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Opinión

Isla de cafres

La cala de es Canaret es una de las calas más escondidas de Ibiza. En la sección 'Discover Ibiza' puedes encontrar más.

La cala de es Canaret es una de las calas más escondidas de Ibiza. En la sección 'Discover Ibiza' puedes encontrar más. / Getty Images

Si alguna vez viaja a Suráfrica, no se le ocurra llamar “cafre” a nadie de por allí, pues es uno de los peores insultos que pueden pronunciarse en aquella tierra. Dicha palabra, de procedencia árabe, la adoptaron los colonizadores europeos para referirse a los antiguos pueblos bantúes, formidables e indomables guerreros, que habitaban la Cafrería o País de los cafres, en las provincias de El Cabo y Natal, en África del Sur.

Los blancos se aferraban al término para reducir a meros salvajes a aquellos oriundos que luchaban por su tierra y a los que pretendían conquistar, lográndolo en parte los ingleses en el siglo XIX. Hoy aquellas colonias ya son historia, pero el término cafre se ha mantenido y nos permite etiquetar a quien practica lo opuesto a la cultura y la civilización; es decir, lo bárbaro, lo cruel y lo zafio.

Decir que Ibiza es una isla de cafres no representa ninguna exageración. Si nos referimos al turismo que nos frecuenta, encontramos montones de ejemplos protagonizados por personajes que sobradamente merecen ser calificados como tales. En muchas ocasiones, de hecho, el término no hace suficiente justicia a la escasez neuronal de la que hacen gala tales individuos. Me refiero, por ejemplo, a esos que se precipitan desde los balcones de los hoteles porque van tan drogados que se creen capaces de volar, a quienes conducen como locos por las carreteras perdiendo brazos y poniéndonos al resto en peligro, a los que fondean con la lancha frente a las playas y agobian al resto con la música a todo volumen, etcétera.

Y si lo dirigimos hacia la población residente, el término también se puede emplear en alusión a la legión de sanguijuelas, oriundas o foráneas, que tratan de exprimir esta isla sin límite, por ejemplo hinchando salvajemente los precios de los alquileres y provocando el éxodo de la ciudadanía, creando establecimientos de ocio multitudinario en zonas que antaño eran naturales o inyectando hormigón en paisajes que deberían de haber permanecido inmaculados. La mayor parte de ellos, aprovechando los vericuetos y trampas con que la burocracia juega a su favor, y retorciendo las leyes en beneficio propio. Al cafre ibicenco se le reconoce porque no respeta mínimamente su propia tierra, cultura, identidad y convivencia, y al foráneo, por lo mismo, aunque la responsabilidad del primero es incluso mayor.

La última barbaridad que se trata de perpetrar desde la Ibiza cafre consiste en instalar un circuito de motos acuáticas frente a es Canaret y, en paralelo, organizar excursiones con estas ruidosas embarcaciones por la zona de Portinatx. La ocurrencia trata de perpetrarla una conocida empresa local de actividades náuticas, pese a que dicho territorio se halla inmerso en la zona natural de es Amunts y además está calificado como Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA), formando también parte de la Red Natura 2000 de la Unión Europea.

La viabilidad del proyecto, por disparatado que pueda parecerle a cualquier persona mínimamente sensible, está en manos del Govern balear, que de momento mantiene un silencio de lo más inquietante. Ello a pesar del intenso rechazo que esta iniciativa ha suscitado en la isla, incluido el del propio Ayuntamiento de Sant Joan, que ya ha mostrado una oposición frontal a que pueda ser autorizado.

La empresa interesada planea crear un circuito de 62.500 metros cuadrados en uno de los últimos parajes vírgenes de la costa norte, para que los bárbaros de las motos de agua –esos que se dedican a conducir como temerarios frente a las playas y entre los bañistas de las embarcaciones fondeadas, generando un zumbido insoportable– hagan el cafre a gusto, llevando su caos habitual a un entorno apacible y único.

Obviamente, acompañan su petición con toda clase de informes y palabrería que supuestamente garantiza que su actividad no estorbará a nadie: ni personas, ni fauna. Pero quién puede creer tal cosa, cuando todos estamos escarmentados respecto al funcionamiento de esta clase de negocios y los daños para los ecosistemas y la biodiversidad que generan.

El circuito de motos de agua en es Amunts resulta tan descabellado como aquel proyecto que pretendía instalar un hotel de lujo en el faro de sa Conillera. La pelota está en el tejado del Govern balear, competente para autorizar semejante desvarío o, por el contrario, impedirlo y respetar la decisión de los ibicencos. Lo contrario, además, no se sostendría políticamente y constituiría una flagrante contradicción con las recientes declaraciones de la presidenta en contra de la ampliación del aeropuerto, al ser completamente insostenible.

Con el presente que nos ha tocado vivir a los isleños, desde las instituciones sólo cabe denegar toda intervención y proyecto que pueda etiquetarse como parte de esa versión cafre de Ibiza, y además trabajar para revertir lo que ya existe. Y, desde luego, un circuito de motos acuáticas en plena costa de es Amunts, merece, como mínimo, tal calificativo.

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