que se instaló a la entrada y que se activó (supuestamente) el 18 de mayo, habrá funcionado, con suerte, un par de días. El resto del tiempo se lo pasa apuntando al cielo, dejando pasar a todo el que quiere. Vamos, que el dispositivo está ahí, pero de adorno. Un año más, lo único que advierte de la restricción de entrada para coches y motos de no residentes es un cartel, que muchos conductores ignoran con total naturalidad.

Venimos de una temporada pasada alarmante, con noches de agosto en las que unos 2.000 vehículos invadían el barrio entre las ocho de la tarde y las dos de la madrugada y este año, la inacción ha vuelto a reactivar los ‘trenecitos’ de coches a cualquier hora. De verdad, me resulta incomprensible que el Ayuntamiento sea incapaz de aplicar las restricciones de tráfico que la propia institución propuso.

Una lástima que el alcalde no viva en el barrio para poder disfrutar, en primera persona, de este festival diario de cláxones y humos. Pero el problema de fondo no es sólo la barrera. La Marina reúne las condiciones para ser peatonal, como tantos barrios históricos de ciudades Patrimonio de España.

Es hora de desmontar falsos mitos y que se escuche a los vecinos y no tanto a algunos comerciantes: los visitantes no vienen a la Marina en coche (apenas hay 80 plazas de aparcamiento), ni las tiendas se van a vaciar porque no puedan entrar y aparcar en la misma puerta. Igual que en todas esas ciudades Patrimonio con barrios históricos peatonales, los turistas seguirían llenando sus calles y comprando, pero sin tener que sortear terrazas mientras esquivan también un SUV e intentan hacer fotos a las fachadas de colores decoradas con buganvillas.

Lo que el barrio exige es gestión, la posibilidad de que los vecinos podamos descansar y, sencillamente, que alguien se acuerde de mantener la barrera bajada cuando toca.

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