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Opinión | Para empezar

Fernando de Lama

Fernando de Lama

Redactor Jefe

Manual para tirar unos zapatos en Ibiza

Interior de una zapatería.

Interior de una zapatería. / Shutterstock

Hace unos días llevé unos zapatos a arreglar al Mercado del Clot Marès de Sant Antoni. Un poco tarde. No de hora, sino de época. La frutera me informó de que el puesto de reparación de calzado y copia de llaves había cerrado tras el fallecimiento de su propietario hace ya unos años. Fui allí porque era el último lugar al que había llevado unos zapatos a reparar, aunque me temo que eso ocurrió hace demasiado tiempo y que la desaparición de los oficios tradicionales avanza más deprisa que el desgaste de mi calzado.

De hecho, la frutería es ya el último puesto que queda abierto en un mercado en el que la oscuridad y el silencio se han ido adueñando de los pasillos. Poco queda de aquel espacio que conocí como lugar habitual de compra hace unos años, como también lo fue el Mercat Nou cuando vivía en la calle Aragó de Vila y que, aunque no se encuentra en estado tan crítico como el de Sant Antoni, tampoco atraviesa precisamente su mejor momento.

La culpa de la decadencia de estos espacios, antes centro de la vida social de los barrios y pueblos, es en parte de los compradores, que nos hemos rendido a la comodidad de las grandes superficies, donde todo está plastificado. Pero la responsabilidad es sobre todo de las administraciones, que han permitido o favorecido la instalación de hipermercados al borde, cuando no dentro, de los cascos urbanos, destejiendo poco a poco una parte fundamental de ese tejido social que todos dicen querer proteger.

Y no son solo los mercados. Es la desaparición a cuentagotas del comercio tradicional ante el empuje del negocio meramente turístico, que ha conseguido que en Ibiza y en tantos otros lugares resulte cada vez más sencillo comprar un abridor con forma de pene y la inscripción ‘I love Elsitioquesea’, o hacerse un tatuaje improvisado, que encontrar a alguien que pegue una suela o ponga una tapilla a una bota.

Y vuelvo al principio. La frutera me señala que ya no queda ningún zapatero remendón en Sant Antoni y me advierte con una mezcla de resignación y sentido práctico: «Lo más sencillo es que tires los zapatos y te compres otros».

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