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Opinión | Para empezar

Samia Khenien

Samia Khenien

Redactora

‘He had no clue what I said’

IBIZA PARADA AUTOBUSES BARTOLOME ROSELLO AUTOBUS AEROPUERTO TURISTAS

IBIZA PARADA AUTOBUSES BARTOLOME ROSELLO AUTOBUS AEROPUERTO TURISTAS / Vicent Marí / DIB

El otro día esperaba al bus (tarea casi diaria). Estaba bastante al frente de la cola mientras permitía que bajaran los pasajeros que venían de es Canar cuando, de pronto, escucho una conversación que aumentó mi turismofobia por enésima vez este mes. Una señora que, por el acento a lo reina de Inglaterra, identifiqué como británica le pide direcciones al conductor del autobús. Creo que ni ella sabía dónde estaba ni a dónde se tenía que dirigir, puesto que yo misma, aún siendo proficiente con el idioma, no la estaba entendiendo. El autobusero tampoco comprendía qué necesitaba la mujer y antes de que pudiera mediar una sola palabra, la inglesa, enfurruñada, le suelta un «forget it» con el tono más despectivo que he tenido la desdicha de oír en mi vida. Evidentemente, ni un «thank you» ni un «goodbye», dada la osadía del conductor de no entender la lengua del imperio (o más bien lo que sea que quisiera transmitir la mujer).

Tras un ofendido giro para darle la espalda al conductor, sale a la búsqueda de su marido, que había huido del vehículo previo al desafortunado intercambio lingüístico. «He had no clue what I said» (aproximadamente, ‘no tenía ni puñetera idea de lo que le estaba diciendo’), dijo la señora, visiblemente molesta. ¿Con esto tienen que lidiar las personas que trabajan cara al público en esta isla? Lamento que esto será de lo más light que le puede pasar a alguien que da un servicio a clientes que tratan al otro como si fuera menos. Por descontado, los idiomas abren muchas puertas, permiten la comunicación entre personas de diferentes culturas y desearía que todos tuviéramos el mismo acceso a su aprendizaje. Asimismo, eso no es realista.

En resumen, saber inglés no te hace mejor o peor conductor de autobús, pero turistas como esa señora, que se creen con derecho a hablarle mal a la gente por no saber su lengua, quizás algún día acaben comprando una vivienda en la isla y no aprendan ni una palabra de español en años (ni hablemos del catalán). Hypocrisy at its finest.

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