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Opinión

Viajar al pasado: la hemeroteca de Diario de Ibiza (II parte)

Viajar al pasado: la hemeroteca de Diario de Ibiza (I parte)

Viajar al pasado: la hemeroteca de Diario de Ibiza (I parte) / di

En mi artículo anterior subrayé la extrema utilidad de la prensa local para el conocimiento histórico de un pequeño territorio, tal como ocurre con Diario de Ibiza −un magnífico exponente−, medio de comunicación imprescindible para la comprensión del pasado de la isla desde 1893, año en que comienza a publicarse. Máxime si conserva intacta su hemeroteca, una joya documental de obligada consulta.

Concluí mi columna anunciando que, en mis próximas entregas, expondría datos sobre distintas materias de ese ayer que son portada en la actualidad.

Así que empezaré hoy con el tema de los coches, cuestión harto espinosa en el presente al considerarse excesivo su número en Ibiza a causa, en parte, de su masiva afluencia en verano procedente de la Península. Tanto es así que las autoridades locales resolvieron desde el año pasado restringir su entrada.

A tenor de lo que he investigado sobre ellos en los fondos de esta hemeroteca, hay que ver cómo han cambiado las cosas. Si ahora muchos miran con recelo −y hasta con inquina− el atraque de los barcos en los muelles por vomitar de sus tripas cientos de coches al día, a principios del siglo pasado, en cambio, los ibicencos acudían presurosos y expectantes al puerto para contemplar −¡y hasta tocar!− por primera vez un automóvil. ¿Quién iba a decirles un siglo después que ese codiciadísimo ingenio mecánico se iba a convertir, para muchos de sus descendientes, en una de las ‘bestias negras’ de la isla?

En unas décadas −la Belle Époque (1871-1914)− colmadas de inventos prodigiosos (el aeroplano, el telégrafo sin hilos, el gramófono, el cinematógrafo…), el automóvil fue uno de los más transcendentales. Patentado a principios de 1886 en Alemania por el ingeniero Karl Benz, en 1900 su producción ya iba a buen ritmo en Francia y Estados Unidos.

Víctima de su secular atraso, la isla quedaba relegada de los grandes adelantos tecnológicos que se sucedían vertiginosamente en el continente. Los ibicencos tuvieron que esperar unos años más para descubrir con sus propios ojos esas potentes máquinas sobre ruedas que revolucionaban Europa. Entretanto, debían conformarse con los testimonios que les llegaban, como el de nuestro periódico. La primera alusión que hallo en Diario de Ibiza (09/08/1899) sobre estos vehículos dice así: «Una compañía francesa está construyendo un magnífico automóvil para el Papa. Con esto confirma Su Santidad su afición por todos los progresos».

En Mallorca, como es de suponer, tuvieron mejor suerte, pues comenzaron a circular en aquella isla en 1897. Es curioso que el primer coche matriculado de toda España lo fuera allí, en octubre de 1900. Siete años después, Diario de Ibiza se hace eco de que unas personas llegadas a Palma en este medio de transporte invitaron a subirse en él a una anciana de 102 años de edad «para que pudiera apreciar la diferencia que existe entre los modernos medios de locomoción y los que se empleaban durante los primeros años de su vida».

¿Y qué diferencia crucial era esa? La velocidad, sin duda, infinitamente superior a la de los carruajes tirados por caballos. Constituía el rasgo que más admiración suscitaba en todo el mundo. Tanto se identificaban los coches con aquella que incluso, aun sin haberlo comprobado en persona, algunos periodistas de esta casa se permitían metáforas como esta a la hora de hablar del tiempo: «El invierno se nos echa encima con la velocidad de un automóvil».

Sin embargo, a pesar del entusiasmo generalizado en toda Europa, estos vehículos tuvieron también detractores: el progreso cuenta siempre con adversarios. Las causas fueron diversas: por pánico (el número de peatones atropellados crecía sin parar), por odio de clases (sus precios eran desorbitados y los ricos hacían ostentación adquiriéndolos), por las molestias que ocasionaban el ruido y el humo de sus motores y por la asunción de ideas irracionales (el automóvil se veía como un «invento diabólico»). Esta especie de motorfobia no era sino una deriva tangencial más del ludismo, el movimiento obrero de principios del siglo XIX que destruía máquinas industriales por considerar que robaban empleos.

Como botón de muestra, escojo de Diario de Ibiza una noticia que relata que la mujer del káiser alemán sufrió una avería en el coche en que viajaba por un camino campestre. Al intentar acogerse a la hospitalidad de unos pastores, estos, que no reconocieron de quién se trataba, le dirigieron a ella y a sus acompañantes toda clase de improperios. El motivo lo especifica bien claro el texto de la información: «Hay en aquel país verdadero odio contra los automovilistas».

En la isla, ni fobia ni filia, aunque sí mucha curiosidad. Sencillamente porque los ibicencos todavía no habían tenido oportunidad de contar con uno de esos sorprendentes aparatos, aunque fuera solo de visita por unos días. Uno de los principales motivos se debía a que Ibiza contaba con pocas y pésimas carreteras (de tierra, con baches y piedras). Así lo expresaban todos los viajeros que visitaban la isla. Unos años antes, en 1867, el archiduque Luis Salvador de Austria, tras recorrerla entera, dejó escrito que, en realidad, solo había una única carretera (entonces no se contaban ni 30 carros en toda Ibiza). La que cruzaba la isla enlazando la ciudad con Sant Antoni; en concreto, se inauguraría dos años después. Lo demás, a su juicio, no eran sino sendas, caminos de caballos y trochas, impracticables para las ruedas. En 1885 se acabaría la de Sant Joan y desde 1902 hasta los años 1920 se construiría el enlace por carretera del resto de los principales pueblos con la capital (datos extraídos de la conferencia ‘De caminos rurales a carreteras’, del investigador Joan Prats Bonet), pero el asfalto brillaría por su ausencia.

Por tanto, muy a principios del siglo XX, la mayor de las Pitiusas seguía siendo un territorio virgen para los automóviles. Sobre todo, por las dificultades que entrañaba transitar por ella. (Continuará).

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