Opinión
La tristeza no tiene fin, la felicidad, sí
Ha muerto Marjane Satrapi, la extraordinaria autora iraní de cómics que conquistó al mundo con ‘Persépolis’, el relato autobiográfico que narra su infancia y adolescencia en Irán. Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2024, Marjane quedó profundamente marcada por la muerte de su marido, compañero de vida durante más de 30 años. Su familia asegura que aquel golpe la sumió en un duelo del que nunca llegó a recuperarse. Murió de tristeza.
Siempre siento curiosidad por conocer las razones por las que una persona muere, y agradezco que se hagan públicas, especialmente cuando ocurre de forma prematura. Marjane tenía 56 años. Y lo que más me impresionó al conocer la noticia fue precisamente esa idea: la posibilidad de morir de pena.
Por un lado, me resulta comprensible. La vida, muchas veces, puede llegar a ser insoportable. Pero también sé que el deseo de vivir, de apostar por la esperanza, por volver a intentarlo, posee una fuerza extraordinaria. Todos hemos visto a personas frágiles, enfermas o ancianas, sometidas a circunstancias muy adversas, aferrarse a la vida con una determinación sorprendente.
Quizá por eso recordé algo que conocía de la medicina tradicional china, según la cual los pulmones están relacionados con la tristeza, la melancolía y el duelo. No sé hasta qué punto esa relación puede interpretarse de manera literal, pero sí me llamó la atención saber que Marjane Satrapi había sido una fumadora empedernida. De repente, distintos elementos de la historia parecían entrelazarse en mi cabeza.
Estos días estoy leyendo ‘El emperador de todos los males’, del médico y oncólogo estadounidense de origen indio Siddhartha Mukherjee. La obra, definida como una biografía del cáncer, obtuvo el Premio Pulitzer de No Ficción en 2011.
El libro recorre la historia de la enfermedad desde la Antigüedad hasta nuestros días. En sus páginas aparecen científicos, médicos, políticos, compañías farmacéuticas, asociaciones, pacientes, gobiernos y mecenas; una larga sucesión de avances, retrocesos, rivalidades, errores, aciertos, ensayos y descubrimientos en la lucha infatigable contra uno de los mayores desafíos de la medicina.
Recuerdo especialmente una entrevista a su autor. Le preguntaron qué recomendaría evitar si tuviera que señalar una sola medida para reducir el riesgo de padecer cáncer. Su respuesta fue clara: el tabaco.
Según la Organización Mundial de la Salud, el tabaco es responsable de alrededor del 22% de las muertes por cáncer y de uno de cada tres tumores diagnosticados. También interviene en numerosas enfermedades cardiovasculares y respiratorias. Sus efectos son conocidos desde hace décadas y, sin embargo, sigue formando parte de la vida de millones de personas.
Dejarlo no es fácil. Yo misma fui fumadora durante muchos años. Sé lo difícil que resulta abandonar ese hábito; me costó muchísimo tiempo conseguirlo. Cuando finalmente lo logré, tuve la sensación de haber ganado una ardua batalla que durante mucho tiempo había creído perdida. Quien haya pasado por esa experiencia entenderá perfectamente de qué hablo.
Por eso no puedo evitar preguntarme hasta qué punto una vida de tabaquismo condiciona la manera en que el cuerpo afronta los grandes golpes de la existencia. No sé si Marjane Satrapi habría recuperado las ganas de vivir de no haber fumado. Nadie puede saberlo. Pero sí creo firmemente que la fortaleza física y la fortaleza emocional no son mundos separados. El cuerpo y el alma mantienen un diálogo constante, aunque todavía comprendamos muy poco de él.
La tristeza forma parte inevitable de la condición humana. Ya lo cantaron Vinicius de Moraes y Tom Jobim en ‘Felicidade’, una canción preciosa que, sin embargo, truncó mis expectativas juveniles de que la dicha duraba siempre: «Tristeza não tem fim, felicidade sim».
El tabaco, en cambio, es uno de los pocos enemigos —aunque no el único— que podemos identificar con claridad y evitar. Y quizá por eso merece la pena recordarlo una vez más. La tristeza forma parte de la vida; el tabaco no. El tabaco mata.
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