Opinión
¿Ustedes me entienden?

Sagunt MRV Procesión de Viernes Santo. / Daniel Tortajada / LEV
Sin la debida acritud sobre el tema y con las dosis necesarias de paciencia ciudadana (dicho sea de paso, empieza a ser infinita), los sufridores de los tiempos acordados para las obras públicas entran en la fase de cachondeo y risas de indignación, que son parecidas, pero no iguales a las de ‘Qué verde era mi valle’ y chiste del amigo en una comida en casa después de una sobremesa cumplida.
Mientras las circunstancias no aprietan, allá por el mes de febrero, incluso marzo (antes de Semana Santa, que este año caía en la primera de abril), uno entiende, comprende y si me apuran justifica sobradamente cualquier atasco (siempre que no sea el de las rondas de Barcelona o las entradas por la A-6 en Madrid). Paciencia viendo al señor de la señal ‘alegre o fatídica’ según el color. Te paras, piensas en aquello que has soñado y que casi nunca se cumple, combates (algunos) la tentación de controlar el Wasap por si te escribe el cuñado (suele ser una rechufla) o irse a Instagram a ver lo que publica algún ‘saludado’ en plan de ‘dar envidia’ desde el Japón y ni siquiera conoce Galicia. El comentario de café ya no es la lluvia (generosa este año), sino las obras de adecuación de algunos servicios y la puesta en marcha de la selección selectiva de residuos que a día de hoy sigue siendo una entelequia con ‘cubo’ adecuado dando tumbos por la casa buscando su sitio el día que sea operativo. En esas que pasa la Semana Santa y la ocupación baja en los sectores ‘estratégicos’ en nuestra isla (no confundir con Indra o Plus Ultra, con los que no tenemos nada que ver). Las mentes dejan de ser frías en el análisis, la adrenalina comunitaria sube unas décimas y lo que antes era paciencia se convierte en ‘cabreo’ por estas retenciones. Siempre te queda el consuelo de que la fecha tope (dicen) es el 15 de mayo (San Isidro en Las Ventas de Madrid con Morante y Roca Rey). En esas que llega el 16 y el 17… no quisiera seguir para no despertar la indignación de algún lector. Te vas con la ilusión de que a tu vuelta la pesadilla en ‘Elm Street’ (a la altura de la caseta de ‘peones camineros’ en este caso) haya desaparecido. Y no, allí siguen las máquinas, unas taladrando, otras asfaltando con junio en el horizonte, la carretera casi hasta los topes y los señores de la señal roja o azul pasando fatigas bajo un sol de justicia. ¿Ustedes me entienden?
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