Opinión
El destino de las explicaciones
Me acordé de un texto de dos líneas de Julio Cortázar que dice que en algún lugar hay un basurero en el que están amontonadas todas las explicaciones. No detalla más allá el escritor argentino. Tampoco hace falta. Bastante elocuente resulta la sola idea de un espacio, territorio o suelo en el que desemboca todo aquello que nos contamos unos a otros para esclarecer, justificar o dar sentido a las cosas que nos pasan. Me costó localizar el pasaje, pues no quise emplear internet, pero al final, de chiripa, di con él en una página discreta de ‘Un tal Lucas’. Fallé en que el texto tenía dos líneas. Eran cinco porque incluía un segundo párrafo: «Una sola cosa inquieta en ese justo panorama: lo que pueda ocurrir el día en que alguien consiga explicar el basural».
Me vino Cortázar a la cabeza mientras me metía en la cama a la una de la madrugada pensando en qué difícil de explicar había sido ese día. Dejaré el principio para el final. Basta afirmar, para entrar en materia, que el domingo, al filo de la medianoche, nos presentamos en el hospital con mi hija en una silla de ruedas, sabiendo ya que tenía roto el dedo gordo del pie izquierdo. Allí esperamos una hora a que el traumatólogo infantil confirmase el diagnóstico de la médica del ambulatorio y a que a continuación una enfermera uniese el dedo gordo al índice con un sencillo esparadrapo. «Podéis hacerlo vosotros en casa perfectamente», aseguró, y me sonó a lo que decía no sé quién, durante una exposición de pinturas infantiles, sobre que aquellos dibujos de niños de siete y ocho año «podía hacerlos un genio».
Un salto atrás en el tiempo de cuatro horas nos trasladaba al momento en el que Helena salía cojeando de la fiesta de su propio cumpleaños. Cumpleaños que, por cierto, ya había sido celebrado en dos fiestas anteriores. Quizá la explicación a esta abundancia de celebraciones –tres por ahora– se encuentra en el basural de Julio Cortázar. Retrocediendo media hora más, se llega al instante en el que mi hija y una de sus amigas chocan con los pies jugando al fútbol descalzas y el dedo gordo se rompe fatalmente. Nadie de los presentes, y menos aún Helena y su querida compañera, ofreció un relato entendible de cómo se produjo el choque. Supongo que la ausencia de explicaciones desemboca en el mismo destino que las explicaciones propiamente dichas.
Pero conviene seguir yendo hacia atrás, hasta el mediodía, hora carente a simple vista de toda importancia en la que, según en mi teoría, todo empezó a torcerse discretamente, como cuando murió un archiduque en Sarajevo. Me refiero a una discusión, justo de esas que no parece que vayan a pasar a la historia, a propósito de 15 guisantes y un trocito de zanahoria que Helena decidió no comer y dejar esparcidos por el plato. Yo dije que tenía que acabárselos, ella que no; yo que sí, ella que jamás; yo que sí, o habría consecuencias, y ella que le daban igual las consecuencias. Cuando cogí la tablet y borré la aplicación de Youtube, ya nada dio igual. Pero está todo bien explicado en el basurero.
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